Vacaciones críticas en DVD Ediciones.com (verano de 2009)

Vacaciones críticas, por Ana Muñoz, a 31 de agosto de 2009


Lo primero que hice cuando llegué a Z fue comprarme un calendario circular, borgiano. Para comenzar un nuevo día, el usuario (yo) debe hacer girar las distintas ruedecitas mediante un leve pero preciso movimiento en el sentido de las agujas del reloj, o no, según sea oportuno (ver imagen adjunta). En la misma tienda adquirí un reloj cuya esfera sugiere la silueta de Tintín, el personaje de Hergé, y que desaparece cuando se hace de noche; y una libreta con una portada que reza: "Borrón y cuenta nueva", porque la que escribe llegaba a Z con ese firme propósito. Y fue entonces cuando comencé a obsesionarme por el tiempo (en todas sus variantes, incluidas mis pertinentes consultas meteorológicas y astrales). Por ejemplo, y siguiendo con el calendario: yo he llegado a congelar el tiempo. El 6 de noviembre de este año (las horas finales de mi cumpleaños me dejan taaaan abatida) se prolongó hasta el siguiente día más feliz, después de más de dos meses (hablando en términos estrictamente reales). Otro ejemplo: si no me convencen del todo los días que estoy viviendo, soy capaz de adelantarlos, incluso de cambiar de mes. En el salón de mi casa ha sido verano en invierno, y versavice, aunque en muy menor medida, obviamente. El calendario presenta tantas posibilidades como imaginación o lo que quiera que sea tenga el usuario: días a medias, días que no son ni el 12, ni el 13, días que quedan como suspendidos, el 12’5, en la nada; o meses que tienen de 0 a 39 días, febrero, al fin, 31. Cuando mi madre viene a visitarme y consulta contrariada el calendario, le explico sus disfunciones (ana)crónicas responden a un problema "de pilas", entonces ella asiente y a continuación se marcha a Mercadona, dispuesta a hacer la compra que yo no hago. Lo consiente porque nunca se ha llevado demasiado bien con el tiempo, con aquel al que me estoy refiriendo. En cambio, en el jardín de la casa familiar, mi madre tiene instalada una pequeña estación meteorológica que cuenta con distintos termómetros, un termógrafo, un barómetro, un pluviómetro, un heliógrafo, un anemómetro, una veleta y un cielómetro (mi preferido, pues sirve para medir la altura de las nubes). Allí se (le) pasa la vida midiendo y registrando variables Además, posee un monje-higrómetro que le indica, con su capucha y su varita mágica, unas muy aproximadas previsiones en cuanto a humedad ambiental.

En verano soy feliz, ¡cómo podrían existir veranos críticos en verano! Por eso, desde que compré mi calendario circular, borgiano, el 31 de mayo congelo el tiempo. Ése es, para mí, el primer día del estío: hay mucha luz y hace mucho calor, el que merecemos, todo. Ahora bien, esta exaltación del Carpeyloquesigue no implica que yo no pueda proseguir con mi rutina diaria, verbigracia: sigo saliendo a correr al parque todas las mañanas. Y mucho menos implica que el resto de la humanidad no pueda proseguirla: durante junio, julio y agosto he seguido coincidiendo, como en las anteriores estaciones, con la corredora que va siempre en dirección contraria (a la mía) y que porta una especie de chaleco antibalas, con ese hombre que parece Hare Krishna y sus galgos. También con la señora de pelo rojizo y complementos color fucsia, su marido y aquélla que parece su hermana; con el ciclista guapo, con la madre de Dani y sus amigas, con los tres ancianos y sus respectivos paraguas (que no sombrillas) y con una atleta muy morena y más delgada que siempre me sobrepasa (aissss, Ana, tú y tu fiel compromiso con la realidad... podrías haber optado por una apenas perceptible alteración de la misma y escribir algo así como: "con una atleta muy morena y más delgada a la que siempre sobrepaso"). Esta serie de encuentros en cadena me produce una apacible sensación de naturalidad, sí, es ésa la palabra, que me redime del inquietante sentimiento que me asalta a menudo en relación con mis trastornos de tiempo. C’est à dire (Manolo, calienta voces): "la vida sigue igual".

No obstante, hay algo del verano que me angustia: su (aunque cíclica) caducidad. En una ocasión calculé los meses (esto es sencillo), las semanas, los días, las horas, los minutos y los segundos que contiene un verano. El mío. Una vez hallado el resultado quise morirme o, lo que es ¿peor?, vivirlos todos, todos los segundos, todos los minutos, todas las horas, todos los días (y las noches), todas las semanas, todos los meses (esto es sencillo)... y así hasta quedar exhausta. Soy consiente de que cuando se está hablando de un intervalo de tiempo en concreto, es lo mismo decir "equis meses" que "equis segundos", no importa, pero la revelación de estos últimos resulta ciertamente desmedida. Poco después de este apocalíptico hallazgo me prometí no volver a realizar un cálculo jamás (ni siquiera para comprobar si hay errores en las facturas de esas compras que yo no hago), me decidí por una carrera de Letras Puras y regalé mi reloj de Tintín. El año pasado por estas fechas, llamé a mi padre "El de las muñecas desnudas" (y asimismo meteorólogo*) por teléfono para que me confirmara, ¡por favor!, que la luz y el calor seguirían siendo los mismos una vez sobrepasado EL LÍMITE, el del 31 de agosto. Intentó calmarme afirmando que acontecería tal y como yo le rogaba. Le contesté que en Z, en las últimas noches, ya había tenido que dormir con las ventanas cerradas, pero él me aseguró que, al menos hasta mediados de septiembre, podría seguir saliendo a correr en camiseta de tirantes, acaso manga corta. Mintió**. Aquel 31 de agosto, recuperé de entre mis libros "la antología verde" y busqué un poema de Sergio Algora, "El último día del verano". En éste, soy a la vez la gente y la piel. El libro incluye también varios poemas muy estivales de Jesús Jiménez Domínguez... es que sólo conozco a un poeta que deteste el verano.

Mañana será 1 de septiembre y no quiero imaginarme a mí misma frente al calendario en hibernación (valga la paradoja) desdeel31demayo. No quiero. Si el verano pudiera llegar a considerarse "crítico", sería sólo por el segmento de tiempo (hablando en términos estrictamente reales) que existe entre hoy y mañana, en concreto. Esta noche tengo concierto, toco en una fiesta reivindicativa que se celebra para pedir el regreso a la radio autonómica de un programa dedicado a la música aragonesa y que ha sido retirado por la Corporación. Me gusta, lo prefiero, ¡claro!, a pasar las horas, muertas, vivas, lo prefiero a experimentar el tránsito entre dos estaciones desde mi cama. Y sola. Louisiana, como el resto de grupos participantes, disponemos tan sólo de diez minutos que (hablando en términos estrictamente musicales) equivalen a tres canciones. Sé que la primera de ellas será el 31 de mayo y que la segunda será el 31 de agosto, como si cada una correspondiera a un mes. Así acontecerá, como cuando uno va a morir y comienza a experimentar analepsis, escenas retrospectivas de su vida, como si de una película en "Súper 8" se tratase. Cuando hoy descienda del escenario, el verano habrá llegado a su fin y todo lo que suceda a continuación será oscuro y frío, aunque sigamos mereciendo, todos, toda la luz y todo el calor (mamá...). Por otro lado, pienso, en menos de veinticuatro horas habré regresado de hacer deporte y, como en los últimos días, en sudadera de manga larga (papá...). No obstante, me consuela la certeza de que mañana, y pasado, y pasado mañana, y al otro, incluso cuando la oscuridad y el frío se traduzcan en el desasosiego más invernal (quise decir "infernal"), seguiré coincidiendo con la corredora que va siempre en dirección contraria (a la mía) y que porta una especie de chaleco antibalas, con ese hombre que parece Hare Krishna y sus galgos. También con la señora de pelo rojizo y complementos color fucsia, su marido y aquélla que parece su hermana; con el ciclista guapo, con la madre de Dani y sus amigas, con los tres ancianos y sus respectivos paraguas (que no sombrillas) y con una atleta (LA atleta) muy morena y más delgada que siempre me sobrepasa.

Todos ellos estarán allí, como yo, y por tanto no habrá por qué alarmarse... o qué. Las crisis forman parte de un proceso cíclico (eso lo aprendí cuando todavía hacía cálculos), crecimiento, expansión, recesión, crisis. Como cíclico es todo lo que uno (yo) quiera, desde el funcionamiento o mecanismo de un calendario hasta la ruta de mis carreras por el parque, pasando por el firme propósito de que alguna vez estrenaré la maldita libreta que compré hace ya algún tiempo en aquella (maldita) tienda.

*Licencia que me permito, perteneciente o relativa a los recursos que ofrece la ficción. Háganse cargo, por lo de la atleta que siempre me sobrepasa, una cosa por la otra. Mi padre es profesor de Lengua y Literatura en un instituto de educación secundaria, al igual que mi madre, con perdón.

**Más que mentir... qué va a saber de meteorología un pobre filólogo. Y mi madre, con perdón.

Publicado el 5/9/2009

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