Vacaciones críticas en DVD Ediciones.com (verano de 2009)

Todtnauberg, por José Luis Gómez Toré


¿Qué nos lleva a querer conocer los lugares en los que vivió un escritor que nos importa o en los que ni siquiera vivió pero dejaron una huella, por mínima que sea en sus escritos? ¿Se trata sólo de un fetichismo absurdo, que poco tiene que ver realmente con el viaje que realmente nos propone la obra, que no es otro que su lectura? Produce cierta incomodidad asistir a esta suerte de peregrinación laica, que a menudo arrastra por igual a los lectores devotos que a los simples curiosos, llevados únicamente por la necesidad, tan de nuestro tiempo, de buscar espacios pintorescos, territorios que sean algo más que lugares de paso. De pronto, uno no puede evitar la sospecha de que, bajo la apariencia civilizada del turista literario, se oculta un refinado saqueador de cadáveres. El viajero que se toma un café en la misma mesa donde tal vez se sentara Pessoa o que se se fotografía en la sala donde Quevedo pasó los últimos días tiene algo de impostor, corre el riesgo de convertirse en copia mutilada de otra vida. Creyéndose protagonista de un viaje iniciático, tal vez no hace sino alimentar el espíritu de una época en la que el mundo parece condenado a convertirse en una sucesión de paisajes industriales, de circuitos turísticos y de parques temáticos. Y sin embargo, cuando realmente una obra nos interpela, resulta difícil sustraerse a la fascinación por los espacios que la escritura recrea, inventándolos de nuevo. Tal vez ello sea también un signo de los tiempos: arrojados a un paisaje urbano que tiende a transmutar todo lugar en no-lugar, perdidos en la la involuntaria parodia de un urbanismo que se repite a sí mismo, no es de extrañar que surja en nosotros con fuerza la nostalgia del espacio, del lugar que se deja habitar porque tiene memoria. La certeza del lugar quizás sea una necesidad humana imprescindible. El lugar es algo más que el dónde suceden las cosas, una especie de recipiente vacío y abstracto; señala más bien hacia una copertenencia entre el ser humano y el mundo: ese lugar que, como nos advirtió Valente no debe confundirse con la patria, que es tal vez su opuesto. Hace unos meses, en Celada, un pequeño pueblo de Palencia, una mujer anciana me comentó con una extraña mezcla de humildad y de orgullo mientras nos enseñaba el valle que rodeaba a la población: "yo conozco cómo se llama cada uno de estos lugares". Lugares con nombres, con historia, con aura si se quiere, que invitan a ser recorridos, aunque a menudo sólo pueden ser habitados desde lejos, en el recuerdo. Lugares sagrados (escribo el adjetivo no sin cierta precaución) que invitan a la contemplación, lugares donde ejercer la piedad con los muertos, donde alojar la memoria, donde decir también el nombre de las víctimas, de los verdugos, de los cómplices que tal vez ignoran que lo fueron.

Un nombre: Todtnauberg. Desde que leí el poema de Celan del mismo título, incluido en Lichtzwang (Compulsión de luz), y sobre todo desde que conocí la anécdota que dio pie al poema, Todnauberg se ha quedado en mí como algo más que un nombre, como una especie de enigma o de contraseña. Tal vez una excusa insuficiente para explicar por qué me he acercado a visitar la pequeña población en la Selva Negra, donde Heidegger tenía su famosa cabaña, dada mi desconfianza ante este tipo de rituales laicos. O quizá no se trata sólo de desconfianza: si soy sincero, debo hablar de un sentimiento ambivalente, mezcla de fascinación y rechazo, que me lleva de vez en cuando a convertirme en ese personaje, mezcla de turista y ladrón de tumbas, que visita esos precarios templos de la cultura con la turbación y la apenas confesada verguënza de un joven seminarista que visitara una casa de lenocinio. Sirva o no de justificación, lo cierto es que el encuentro entre Heidegger y Celan en esta pequeña población alemana, y sobre todo el diálogo que mantuvieron entre ellos, se me presenta una y otra vez como una extraña nota a pie de página en la vida de estos dos grandes nombres del siglo XX, una nota que, pese a su brevedad, perturba la lectura como una errata y parece volver borrosas no pocas líneas del texto principal.

El camino que nos conduce a la cabaña de Heidegger convertido en una ruta turística ("Martin Heidegger-Rundweg") está perfectamente señalizado y se nos presenta jalonado, cada cierto tiempo, por carteles que nos informan, en alemán, sobre la vida del pensador y su relación con el pueblo. El viajero curioso, sin embargo, sólo puede acercarse a unos metros de la pequeña casa de madera, donde Heidegger escribió gran parte de sus trabajos, ya que la cabaña sigue siendo propiedad de la familia. Por si no fuera bastante con el cartel de "Privado" y "Prohibido el paso" ni con el alambre electrificado que rodea la finca, uno de los carteles que dirigen la ruta, bajo el epígrafe "Por qué la cabaña no es un museo", nos explica, con la rotundidad de un argumento inapelable, que el genial pensador cuenta, entre sus descendientes, con catorce nietos y veintiún bisnietos, y nos pide que no turbemos la privacidad de la familia Heidegger. Lo cierto es que, en nuestra visita, la cabaña permanece cerrada a cal y canto, así que espiamos sin pudor, desde el cercado, el entorno de la cabaña, cerca de la cual se puede apreciar la fuente rematada por una estrella que Celan nombra en su poema.

La vista desde la cabaña es magnífica. Rodeada por árboles, bajo los que no faltan las flores silvestres aludidas por Celan en sus versos, la casa abre sus ventanas al valle de prados verdes que, en invierno, probablemente la nieve cubra casi por completo (la zona es célebre por sus estaciones de esquí: de hecho, el filósofo esquiaba con frecuencia desde la misma cabaña y enseñó a algunos alumnos que acudían a visitarle a practicar este deporte). Las colinas que a ambos lados nos rodean, descienden con suavidad hacia el pueblo de Todnauberg, formado por pequeños grupos de población y algunas casas aisladas, que respetan la arquitectura campesina propia de la zona. No resulta difícil comprender que Heidegger considerara este lugar como su rincón propio así como un lugar privilegiado para pensar y escribir, ayudado por la belleza y la serenidad del entorno. Los carteles que marcan la ruta insisten en ello, así como en la bonhomía del personaje y en su amistosa relación con sus vecinos, de los que Heidegger al parecer apreciaba su sencillez y su austeridad. La pintura idílica de la vida rural, subrayada por algunas fotografías que nos muestran a Heidegger posando con el traje regional campesino, puede resultar ingenua. No lo es tanto (aunque quizá esperable) que en la biografía del filósofo que nos ofrece el segundo de los carteles se nos hurte su relación con el régimen nacionalsocialista. Con todo, la omisión en un cartel que, al fin y al cabo, no deja de obedecer a un propósito turístico, se nos antoja más inocente que la que lleva a cabo Gadamer, discípulo de Heidegger y asiduo visitante de la cabaña en Todtnauberg, quien, en su comentario del poema de Celan, pasa por alto el evidente malestar del poeta ante el pasado nazi de su anfitrión.

El folleto informativo que nos entregan en la oficina de turismo del pueblo sí incluye algunas referencias a los vínculos entre Heidegger y el nazismo, si bien estas informaciones se dejan escorar por un propósito evidente de exculpación: el folleto insiste en la inicial fascinación que el nazismo suscitó en otros intelectuales y nos informa de la brevedad del mandato de Heidegger como rector de la universidad de Friburgo. El filósofo, en un gesto que le honra, no nombró ni un solo decano perteneciente al partido nacionalsocialista y, entre los designados, se atrevió a elegir al anterior rector, a quienes los dirigentes nazis habían obligado a dejar su puesto. De hecho, las presiones ante estos nombramientos constituyeron, al parecer, la causa principal de su dimisión del cargo sólo un año después. El folleto nos explica asimismo que, en sus escritos privados de 1933 y 1934, Heidegger reconoció haberse equivocado políticamente y destaca el hecho de que el autor de Ser y tiempo, miembro del partido nazi desde mayo de 1933, comenzó a ser espiado por la Gestapo desde 1935.

Ciertamente, Heidegger no es un Goebbels, ni siquiera una Leni Riefensthal o un Speer. Es innegable la fascinación que sintió por el autoritarismo fascista, alimentado por una mística de la tierra y la sangre que nunca le fue ajena, pero también es cierto su pronto desengaño ante la torpeza y la vulgaridad de buena parte de los que fueron, siquiera por un tiempo, sus compañeros de partido. Está lejos también de ser un antisemita al uso: de hecho, como una suerte de ironía del destino, el pensador parece condenado una y otra vez a entrar en relación con figuras relevantes de origen judío, desde su maestro Husserl a su alumna (y amante cuando la joven apenas contaba diecinueve años) Hannah Arendt, pasando por supuesto por Celan, cuya poesía Heidegger admiraba sinceramente (admiración correspondida ciertamente por el poeta, que creyó encontrar en el filósofo alemán su interlocutor ideal en el terreno del pensamiento). Con todo, todas estas matizaciones no alcanzan del todo a borrar su innoble discurso del Rectorado, pronunciado en la cercana Friburgo, del que nunca se retractó de manera evidente, ni el hecho de que jamás a lo largo de su vida hiciera una reflexión pública y sincera, sin ambigüedades, sobre su pasado nazi, quizá una breve anécdota en su biografía pero una anécdota que tiene que ver con uno de los momentos más ominosos de la historia del, por tantas razones, ominoso siglo XX. El difícil y meritorio examen de conciencia que llevó a cabo gran parte de la cultura alemana tras la Segunda Guerra Mundial parece en gran parte ajeno a quien es uno de sus representantes más exiguos. La talla intelectual de Heidegger exigía de él probablemente una actitud más valiente y menos ambigua de la que mostró y así lo entendió Celan, que, como víctima y testigo del Holocausto, difícilmente podía contentarse con el silencio del filósofo. En el libro de visitas que Heidegger tenía en su cabaña Celan estampó su firma. De ello hay un recuerdo en su poema: ¿"Qué nombres anotó antes que el mío?". Celan no pensaba sólo en otros ilustres visitantes de la cabaña como el físico Heisenberg o el teólogo Bultmann, a pesar de lo que nos quiere hacer creer Gadamer. Detrás de esos nombres, estaban por supuesto otros, los de los jerarcas nazis y sus cómplices, los de los asesinos de la madre de Celan, condenado a escribir en un idioma que era a la vez la lengua de la madre muerta y la lengua de Hitler.

Apenas sabemos nada de lo que hablaron en aquella entrevista en 1967 Paul Celan, que había sido invitado por Heidegger tras un recital en la universidad de Friburgo, y su célebre anfitrión, quien había dado muchos años antes su más famoso discurso en favor del nacionalsocialismo en la misma universidad [*]. Ni la cabaña ni la belleza serena del entorno van a darnos una respuesta. Son testigos mudos de una conversación cuyos interlocutores están ya muertos. Lo que sí parece es que Celan vivió aquel diálogo como una experiencia agridulce, mezcla de decepción y espera. En la primera versión del poema, se nos habla precisamente de "esperanza", de "la futura (in/minente) palabra/ del corazón/ de un pensador". En la segunda versión del poema, la palabra "inminente" ha desaparecido. Celan, que en el discurso dado en Bremen en 1958, comparó la poesía con una botella lanzada al mar, probablemente cada vez confiaba menos que, en esta ocasión, su mensaje llegara a su destinatario. Heidegger pareció no darse por aludido y enseñaba con orgullo a las visitas el poema que Celan le había dedicado.

Los hechos del pasado se desdibujan y es arriesgado emitir un juicio crítico sobre aquello que no vivimos, cuyas circunstancias son un eco, no el entramado de nuestra propia trayectoria vital. Con todo, lo más inquietante del silencio de Heidegger y de su diálogo a medias frustrado con Celan no consiste tanto en las sombras que arroja sobre su personaje (al fin y al cabo, la historia de la cultura nos ha acostumbrado a menudo a que una obra admirable no viene necesariamente acompañada de una loable biografía). Queda, sin embargo, la sospecha, todavía no dilucidada por los numerosos comentadores del filósofo, de hasta qué punto las semillas del autoritatismo no se dejan sentir en la obra del pensador, cuya humilde y confesada labor de pastor del Ser deja a veces asomar una apenas disimulada soberbia. Se trata de una soberbia que no es sólo la de un autor con razones sobradas para el orgullo, sino, lo que es más grave, la de un pensamiento que, queriendo ser escucha y apertura, roza en ocasiones la forma del mandato, el vértigo ante un horizonte en el que la libertad y la dignidad humanas parecen diluirse en una promesa ilusoria. No es ajena a esa ambigüedad de su filosofía su estilo, que sabe tocar admirablemente al mismo tiempo las cuerdas del pensamiento filósofico y de la poesía, pero también es capaz de rozar en ocasiones el difuso límite que separa lo sublime de lo kitsch. No deja de resultar paradójico que uno de los pensadores que más ha protestado contra la tecnificación de la sociedad contemporánea, se dejara seducir por esa bárbara amalgama de técnica y mística, de burocracia y violencia de la maquinaria nacionalsocialista. El locus amoenus de una naturaleza idealizada, que a menudo formó parte de la imaginaria nazi, puede ser el reverso del campo de concentración, en el que se juntan en monstruosa amalgama una precisa matemática de muerte y la salvaje liberación de unos instintos que recuerdan más al penoso retorno de lo reprimido de Freud, otro ilustre judío, que a la exaltación dionisiaca de Nietzsche.

Para Heidegger, para Celan, el silencio es algo más que lo opuesto a la palabra. En ambos, parece escucharse el eco del antiguo mandato judaico que nos conmina a no pronunciar el nombre de Dios. El silencio no es ajeno a la palabra, sino que forma con ésta un nudo inextricable. En la filosofía de Heidegger como en la poesía de Celan tenemos a menudo la sensación de que hablamos demasiado, de que las palabras se hacen culpables por decirse demasiado pronto o demasiado tarde. Lo dicho arroja a la inexistencia lo no dicho y nos hace creer que hemos establecido una comunicación donde sólo existe realmente el balbuceo de un diálogo siempre precario y siempre incipiente. Y sin embargo, el silencio en Celan parece ir más allá y se adentra en terrenos ante los que el pensamiento de Heidegger parece estar ciego. Hemos aprendido, con no poco dolor, que no basta con ser víctima para tener razón, y, sin embargo, en la experiencia de las víctimas de la historia emerge una conciencia irrenunciable, la de que no todo puede estar disponible, de que lo humano sólo se salva en el noli me tangere, en la capacidad de abstenerse, de no instrumentalizar la dignidad del otro, ni su sufrimiento, ni su memoria. Celan, que se distanció cada vez más de su célebre "Fuga de la muerte", porque veía en este poeta la tentación de una reconciliación demasiado fácil, sabe algo de ese silencio ante el lugar del crimen. El silencio puede ser un muro o una grieta en el muro, el espacio de la esperanza o la complicidad en la abyección. De alguna manera, el diálogo entre Celan y Heidegger no ha terminado. Quizá ningún diálogo, cuando lleva en sí el germen, por precario que sea, de un verdadero diálogo, puede concluir. No es otra quizá la vocación del habla que la de un diálogo siempre al borde del fracaso, una conversación siempre amenazada, pero que, una vez interrumpida, siempre alguien puede volver a retomar. Vocación que tal vez es también la vocación del poema.

[*] Andrés Sánchez Pascual, en un imprescindible artículo "Celan y Heidegger. Pequeña crónica de un des-encuentro" (Rosa cúbica, nº 15-16, invierno 1995-1996), explica con detalles los antecedentes y el transcurso del célebre pero breve encuentro.

Publicado el 14/9/2009

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