Poesía y traducción

Antonio Rivero Taravillo


1. El friso de un común anonimato

2. Traducciones de Antonio Rivero Taravillo

3. Sobre Antonio Rivero Taravillo

***

1. EL FRISO DE UN COMÚN ANONIMATO

Cuando muy al comienzo de mi escribir empecé a ver que el don de la poesía era algo que siempre se me antojaba a punto de abandonarme, entonces, ya, como conjuro o alegación en mi defensa, puse mis manos a la versión de poemas ajenos que admiraba. Se me ocurría –y creo que no andaba muy errado– que la traducción de poesía era –es– uno de los más fértiles caminos de conocimiento de un oficio que ya sabía mío más que ninguna otra cosa. Oficio, quehacer, vocación, entrega: voces que sólo tangencialmente traducen el significado de lo que es, para mí al menos, la poesía y su composición.

Lejos de mí intentar ahora una poética. Y sin embargo me parece oportuno –tal vez irremediable– anteponer unas palabras, breves, a esta colección de versiones que se han ido multiplicando con los años. Prefiero, es cierto, el término versión al de traducción, como si en puridad esa dicotomía fuera paralela a la de verso y prosa o, más aún, abundando en la diferencia y adjetivando, lo poético y lo prosaico. Que la poesía es intraducible a otro idioma, y que sólo un poeta puede aventurarse con dignidad a triunfar o fracasar en el empeño, creando nueva poesía, es un lugar común, no por común menos ciertos y asumido en mi visión sobre esta labor a la que, como dije más arriba, le debo el haber perseverado en la escritura cuando ya veía que me faltaban las fuerzas, el aliento poético.

Adivinar en cada nuevo poema el último; sentirme habitante perpetuo de una isla que cada vez más se aleja, no isla en realidad sino ballena de Job o Leviatán; no habituarme nunca a la extrañeza de que una construcción de sílabas vivas exceda nuestro límite y ámbito de tiempo y espacio, este estupor, digo, me animó a verter poesía, a apropiármela. Lo dice Eliot y también la experiencia: no hay forma mejor de comprender un poema que traducirlo. Y yo así me he metido en los entresijos de algunos de los poemas y poetas que más me han interesado. Y seguiré haciéndolo.

Es este proceso una de las formas más completas de diálogo, y el resultado suele ser menos lamentable que la vida misma. Otorga el privilegio de establecer comunicación –el poeta como médium no necesariamente esotérico– con las voces más espléndidas del pasado. Es un juego de afinidades con sensibilidades en las que nos vemos reflejados, de analogía, que es piedra angular de lo poético siempre. Es, sobre todo, no una forma de sobrevivir o hacer sobrevivir lo amado en la obra propia –meta que Shakespeare especialmente ilustra–, sino de vivir en la ajena. Es un ejercicio titánico y femenino, de férreo pulso y ductilidad extrema, de vaciarse para la posesión, de poseer lo que nos penetra; y es al tiempo ejercicio de proel que con segura mano debe sortear escollos y eludir sirenas que querrían vernos varar de continuo.

Es, en fin, una travesía para la que no basta la carta marina, el mapa que es el original; también hay que fiar del viento, escrutar el cielo, seguir la brújula que nuestro corazón señala. Aquí las escalas, y también algunos escollos, de esa derrota.

*

Los reunidos aquí son una porción infinitesimal de los versos que he ido traduciendo desde 1986. Van de Ovidio y un poeta galés del siglo VI a Robert Frost, pasando por un anónimo anglosajón del siglo VIII recogido en el Exeter Book.

[subir]

2. TRADUCCIONES DE ANTONIO RIVERO TARAVILLO

DE LA PRIMERA PÁGINA DE LAS METAMORFOSIS

Quiero exponer mutaciones de cuerpos en formas distintas:
dioses, haced que prospere el intento, y que pueda mi canto
ir desde el día en que el mundo empezó hasta hoy, sin pausa,
ya que vosotros también los autores habéis de ellas sido.
Antes del mar y la tierra y del cielo que todo lo cubre,
sólo tenía un aspecto Natura en el vasto universo.
Caos fue el nombre que tuvo la masa sin orden, confusa:
gérmenes mal ensamblados, montón discordante, sin vida.
Luz todavía no daba Titán, ni tampoco al creciente
Febe los cuernos...

OVIDIO

***

CANTO FÚNEBRE POR OWAIN AB URIEN

¡Señor, apiádate del alma
de Owain ab Urien!
Príncipe de Rheged, oculto en tierra,
¡no es sencilla tarea el alabarlo!
Una estrecha tumba, un hombre ensalzado;
su lanza afilada, las alas de la aurora.
Aquel señor de la clara Llwyfenydd,
¿dónde su igual?
Segador de enemigos, de pulso fuerte,
vástago fiel de su raza:
Owain, para matar a Fflamddwyn
no se lo pensó más que para dormir.
Duerme la gran hueste de Inglaterra
con luz en sus ojos,
y aquellos que no huyeron
fueron más bravos que sabios.
Owain les dio muerte
igual que devoran los lobos a las reses;
aquel guerrero de brillante arnés
dio sementales al bardo.
Aunque atesoró riquezas como un mísero,
por el bien de su alma las repartió:
Dios, apiádate del alma
de Owain ab Urien.

TALIESIN

***

LAS RUINAS

Maravilla es este muro          que desmoronó el destino,
se aja la ciudad          que forjaron gigantes.
Hay techos derrumbados,
          torres en ruinas,
rotos portalones,
          escarcha en el mortero,
dañados tejados
          –escudos de tempestades–
partidos por el tiempo.
          La tierra apresa
a los maestros constructores,
          idos ya y muertos,
y cien generaciones
          de seres humanos
han desaparecido.
          A menudo esta pared
cana y granate
          reino tras reino
resistió tormentas;
          hoy está abatida
...........................................................
al corazón azuzaba incitando a la acción.
Experto en anillos, prodigiosos pilares
un audaz rodeó de duras cadenas.
Había mansiones magníficas, numerosas termas,
altos aleros, animada algarabía,
incontables banquetes con cantos y risas
hasta que todo lo mudó el poderoso Hado.
Perecieron por miles, hubo tiempos de peste,
la muerte se apoderó de los valerosos héroes.
La ciudadela toda quedó desolada,
heridas sus murallas. Sus restauradores cayeron,
por tierra la hueste. Desiertos los patios,
ese arco rojizo arroja sus tejas
de artesonados techos. Postrado está el sitio
con broza y escombros, donde muchos hombres
rodeados de oro, relucientes, risueños,
pletóricos de vino contemplaban su plata,
armas y joyas, alhajas y gemas,
posesiones, riquezas, piedras preciosas
y la radiante ciudad de grandes dominios.
Había construcciones de piedra, el cálido caudal
del arroyo bullía, una muralla encerraba
todo con brillante abrazo, también había baños
calientes en su seno; no era inoportuno.
Hacían correr ............................................
Sobre la roca gris cálidos arroyos
.........................................................
A la circular piscina ..........................
................................ donde estaban las termas.
Digno era ........... cómo la ciudad ..............

ANÓNIMO ANGLOSAJÓN

***

Desde el portal de Jano, el nuevo año
manda nuevas promesas de deleite;
y al viejo diciendo adiós, ya caduco,
ordena que se extingan los cuidados.

Saliendo de la noche hosca de invierno,
el nuevo amor, dormido entre la umbría
lo quiere despertar, batir las alas
locas con él, y sus mortales dardos.

La alegre primavera, ya en sazón,
dispuesta está a salir a recibirlo,
y le advierte a la tierra, con sus flores,
que se adorne y que teja un manto hermoso.

Hermosa flor que bebes juventud,
a un nuevo amor apréstate a entregarte.

EDMUND SPENSER

***

Ponme donde el sol requema el verde
o allí donde a sus rayos vence el hielo,
en templado calor, do se le siente
entre orgullosa gente, triste y sabio.

Ponme en lo más bajo o en lo elevado,
en larga noche o en el día más breve,
en el tiempo más claro o en el nublado,
en la alta juventud o encanecido.

Ponme en la tierra, el cielo, en el infierno,
en un cerro, en un valle, un mar de espuma,
viviendo esclavo o libre donde habite,
enfermo o sano, vil o esclarecido:

de ella seré, y con esta sola idea
en suerte adversa habré de consolarme.

EL CONDE DE SURREY

***

Mira cuánto estimamos a la rosa,
la imagen de tu ardor, bien del verano,
en tanto que en su verde tierno encierra
la hermosura que, dulce, otorga el Tiempo.

Apenas en el aire abre su gloria,
su orgullo florecido va y declina,
su belleza es burlada que fue adorno:
así con tu beldad tras claro brillo.

No hay abril que reviva lo marchito,
las flores de la gracia que te adornan.
Veloz el tiempo vuela, y con sus alas
sombra arroja a la más hermosa frente.

Que no se agote en vano la riqueza:
ama tú mientras puedas ser amada.

SAMUEL DANIEL

***

Ama tú mientras puedas ser amada,
ahora que tu mayo ofrece flores,
aún que tu beldad no sufre mácula
y en tanto que el invierno se demora.

Ahora que le das al sol naciente
la más hermosa flor que la luz viera,
disfruta de lo dulce antes que expire
y piensa que tu aurora tendrá noche.

Tu esplendor se encamina al occidente,
luego esconderás lo que ahora muestras,
y piensa que ha de ajarse lo mejor,
oculto y olvidado, entre las sombras.

Que un amor equilibre la balanza
cuando encuentren la flor, muerta su gloria.

SAMUEL DANIEL

    ***

EN RECUERDO DE LOS VALEROSOS AMERICANOS
Que a las órdenes del general Greene, en Carolina del Sur, cayeron en la acción del 8 de septiembre de 1781

En Eutaw Springs murieron los valientes;
el polvo cubre ahora sus cadáveres;
verted, fuentes, vuestro llanto que anega.
¡Cuántos héroes no volverán ya nunca!

Si en medio de esta ruina desastrosa,
una lágrima aún pueden robarnos,
golpead vuestros pechos y decid:
“los amigos de la libertad aquí dormitan”.

Tú, que huellas el llano ensangrentado,
si el bien urge a tu pecho generoso,
suspira por el fin de este bucólico
reino de los pastores que reposan.

Adorna sus humildes sepulturas,
también puedes caer y pedir lágrimas.
La belleza del alba no asegura
que sea clara la tarde tras de ella.

Vieron la aflicción de su herida patria;
el pueblo en llamas y arrasado el campo;
corrieron a enfrentarse al enemigo;
empuñaron la lanza, no el escudo.

Guiados por tu invicto genio, Greene,
hicieron escapar a los ingleses;
ninguno divisó la cruel llanura,
ninguno lamentó el ir a la muerte.

Mas igual que los partos afamados
que, escapando, sus flechas arrojaban,
los desviados ingleses, atrevidos,
se marcharon, matando en retirada.

Descanse en paz nuestra patriota hueste:
expulsados del límite del mundo,
ojalá encuentren tierras más dichosas
y un sol que para ellos mejor brille.

PHILIP FRENAU

***

EL CUERVO

Una noche me aburría y cansado discurría
sobre muchos y curiosos libros de la Antigüedad;
y mientras cabeceaba, escuché como una aldaba:
suavemente alguien llamaba a la puerta de mi hogar.
“Será una visita,” dije, “a la puerta de mi hogar.”
Esto sólo y nada más.

Lo recuerdo claramente: era un diciembre inclemente,
y cada ascua muriente caía al suelo, espectral.
Anhelaba el nuevo día, pues ningún libro podía
–Leonor ya no vivía– mi tristeza disipar.
Los ángeles la llamaban Leonor, clara y sin par:
su nombre aquí ya no más.

Y al frufrú incierto y cuitado del cortinaje morado
con desusado terror me puse todo a temblar.
Para acallar mi latido otra vez dije del ruido:
“Una visita habrá sido en la puerta de mi hogar,
una visita tardía en la puerta de mi hogar;
eso es todo, nada más”

Cobró fuerzas luego mi alma, y con renovada calma
“Señor,” exclamé, “o Señora, me tiene que disculpar,
pues caí en un sueño breve, y fue su llamar tan leve,
y fue su tocar tan leve a la puerta de mi hogar
que apenas pude oírlo.” La puerta abrí de mi hogar:
sólo había oscuridad.

Me asomé a la sombra espesa con temor y con sorpresa,
dudando, soñando sueños que antes nadie osó soñar.
El silencio perduró, la quietud no se quebró,
y ese nombre, “Leonor,” sólo acerté a susurrar.
“Leonor,” murmuró el eco, devolviendo el susurrar.
Esto sólo y nada más.

Regresando a mi aposento, en ascuas mi pensamiento,
oí de nuevo unos toques con redoblado llamar.
“No cabe duda, diría que es algo en la celosía.”
Decidí ver qué lo hacía para el misterio aclarar.
Acudí con sangre fría para el misterio aclarar.
“Será el viento y nada más.”

Abrí la ventana al cielo cuando con un raudo vuelo
entró un imponente cuervo de otra más sagrada edad.
Y ni me hizo reverencia ni recató su impaciencia,
mas posó con suficiencia en la puerta de mi hogar.
Posó en un busto de Palas a la puerta de mi hogar.
Allí posó y nada más.

Con el decoro hilarante de su severo semblante
consiguió el pájaro de ébano que olvidara mi pesar.
“Aunque seáis mocho y roso, no me parecéis medroso,
antiguo cuervo horroroso de la orilla nocturnal.
¿Cómo os llaman en la orilla plutoniana y nocturnal?”
Dijo el cuervo “Nunca más.”

Me pareció cosa rara que el torpe pájaro hablara
aunque fuese su respuesta tan vacía y tan banal,
pues nunca, por descontado, un humano ha contemplado
a un tal volátil posado a la puerta de su hogar,
bestia o ave sobre un busto a la puerta de su hogar
que se llame “Nunca más.”

Pero el cuervo aquel augusto, detenido sobre el busto,
dijo sólo esas palabras con sentida gravedad.
Eso dijo únicamente, solo, inmóvil, sedente.
Yo murmuré quedamente: “Otros han volado ya,
mis amigos y esperanzas. Al alba no estará ya.”
Dijo entonces: “Nunca más.”

Con una inquietud funesta por su bien dicha respuesta,
dije “Sin duda es lo que habla todo cuanto sabe hablar,
lo que oyó de un desdichado a quien el riguroso Hado
persiguió muy apresurado y su canto hizo pesar;
sus endechas de esperanza, melancólico pesar:
ese «Nunca, nunca más».”

Mas aun siendo hilarante del cuervo el serio semblante,
llevé mi sillón enfrente de pájaro, busto y umbral,
y hundido en el terciopelo encadené con desvelo
anhelo detrás de anhelo. ¿Por qué el ave de otra edad,
la torva, torpe, espantosa, ave infeliz de otra edad,
me graznaba “Nunca más?”

Especulando sentado, punto en boca, reservado
con el ave cuyos ojos quemaban mi intimidad,
busqué la razón secreta con la nuca echada y quieta
sobre la tela violeta de aquel nimbado sofá,
mas en la tela violeta de aquel nimbado sofá
nunca más ella estará.

El aire se hizo más denso, lo aromó invisible incienso
mecido por serafines repicantes al andar.
“¡Infeliz!”, grité. “Tu Dios te ha concedido este don
de olvidar a Leonor, nepente, sosiego y paz.
Olvídate de su pérdida, bebe el nepente de paz.”
Dijo el cuervo “Nunca más.”

Dije “Maligno profeta, ave o demonio, profeta,
te mandara el Tentador o la fiera tempestad,
desolado aunque impasible a este yermo terrible
en el que habita lo horrible, te ruego, di la verdad,
¿Hay bálsamo en Galaad? Dime, dime la verdad.”
Dijo el cuervo “Nunca más.”

Dije: “Maligno profeta, ave o demonio, profeta,
por el Dios al que adoramos, por su Corte Celestial,
dile a este pecho insumiso si es que allá en el Paraíso
podrá abrazar a quien quiso: la joven santa y sin par
a quien los ángeles llaman Leonor, santa y sin par.”
Dijo el cuervo “Nunca más.”

Es esto lo último que hablo, pájaro,” le grité, “o diablo.
¡Ve al temporal de la orilla plutoniana y nocturnal!
No negras plumas en prenda dejes de tu farsa horrenda.
¡Márchate, sigue tu senda! Deja el busto del umbral.
¡Quita tu pico de mi alma! ¡Apártate de mi umbral!”
Dijo el cuervo “Nunca más.”

Y el cuervo, que no ha volado, todavía está posado
sobre el busto albo de Palas a la puerta de mi hogar.
Y tiene un gran parecido con un demonio dormido,
y la luz en que hace nido su sombra arroja al portal;
y mi alma de la sombra sobre el suelo del portal
¡no se alzará nunca más!

EDGAR ALLAN POE

***

ROMA: EN LA PIRÁMIDE DE CESTIO, CERCA DE LAS TUMBAS
DE KEATS Y SHELLEY

¿Quién fue, pues, este Cestio,
          y quién es para mí?
Entre mil remembranzas y vagos pensamientos,
          uno solo me trae.

          No recuerdo ni el eco
          de nada que él hiciera.
Para mí es sólo un hombre que murió y fue enterrado
          y dejó una pirámide

          cuyo fin se expresó
          no en su plan primigenio,
sino cuando andando el tiempo dos compatriotas míos
          junto allí reposaron.

          Vivo, Cestio quizá
          dio muerte, amenazó.
No lo sé. Sólo sé esto: en silencio y ya muerto,
          hace algo más noble,

          guiar al peregrino
          con un dedo de mármol
junto al umbroso muro y calles centenarias
          donde estos bardos yacen.

          Di que vivió y murió
          por que su nombre en piedra
con el tiempo señalara dos inmortales sombras.
          Le bastará esa fama.

THOMAS HARDY

***

EL FUEGO Y EL HIELO

Dicen algunos que será por fuego,
y otros por hielo, como acabará el mundo.
Por lo que yo he probado del deseo
estoy con los que se inclinan por el fuego.
Mas si hubiera de perecer dos veces,
creo que conozco el odio lo bastante
como para saber que el hielo
también es bueno
y serviría con creces.

ROBERT FROST

[subir]

3. SOBRE ANTONIO RIVERO TARAVILLO

Antonio Rivero Taravillo. Premio Andaluz a la Traducción Literaria en su primera convocatoria por sus versiones de John Keats (Poemas, La Veleta, 2006), Premio Archivo Hispalense de Literatura por su ensayo Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda “inglés” (Diputación de Sevilla, 2006) y Premio Comillas de Biografía por Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938) (Tusquets, 2008), es autor de los poemarios Farewell to Poesy (Pre-Textos, 2002) y El árbol de la vida (col. Puerta del Mar, Diputación de Málaga, 2004).

Ha publicado traducciones de libros de poetas como Ezra Pound (Antología, Universidad de Sevilla), Alfred Tennyson (Pre-Textos, Robert Graves, William Shakespeare, Christopher Marlowe, John Milton o William Butler Yeats, así como antologías de poesía norteamericana, irlandesa y escocesa (éstas últimas en traducción directa del gaélico). Ha antologado y prologado la poesía de Enrique Baltanás y de Eduardo Jordá para sendas ediciones de la editorial Renacimiento, las novela El delator, de Liam O’Flaherty (Libros del Asteroide) y La transformación de Franz Kafka (Paréntesis), y libros de viaje o relatos de Toni Montesinos o Juan Antonio Maesso.

En prosa, su obra incluye Las ciudades del hombre (Llibros del Pexe, 1999), Viaje sentimental por Inglaterra (Almuzara, 2007), Los siglos de la luz (Berenice, 2006) y Las líneas de otras manos. Esbozos de crítica literaria (UNED, 2009), y ha vertido, entre otros muchos, a H. G. Wells, Jonathan Swift, John Donne, Flann O’Brien, Jamie O’Neill o Herman Melville.

Las líneas de otras manos: esbozos de crítica literaria (Consejería de Cultura de Melilla y UNED) reúne parte de sus ensayos y artículos. Coordinó el volumen Cien años y un día. Ulises y el Bloomsday (Fundación José Manuel Lara, 2005).

Colaboraciones suyas han ido apareciendo en revistas como Clarín, Renacimiento, Sibila, Revista de Occidente, Turia, Fábula, El maquinista de la Generación y muchas otras españolas, además de las mexicanas Fractal y Periódico de poesía de la UNAM. Colaborador habitual de los desaparecidos suplementos Culturas de Diario de Sevilla y La mirada de El Correo de Andalucía, actualmente lo es de El viajero, del diario El País. Ha dirigido las revistas Claros del bosque, Mercurio, panorama de libros y El Libro Andaluz.

Ha sido director de la Casa del Libro de Sevilla y vicepresidente de la Asociación Feria del Libro hispalense. En la actualidad es director literario de Paréntesis Editorial, imparte un taller de poesía en la Escuela Andaluza de Escritores Escribes y coordina el módulo de poesía en el recién creado Máster en Creación Literaria de la Universidad de Sevilla.

En estos momentos ultima el segundo volumen de su premiada biografía de Luis Cernuda, que publicará la editorial Tusquets.

Mantiene el blog Fuego con nieve (http://fuegoconnieve.blogspot.com)


[subir]

Publicado el 20/5/2010



Volver al laberinto