Vacaciones críticas en DVD Ediciones.com (verano de 2009)

Otra vez Chesterton, por el alma de J. M. Macías


En algún suburbio de internet (es decir, de la red de españoles con ordenador conectados entre sí) me entero de que se ha establecido un grupo de presión para canonizar a Chesterton. Tengo por norma no meterme en la vida privada de un escritor, incluso después de muerto, pero reconozco que la noticia no ha dejado de sublevarme. No sólo por lo aterrador que me puede suponer la proliferación indiscriminada de estampitas y demás imágenes piadosas con la cara del genial gordo británico, o que aquí y allá se empiecen a alegar los milagros de San Gilberto, no, sino poque detrás de esto vuelve a aparecer la peor enfermedad de la literatura, que es la de su presunta utilidad o aprovechamiento. Ya saben, la literatura comestible y nutritiva, rica en fibra para las puntuales obras del intestino, en omega 3 y en vitaminas variadas. La literatura que hace crecer a los niños y previene del óxido y la herrumbre a la piel de las duquesas. Hay algo malsano, demoníaco en esto del libro crece-pelo, como malsana es la hermenéutica, que inventaron los griegos, esa gente tan perversa, al igual que inventaron a la iglesia católica. Es indudable que la Iglesia está detrás de la cultura de occidente, del marxismo y del capitalismo; y detrás del pesado de turno que cíclicamente nos intentará explicar el 2001 de Kubrick o el Ulises de Joyce no esperen encontrar otra cosa que un teólogo medieval o el púrpura cardenalicio. Nietzsche lo vio muy claro, y por eso se le reblandeció el cerebro.

Pero volvamos a Chesterton, paradigma, para muchos, de lo que se ha venido en llamar "escritor católico". Ser "escritor católico", "escritor gay", "escritor gallego", por ejemplo, parece que añade un interesante plus de calidad entre los colectivos reivindicadores. El siguiente paso, inevitable, es una sutil apropiación. De lo cual Chesterton es un ejemplo muy jugoso, pues vive de un tiempo a esta parte un plácido secuestro en España a cargo del engranaje editorial del Opus y los últimos y voluntariosos boy scouts de la poesía llamada de la experiencia. Yo, que suelo releer al inglés con sumo placer, (sobre todo en estos meses de verano: Chesterton me resulta festivo y estival, curioso), no suelo experimentar por ello especiales ganas de convertirme. ¿Algo falla en la máquina apologética chestertoniana? ¿O soy yo, o es mi alma condenada irremisiblemente al fuego? Bien, me temo que las cosas son más sencillas.

Aprecio la lucidez de Chesterton que en buena parte de su obra está presente. Cómo no aplaudir su genial refutación del principio de causalidad en Ortodoxia, llegando, asombrosamente, a conclusiones parecidas a las de todo un Hume. GKC escribe desde el optimismo y el buen humor dominical. Por contra, Hume, pesimista y escocés, encadenado al lunes, no deja títere con cabeza, ni tan siquiera la conciencia, un mero suceder sin más y absurdo. Pero mucho más que su lucidez, lo que verdaderamente me atrae de Chesterton, en términos literarios, es el hecho de ser un rematado tramposo. En el fondo, estar o no de acuerdo con Chesterton me parece irrelevante, como estarlo o no con Quevedo, o con Góngora, si alguna vez podemos llegar a experimentar tal posibilidad. ¿Habrá que repetir una vez más que detrás de la literatura no hay otra verdad que no sea la verdad literaria? Con eso nos deberíamos conformar, con ese gentil divagar del sofista por el lenguaje antes que con el dos y dos son cuatro aristotélico.

No sé si un servidor le llegaría a caer bien a Chesterton. Tampoco me preocupa. Pero, por poner un toque más o menos sentimental a estas arbitrarias líneas, me gustaría beber y fumar con él en el último bar abierto de occidente donde dejen fumar. En un verano como éste, que, como todo verano, bien puede ser el último del mundo. Y entre el alcohol, el mucho humo, el holocausto pulmonar y las raciones de calamares, suspender mi credibilidad y dejarme pensar por un instante que la historia tiene un fin, que la victoria de Roma sobre Cartago estaba escrita como imperativo moral y que la entidad histórica que atendía al nombre de Don Juan de Austria no era una excusa más para un poema delirante. Los bares, como la Odisea, son lugares donde la gente se cree las cosas por el placer de hacerlo, y no pregunta.

Publicado el 5/8/2009

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