Vacaciones críticas en DVD Ediciones.com (verano de 2009)

Círculo, por Óscar Gual


Agosto.

Una de las objeciones recurrentes a mi primera novela, Cut and Roll, y supongo que también a la segunda, Fabulosos Monos Marinos (título provisional y próxima y posiblemente en DVD Ediciones, sigan atentos a sus pantallas), es mi falta de tradición literaria. En realidad no sé si es tradición o formación, pero por ahí anda. Y hay días que me deprime, porque tiene dificil solución. Pero hay otros días en los que, por más que lo intento, no soy capaz de considerar como un problema esta no pertenencia a tal estirpe literata. En realidad no sé si quiero decir estirpe o calaña.

Pues eso, que me llama Sergio Gaspar y me pide un texto para esta sección. Trabajo en una universidad pública, por lo que sé más de vacaciones que de crítica. Pero se me ocurren un par de cosas. Como gran aficionado a la liga de baloncesto profesional americano (de esos que siguen el draft en directo y lucen ojeras durante los playoffs), compruebo maravillado la exactitud con la que allí funciona el mecanismo de entretenimiento de las cuatro grandes ligas profesionales deportivas, repartiéndose el clímax durante el año: los NBA playoffs de mayo a junio, la Superbowl de la NFL en febrero, las finales de la MLB en Octubre y la Stanley Cup de la NHL en Junio. Con sus correspondientes picos en sus temporadas regulares y sus partidos de las estrellas. También parece claro, tras comentarlo con algunos amiguetes en una terraza veraniega (sin Internet son toda mi fuente de documentación), todos ellos lectores de perfil medio-bajo (en cuanto a cantidad de páginas consumidas, no se me enfade nadie), que en verano se lee más y se ve menos la televisión por aquello de las vacaciones, el relax, la calma, la luz natural y el aburrimiento. Su conclusión es evidente: el verano debería erigirse como época fuerte, además de para festivales musicales, también para lanzamientos, publicaciones y demás saraos literarios. Además se podría aprovechar la habitual carencia de noticias relevantes para medrar un poco en la escala informativa generalista y aparecer en huecos normalmente ocupados por estrenos blockbuster o por Cristiano Ronaldo. Franja desocupada, oportunidad estratégica (el tipo que está en la esquina de la mesa va para nueve años estudiando Económicas).

Por supuesto este cambio supondría un, por así decirlo, profundo revés al orgullo castizo de la pluma. Supondría admitir el descenso a la segunda división del ocio masivo, y eso duele. A jugarnos los cuartos con el teatro, el ballet y el voleibol femenino. Todos, escritores y críticos. Pero unos añitos en el infierno podrían ser positivos para purgar ciertos pecados y así ganarnos de nuevo el ascenso y jugar otra vez en los grandes números, con el porno, los videojuegos y el fútbol. Es sólo una idea.

Pero aquí surge una segunda cuestión, no tanto estratégica sino actitudinal. De actitud respecto al lector, el gran olvidado en todo esto. De respeto hacia ese pobre tipo al que, por otra parte, sí le seguimos rogando que suelte la pasta por uno de nuestros libros. Ese mismo al que le pedimos que se convierta en nuestra primera persona del singular, ese al que nos dirigimos en nuestros plurales mayestáticos y ese que debe sonreír al comprender algunas de nuestras ocurrentes (auto)referencias. Ese al que le perdonamos la vida si nos compra un libro. Ese al que solemos dejar de lado para preocuparnos por fiestas literarias, envidias, injusticias, celos, incomprensiones divinas y demás inquietudes tomatescas creyendo que él permanecerá ahí, atento al goteo de nuestro grifo cultural porque sí, porque la literatura es ese arte superior que purifica el espíritu. Igual que el trabajo. ¡Es el lector, estúpido!, me señala un tipo chamuscado por el sol parafraseando a Clinton en su campaña contra el Matojo. Lo cierto es que es perfectamente posible vivir sin abrir un objeto libro, y vivir bien, frente a mí hay algunos seres humanos felices que no lo hacen en todo el año. Pero consumen otros productos y son cultos en otras materias culturales y científicas. ¿Son acaso menos dignas? Además, y siento tener que decir esto, leer, o en su defecto escribir, no es que mole demasiado. Los que molan de verdad son los dj’s o los videoartistas (esto no lo digo yo, lo dice una fiber de resaca). Y así corremos el peligro de que el lector nos vea como una especie de club o casta endogámica cuya atención se centra en su propio mundillo privado, en la constante comparación y en la alabanza o crítica de los demás miembros de ese club con el derecho de admisión reservado. Y qué de la crítica, si está compuesta en su mayoría por más escritores pluriempleados… Se trata de quitarnos de encima esa imagen borbónica y autocomplaciente, de enfermos y orgullosos marqueses arruinados con batines de seda chupándose las pollas entre ellos, que proyectamos en el lector común (les pago la ronda por responder el cuestionario), ese que lee por placer y ni escribe ni lo pretende. Pero ese que tiene la llave para que esto marche. No es que sobre pretenciosidad, excelente catalizador creativo, pero se puede ser ambicioso contando con el lector, pues es él quien juega con nosotros. Desde el principio fue así, es olvidarlo y caer en el onanismo. Es la diferencia entre hacer el amor con alguien y correrte en su puta cara.

Y cuando la ministra González-Sinde se digne a subvencionarnos por tocarnos las pelotas (hay rumores que apuntan a la séptima legislatura de Zapatero; para optar a la pasta se nos dará la opción de a) participar en un videoclip estilo we are the world, we are the children, todos con cejas trekkie de pega; o b) participar en una antología de relatos juveniles orientativos), entonces con comprarnos los libros entre nosotros mismos podremos vivir como reyes y cerrar el círculo.

Publicado el 1/8/2009

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