Vacaciones críticas en DVD Ediciones.com (verano de 2009)

El esfuerzo de no escribir, por José Luis Piquero


Soy, por desgracia, un poeta poco prolífico. Y digo por desgracia porque me gustaría no serlo. De hecho, creo que ningún poeta o escritor poco prolífico lo es por gusto o elección. Contra la creencia general, escribir poco cuesta mucho. Mal que bien, todos vamos adquiriendo con los años un oficio que nos permite escribir cada vez con más soltura, y si escribir es laborioso, si produce zozobra, si nos obliga a enfrentarnos con verdades que a menudo resultan dolorosas, también supone un desahogo y una satisfacción y un orgullo, por no hablar de la posibilidad de publicar a menudo y ocupar, en su caso, un puestecillo en el mundo literario. De la escritura salimos algo escocidos pero limpios, renovados. El organismo necesita la escritura. Las historias y las palabras quieren salir.

Resistirse a la facilidad de escribir y a sus beneficios terapéuticos implica por tanto un cierto esfuerzo y precisa coraje, porque tiene algo de sacrificio, de mutilación. Se parece un poco a lo que siente un gran bebedor que logra refrenarse. Pero ¿qué tiene de malo escribir mucho? En principio, nada. Casi todos los poetas que conozco escriben mucho y a algunos les va bien. Han convertido su oficio, su destreza, en un aliado que no les traiciona, no los convierte en funcionarios de las palabras. Creo que cada uno debe hacer su elección y decidir qué tipo de poeta es, con qué recursos cuenta, hasta dónde puede llegar y cómo debe administrar ese pequeño poder que es la escritura. Porque uno de los grandes peligros de escribir es repetirse. Nos desahogamos libremente produciendo un poema tras otro a partir de una misma plantilla, embriagados por el sonido de nuestra propia voz. Sabemos escribir poemas, y los escribimos. Es difícil tener una destreza y resistirse a usarla.

Yo he desconfiado de esa voz impostada de mi destreza y, cuando he pensado que hablaba sola, sin mi concurso, la he reprimido. Quizá excesivamente: treinta y cuatro poemas en doce años no es un gran promedio. Muchos de mis compañeros han publicado en ese tiempo tres y hasta cuatro libros. Mi necesidad de escribir me exigía más escritura. Pero la responsabilidad me contenía: no quería ser un simple artesano. Como en un salón lleno de gente, en este mundo se oyen muchas voces y no todas dicen cosas interesantes. Quizá el diálogo fuese más fructifero si todos escogiésemos no abrir la boca hasta asegurarnos de que tenemos algo importante que decir. Sin embargo, hay quienes hablan y hablan porque sí, porque se supone que es lo que se espera de ellos, porque temen, quizá, que si pierden el turno de palabra ya no les dejarán volver a meter cuchara en el cuenco de esa larga conversación. La consecuencia son montañas y montañas de novedades indiferentes, una cháchara que aturde y que convierte la visita a la librería en una tarea de desbroce. Uno es buen lector y explorador avezado y hasta disfruta tirando de machete, abriéndose paso en la jungla. Me pregunto cómo se las arreglará el lector común, menos ducho en estas lides. En España es demasiado fácil publicar. Y hay demasiados artesanos.

Cada poeta, insisto, es muy libre de disponer de sus potencialidades y administrar la autocrítica del modo que crea más conveniente. Me temo que el umbral de mi autocrítica es muy estrecho, no tanto como para llevarme a la inacción (“preferiría no hacerlo”) pero sí para limitar mi escritura hasta el extremo: dos poemas al año, quizá tres. Y todo, tal vez, para nada: seguro que habrá quien piense que son aún demasiados.

En septiembre de este año DVD publicará por fin el fruto de ese “esfuerzo”, bajo el título de El fin de semana perdido. En sus treinta y cuatro poemas he puesto cuánto sé de escritura poética y cuánto sé de mí. Y si todo esto no es suficiente, entonces sabré que me he equivocado y no me quedará más que repetir, como Rimbaud, que par délicatesse j’ai perdu ma vie.

Publicado el 23/7/2009

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