Vacaciones críticas en DVD Ediciones.com (verano de 2009)

Catilina, mon amour, por Juan Andrés García Román


Telefoneaba desde mi exótico lugar de vacación con uno de esos pocos seres humanos que, como dice el poema de W. Szymborska dedicado a su hermana, tienen la rara virtud de no escribir. Un extraño ser en cuyo cajón, si es que a alguien se le ocurre curiosear, no encontrará poemas, ni aun convulsionados garabatos en una servilleta. Uno de esos seres por los que la literatura tiene algún sentido. Es mi amigo -debo decirlo, pues no muchos lo conocen- un individuo cuyo temperamento sólido no esconde algo de pesimismo que si yo fuera italiano definiría como astral. Sus risotadas hablan de alguien que ha asumido el dolor en una naturalidad de lentos gestos, de despacioso hablar. Algo como una roca y sin embargo humano, que es lo más parecido que conozco en estos tiempos a un humano de pie sobre una roca.

Hablábamos de la crisis, claro; mejor dicho, hablábamos de una doblez escondida en la crisis económica más que de la crisis misma: nos preguntábamos por qué se venden pocos libros. Yo hacía alusión a algo que me parece una de las más terribles paradojas del sistema político-económico-social de este país. Es decir, yo le hablaba de este país y le decía una evidencia: -Es que los jóvenes no tienen dinero, es que las generaciones nacidas durante la transición y después de ella y las de los neonatos democráticos no han alcanzado una independencia económica que la generación de sus padres, hija plena de la dictadura, sí logró. Es éste un argumento y una verdad, si es que hay verdades, tan demoledora que obligaría a revisar muy profundamente conceptos arraigados, como el del éxito de tal transición: hasta qué estratos llegó y cuáles quedaron para siempre inamovibles -capas freáticas muy duras, muy tiránicas con las que se modelaron los Toros de Guisando y las Damas de Baza y Elche, grisúes que nadie sabe…-. ¿Adónde, me pregunté, vamos con palabras como fraternidad, libertad individual (que en un país rabiosamente librecambista debe ser también por fuerza libertad económica, traducida en una mínima capacidad adquisitiva)? ¿Adónde vamos con palabras como igualdad, individualidad y comunidad, (¿¿¿comunidad, sí!!!), palabras que se nos han olvidado en una tabla de la ley, pero que no saben prender esa zarza demasiado verde del dinero?

En fin, yo decía evidencias como ésta y otras del estilo. Pero mi amigo y yo fracasamos ese día en nuestro intento de saber la verdad, porque buscábamos causas originales a las que sólo accedimos parcialmente en una segunda conversación. Paso a relatarlas.

Bueno, mejor dicho, la causa original de mi amigo se halla escrita al final de este escrito con el color de la fuente en blanco. Ya verán como les gusta.

Yo, por lo demás, no suelo estar en desacuerdo con mi amigo manso, que, además, socráticamente hace a menudo salir de mi boca cosas que pienso, que por mi naturaleza introvertida callo, pero que él desea denodadamente oír.

En esta ocasión, empero, le dije: He descubierto una razón más vil, más imprecisa por invertebrada, más perniciosa y acaso más profunda que empieza a socavar la salud del libro y del mundo del libro. Mi amigo se me quedó mirando a través del teléfono. Pero al no ser yo un buen orador ni verme capaz de concretar esa razón en aquel instante, emplacé al melancólico ser literariamente pasivo a un email que fue extendiéndose como un puzzle ideado por Hitler en la pantalla de mi ordenador. Sólo la paciencia de los que administran esta página web hizo posible trasladar como un órgano barroco en una ciudad de verano mi largo y encandecido mensaje a un espacio más público y concurrido:

¿concurrido? Sí, es posible. ¿Pero de interés general? ¿De utilidad pública? ¿Sí?, ¿Seguro que sí? Y aquí comenzaron mis dudas. Y hundiéndose en la duda, mi reflexión alcanzó algo de sentido.

Porque yo le decía a mi amigo que acaso se trataba, más que de una causa, de una fobia personal. Después, reflexionando, me di cuenta de hasta qué punto muchas causas universales no fueron fobias (o filias) que se quitaron el pijama y salieron a la luz y consiguieron reflejarse en el miedo y la esperanza de los otros. Y me envalentoné.

Una de las razones, que no es ajena al contenido de mi fobia, y que en principio me aconsejaban que esta opinión no saliera mucho a la luz tenía que ver con algo parecido a la escalera de Wittgenstein. Porque pregunté a quien me realizó la propuesta: ¿Una reflexión crítica en Internet? Y en mi interior me preguntaba: ¿Pero es eso realmente posible? ¿Y a quién le importa eso? ¿Quién lo va a leer y, sobre todo, quién lo va a ponderar y criticar y con qué medios, con qué instrumentos?

Iré por partes.

Por ejemplo, yo voy a decir la palabra contrariedad, yo, con perdón de la Euskadi inteligente y progresista- voy a decir la palabra abertzale, yo voy a decir las palabras posmodernidad, desatascador, envidia; yo voy a decir las palabras una-turbia-y-oscura-displicencia-en-la-entreépoca, yo voy a decir, perdónenme, la palabra cutrez y voy a decir la palabra revancha. Y vamos a empezar.

Porque, para situarnos, uno de los males de mi causa original está muy relacionado con el de la causa trivial. Debo hablar de esa generación depauperada y devaluada no sólo crematísticamente que, según digo, carece de libertad para su desarrollo individual y singular. Y el motivo es el siguiente: Baudelaire apaleó a un mendigo, no él, no Baudelaire, pero realmente apaleó a un mendigo.

Me apenan mucho los males, créanme, de esta generación gruñona a la que pertenezco, pero a través de un extraño viaje astral, creo que consigo verme desde fuera. El caso es que no puedo imaginar el día en que mi generación salga a la calle para manifestarse por sus derechos. No hablo de elecciones. La abstención ante las urnas por parte de la juventud es algo tan común a ella como el consumo de marihuana (oh, perdón, malditas asociaciones con las que mi amigo no pierde el tiempo: cómo lo envidio, lo digo de veras). Es decir, no hablo de que no crean en los partidos mayoritarios ni minoritarios (yo tampoco, pero me va la marcha) y ni siquiera probablemente en la democracia, ese pervertido y abominable paroxismo de la estadística (Borges dixit). Es que tampoco los veo capaces de manifestar eso mismo, si no es en la forma de gruñidos preverbales o postverbales. Mejor post, ¿no?: parece que eso ahora gusta más.

Es decir, existe una muy tangible contrariedad, una displicencia sin palabras contra el sistema, o no necesariamente, que sin embargo se detiene en el momento en que muchos de ellos se topan con placeres substitutivos.

Les pondré un ejemplo: cuando era niño, pedí a mis padres un perro. Había fracasado en el intento en muchas ocasiones, pero un verano, asombrosamente, mi madre dio el sí. Yo apenas lo creía. Y hacía bien, pues cuando llegó septiembre y llegaba el momento decisivo, me dijo: ¿No te gustaría tener un ordenador? Un ordenador está muy bien. Es difícil tener un perro en casa. Me sedujo la idea como a un niño que era y llegamos a ese pequeño acuerdo burgués e infantil. No sé si estoy loco o esto les suena a algo. Conformarse con sucedáneos electrónicos de la felicidad-libertad-derechos. Convertir su querencia y su reivindicación en algo más radical, más subterráneo, más enconado pero más inexpresable, más turbio, más friqui (¡Oh selvas y espesuras de lo friqui!)

Antes dije la palabra abertzale. Discúlpeme, lo ruego, la Euskadi inteligente, progresista y bella, pero para mí la palabra abertzale no significa amante de la patria, sino que de algún modo representa una adversidad contra casi todas las cosas, una violencia soterrada, invertebrada y tonta, una inopinada aceptación de valores progresistas en conserva que en medio de un galimatías mental entran a formar parte de un modo de vida que se quiere subversivo. ¿Puedo hablar de la revolución emporrada? Pues eso: la revolución emporrada, la revolución que genera disturbios en las murallas del propio cerebro, páncreas e hígado. ¿Debo aclarar que no pertenezco al opus dei? ¿Se me permite decir que preferiría que aquellos que critico cambiaran las botellas de su post-guateque por cócteles molotov cuyos objetivos fueran designados por una verdadera intelligentsia revolucionaria y que su displicencia tuviera un horizonte, un blanco, un culpable, un algo? Está bien, ya lo he dicho.

Pero el problema de buena parte de la izquierda española es que, una vez asumido que la sociedad mercantil es inapelable, su discurso no tiene mañana y se acumula en un breviario de lugares comunes que han perdido el tren hegeliano a la tierra prometida. Es como un libro de los mejores chistes, un libro con los cien mejores clichés de izquierda: una izquierda puesta de morros en términos absolutos por su propia incoherencia y contra los que, por su propio peso, han dejado de ser sus enemigos, excepto en lo único que interesa: el control del poder.

Ya que estamos navegando, vean esto: http://www.youtube.com/watch?v=Q5vKkLj8oHw Lo dice más claro que yo y con el privilegio performativo de la síntesis. Les aseguro que merece la pena.

Y naturalmente, el poder oficial se frota las manos ante el nacimiento y profusión de una crítica así de improductiva. Es más, estoy seguro de que nutre esta confusión con más tonterías “democráticas”. Igual que quien echa de comer a unos peces ciegos, feos.

Pues bien, si digo esto, es porque considero que el internet literario y la sociedad poética en general se han ido poblando de este tipo de individuos obstinados en su contrariedad sin horizonte, en su revanchismo, en su envidia, en su desconfianza y en un ataque contra la oficialidad poética y literaria que podría ser lícito, pero que pierde su credibilidad por su carácter indeterminado, invertebrado y, con perdón, encabronado. Es también común que se ice la bandera de una dudosa diversidad poética y la de la suspicacia y denuncia contra escritores o poetas consagrados o que sencillamente y puntualmente consiguieron publicar en una editorial deseada, sin otra justificación ni causa distinta del hecho de que nuestros singulares literatos de medio pelo no tuvieron éxito o no publicaron nada. La celebración y aceptación del ingenio de otro (sí, ingenio, trabajo también, desde luego, pero ingenio, ingenio; no lo duden más) llega hasta el momento en que éste les rebasa en calidad o reconocimiento, no más allá.

¿Cuántos siglos, oh Catilina, escucharemos la salmodia del malditismo y del incomprendido? ¿Quo usque tandem tendremos que tragarnos la reivindicación populista de que el verdadero artista está en la calle, en el metro, que escribe a solas y guarda todo en el cajón, que John Coltrane tenía hermanos anónimos y mejores que él, pero albinos y acostumbrados al hábitat de las alcantarillas, y que sólo el buen contacto-enchufe con la maquinaria comercial es lo que garantiza que los libros, discos, cuadros estén en la calle?

En ese sentido, la palabra posmodernidad irrumpe. ¿Para qué sirve actualmente el desatascador de la palabra posmodernidad?

Se lo contaré a ustedes, ya que no están ahí, con un ejemplo. Hablaba yo con otro amigo sobre la poca calidad de un poeta que escribe hoy de tal forma, que sus poemas resultan indiscernibles de poemas del siglo XVI. A lo que mi amigo me respondió censurándome: Es que con la postmodernidad hemos superado el concepto de tiempo y de decurso histórico temporal.

Es decir: una postmodernidad para justificar lo casposo y rancio de buena parte de la poesía actual. Otra posmodernidad que se afana en el embotellado de elementos de lo cutre español tipo Mortadelo y Filemón o Torrente para producir poemas que no se creen inferiores a los de Wallace Stevens…

¿Todo vale? No lo sé. Repito que no soy del opus. Yo digo que aborrezco los principios, lo que se suele llamar “valores”. Pero aborrezco aún más, mucho más, la tomadura de pelo y la cutrez. Tampoco hago una defensa de los poetas consagrados jóvenes o viejos, porque además no sé quiénes son. No me sé la nómina y cada vez me interesa menos. Pero no puedo admitir una censura indiscriminada contra todos todos toditos los premios de poesía (no niego que el sistema de premios esté agonizando) y contra todos los autores reconocidos, cuando se me antoja imposible que estos jóvenes contrariados hayan leído bien a todos los que critican. De todo lo que hay, ¿de verdad no les seducen ni el incómodo, bizarro y perturbador mundo de Lorenzo Plana ni el ágil verbo y la anonimia desesperada del personaje Rompetechos-Manuel-Vilas ni la escabulliza, autodestructiva, seductora y democrática work in progress de Carlos Pardo ni la hierba y el sol tecno de los transidos símbolos de Juan Antonio Bernier ni la desolación y hedonismo antiguos y modernísimos de Rafael Espejo ni… ni… ni…?

Es posible que no. Claro que sí, lo admito. Todavía queda mucho por hacer. Pero hay muchos que no van por mal camino, ¿no?…

Bien, además cunde una poesía funambulista y performativa, de rap sin soda. Y me parece muy bien, pero hasta ahora he tenido la impresión de que pocos de sus productos salían de esa cultura de alpargata a la que antes me refería.

Es decir, como inteligentemente retaba Luis Muñoz en la antología de Domingo Sánchez Mesa (Hiperión): Si tienen ustedes algo mejor, si tienen una propuesta mejor, sencillamente háganla, pónganla sobre el tapete.

Y no niego que internet pueda ser un buen medio. Seguramente muy pronto será, de hecho, el único. Pero por el momento seamos conscientes de que los poetas blogeros apenas son leídos (por fortuna) y de que no existe filtro.

Cuando en el siglo XVIII la novela de intriga y pasiones desmedidas arrasó Europa con sus suicidios, asesinatos y sociedades secretas, surgió un discurso crítico que supo dejar en las manos de la “comunidad humana” obras como el Wilhelm Meister o el Werther de Goethe, como el Titán de Jean Paul Richter. Hoy, en internet, seamos sinceros, sólo pescamos fotos de la fiesta que los amigos se corrieron ayer. Eso y algún arranque lírico de lo más sincero, con hasta lágrimas pixeladas. También alguna reseña magnífica, sí, es verdad, pero no poesía. Ahí, con la crítica seria en internet sí empieza a haber un problema. No obstante, ¿por qué no me sorprende nada que en internet casi nunca se alabe un libro de un autor consagrado y valorado en los recesivos culturales de los periódicos? A ver si nos vamos a ir volviendo nosotros mismos albinos como los hermanos buenos de John Coltrane y como los caimanes del alcantarillado neoyorquino…

Entonces, digo yo, y por fin termino, orienten su displicencia hacia algún fin. Disciplinen la displicencia con un simple juego de palabras. Organícense sin envidias. Creen algo válido y propongan. Pero no nos tomen el pelo.

El libro no durará mucho. Soy mortal y me reservo la fortuna de no tener que ver el fin de este proceso, que, es cierto, me pone triste. Pero sean conscientes de que, hoy por hoy, atacar la estructura y el mercado cultural, mientras no tengamos otro medio de hacer llegar al pueblo un buen poema, es equivalente a poner a la cultura aún más contra las cuerdas. Y no lo duden: ya están muy muy tensas. A lo mejor se caen todos juntos del ring. Pero, oh, no doy más pistas: ¡porque entonces lo habrán conseguido!

Juan Andrés García Román, Burkina Faso, 10 de agosto de 2009.

Publicado el 20/8/2009

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