Poesía y traducción

Manuel Moya


1. El arte de la invisibilidad o la manera de desobedecer a Dios

2. De Álvaro de Campos, de Fernando Pessoa

3. Un cuento de Bichos, de Miguel Torba

4. Sobre Manuel Moya

***

1. EL ARTE DE LA INVISIBILIDAD O LA MANERA DE DESOBEDECER A DIOS

Corre la primavera de 1911. Un intérprete y compositor checo, cabecea ante la partitura que tiene frente a sí. Hay algo que no va, se dice, y durante horas se ha enfrascado en una ardua y dolorosa corrección. Afuera escucha el tintineo de los tranvías, la bocina de algún coche, la voz de una vendedora ambulante. Durante unos segundos, atrapado en su propia impotencia, inclina la cabeza sobre el piano y suspira. Un segundo después se mesa el cabello, observa la fotografía de una mujer muy hermosa, que tiene ante sí, y dibuja unas notas archi-repetidas en el piano, antes de lanzarse a esa aventura conocida pero llena de pequeños riesgos que para él supone indagar en los meandros de la composición. Dos horas más tarde, exhausto, sin acabar de alcanzar ese lugar incierto al que pretendía llegar, se levanta, recorre la habitación en diagonal, se toca con el sombrero, toma el paraguas y deja atrás la puerta de su casa, con una mezcla de placer y descontento. Afuera lo espera una tarde húmeda y azul. Otro día, se dice suspirando, la acabaré.

Un tipo desconocido toma el paraguas y sale de su casa, con una mezcla de placer y descontento. Después de algunos minutos, entrega su billete en la puerta y camina siguiendo a otros tipos que como él, han dejado atrás una tarde azul y se mesan los húmedos cabellos, hasta desembocar en una sala grande, muy grande. Embutido en sus reflexiones, avanza por un estrecho pasillo hasta llegar a la altura de la fila 12. A un gesto suyo, alguien que está sentado en esa fila se levanta para dejarle paso. Por fin toma asiento y, sin otra cosa que hacer en espera de que se dicte el comienzo el concierto, ojea el programa. La 5ª sinfonía de Gustav Mahler, en do sostenido etcétera, unas fechas, una referencia al conocido director, otro al de la orquesta y una detallada descripción de la sinfonía, desde sus inicios más bien lúgubres y melancólicos, hasta concluir con un tono triunfal que a ajuicio del crítico que firma el programa es acaso lo menos conseguido de la obra. La sala se va llenando poco a poco de gente hasta que, tras un momento de profundo silencio, se abre el telón y aparece la orquesta. Poco después un conocido director avanza por el proscenio...

Un ensimismado director de orquesta avanza ante los ojos del público y de los músicos de la orquesta, que se ponen en pie y esperan que el maestro, batuta en ristre, alcance su puesto. Entonces, a un gesto suyo, se sientan y se ajustan a sus instrumentos. El director, sin embargo, continúa con su liturgia: fija bien los pies, se mesa los cabellos, inspecciona con una breve mirada a la totalidad de los músicos, toma aire, encoge el estómago, golpea un par de veces con la batuta el atril el atril donde descansan las partituras grasientas de la Sinfonía 5ª de un tal Gustav Mahler, y a continuación, en el movimiento enérgico de quien se lanza al encuentro de un enemigo imaginario, se sumerge en una aventura conocida pero llena de riesgos, lagunas, equívocos, indecisiones, malos entendidos.

Al llegar a casa el tipo desconocido deja su paraguas al lado de la puerta, se encamina hacia el salón y toma entre sus manos un libro blanco. Quizás ahora no esté muy seguro de cómo llegó a sus manos ese libro, ni cuál fue la razón por la que lo eligió frente a otros muchos que descansaban en las baldas de su librería habitual, pero tal vez haya sido porque alguien, alguna vez le habló de un extraño portugués llamado Fernando Pessoa, por la luminosa sobriedad de la portada, quizás por otras razones que no sabría muy bien explicar. El caso es que se sienta en el sofá, abre una página al azar y lee: “Pensar en Dios es desobedecer a Dios”. Pensar en Dios es desobedecer a Dios, repite, como si en la frase hubiera un tintineo de cubitos de hielo, un eco triste, una música que penetrara en los intersticios de su conciencia. Dos horas más tarde, envuelto en una extraña sensación de incredulidad y de liberación, se restriega los ojos, vuelve a ojear la portada y se congratula de ese encuentro inesperado con un tipo como Caeiro y como Pessoa, quien en invierno de 1914, en una noche de insomnio, inaugural, vio cómo llegaban hasta sus manos treinta y tantos poemas de ese repensador esencial y único que es Alberto Caeiro. Los mismos poemas que nuestro personaje acaba de leer en la versión de un desconocido, cuyo nombre no consigue recordar ahora que se está lavando los dientes frente al espejo.

Me gustaría ser el nombre del desconocido que nuestro personaje no logra recordar mientras se cepilla los dientes frente al espejo. La labor del traductor es permanecer en la invisibilidad, hacer de discreto hilo conductor entre lo que un tipo escribe y un otro lee, procurando no alterar la relación entre ambos. Seguramente habrá tantas ideas sobre la traducción como traductores -e incluso lectores- haya sobre la faz de la tierra, de manera que muy poco importa pergeñar una teoría de más o de menos sobre el asunto. Lo que viene a continuación tal vez resulten ser sólo perogrulladas o diletancias, pero no importa, son mi perogrulladas, mis dilentancias.. En la traducción abogo por la invisibilidad, es decir por ese tono medio entre la traición al creador y la traición a la lengua, pues si ya proclaman los tópicos que es este un oficio de traidores, tal vez convenga traicionar un poco a todos que no un mucho a alguno. Traicionar al texto madre puede derivar en una impostura cuyos efectos cualquiera puede calibrar, pero hacerlo a tu lengua suele ser una traición acaso más sibilina, cuando no una falta de tacto imperdonable hacia el posible lector, que al hablar de traducción, suele aparecer como el convidado de piedra, el tipo que debe conformarse con lo que nosotros, pobres traductores, le hagamos tragar. Si la invisibilidad del traductor es más fácilmente conseguible en la prosa, donde el lenguaje suele estar sometido a menos torsiones y calculadas tensiones internas, en poesía la lengua y su respiración resultan capitales, de manera que en la traducción de un texto poético no sólo me parece a mí que habrá que permanecer lo más atento posible al texto original y a esa a menudo invisible relación que el poeta establece con su lengua, sino también a la lengua a la cual habremos de verter la obra, sobre cuyas texturas y respiración habrá de ser re-leída y comunicarse con el lector, que no deja de ser en cuanto receptor final, un traductor más, acaso el más importante. Como lector me he tenido que enfrentar -literalmente- a demasiadas traducciones ladrillo, imposibles de leer, secuestradas, enajenadas, cuando no pervertidas por una literalidad castradora e inútil, para no tener en cuenta a ese hombre que se acerca a las baldas de una librería con la esperanza de encontrar un texto con el que quiere pasar al menos unas horas. ¿Colo simple lector, a cuántos poetas he dejado de frecuentar a consecuencia del exceso de celo literal de sus traductores? A veces no he vuelto a pasar siquiera un minuto ante esos autores y esas obras, que en una traducción menos ardua, acaso me serían mucho más queridos e íntimos. Otras he vuelto a esas obras con la intención de redimirlas, de redimirme en ellas. Un traductor solapado o subsumido en la literalidad es, desde mi punto de vista, un peligro del tamaña de un sonetista todo a cien. Repitamos para terminar, que una buena traducción es, desde mi modesto punto de vista, aquélla que a ojos del lector aparece como invisible. Pero, ya digo, hay tantos modos de entender la traducción como traductores e incluso lectores haya sobre la faz de las lenguas, y lo que de verdad hoy sacamos en claro es que pensar en Dios es desobedecer a Dios, como alguien repite frente al espejo, tratando de interpretar las palabras que un traductor -ojalá que invisible- pone en boca de Alberto Caeiro.

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2. DE ALVARO DE CAMPOS, DE FERNANDO PESSOA

TABAQUERÍA

No soy nada.
Nunca llegaré
a ser nada.
No puedo querer ser nada.
Más allá
de todo esto, albergo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es

(Pero si supiesen de quién es, ¿qué es lo que sabrían?),
miráis hacia el misterio de una calle cruzada constantemente de gente,
hacia una calle inaccesible a cualquier pensamiento,
real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera,
con el misterio de las cosas que están bajo los seres y las piedras,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y canas en los hombres,
con el Destino conduciendo la carreta del todo por el camino de la nada.

Hoy me encuentro derrotado, como si supiese la verdad,
lúcido, como si me fuera a morir hoy mismo,
y no mantuviese otra hermandad con las cosas
que el despedirme de ellas, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la hilera de vagones de un tren. Y una partida con silbato y todo
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy estoy perplejo como quien ha encontrado, pensado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería de enfrente de la calle, como algo real por fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como algo real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no me hice propósito alguno, tal vez todo haya sido nada.
De la enseñanza que me ofrecieron,
descendí
por la ventana trasera de la casa.
Huí
al campo con grandes objetivos,
pero allí
sólo encontré yerbas y árboles
y tampoco la gente era distinta a las demás.
Me alejo de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué
tengo que pensar?

¿Qué yo lo que habré de ser, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Es que pienso ser tantas cosas...
¡Hay tantos que piensan en ser lo mismo que no puede haber para tantos!
¿Genio? Sólo en este momento
hay al menos cien mil cerebros que se conciben en sueños tan genios como yo,
pero la historia no señalará, quién sabe, a ninguno,
y sólo quedará
el estiércol de tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡todos los manicomios están llenos de dementes con certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más auténtico o menos?
No, no creo en mí.
¿En cuántos áticos y no-áticos del mundo
habrán ahora mismo auto-genios soñando?
¿Cuántas nobles, altas y lúcidas aspiraciones-
sí, verdaderamente nobles y altas y lúcidas-
y quién sabe si realizables,
verán la luz del sol real o hallarán el auditorio de la gente?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña con conquistarlo, aunque tenga razón.
Yo he soñado más que el propio Napoleón,
he apretado contra mi pecho hipotético más hombres que Cristo,
he elaborado en secreto más filosofías de las que ningún Kant pudo escribir jamás.
Pero soy, y tal vez lo seré
siempre, el del ático,
aunque ya no viva allí.
Siempre seré
el que no ha nacido para esto.
Siempre seré
el que contaba con cualidades.
Siempre seré
aquel que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puertas
y cantó
la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó
la voz de Dios en un pozo sellado.
¿Creer en mí? No, para nada.
Derrame la Naturaleza sobre mi ardiente cabeza
su sol, su lluvia, el viento que me revuelve el cabello,
y lo demás que venga si viene o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardiacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero al despertar, coño, es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de la casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(Come chocolatinas, chiquilla,
Come chocolatinas,
Mira que no hay otra metafísica en el mundo que comer chocolatinas,
mira que todas las religiones juntas no enseñan más que una confitería,
¡Come chiquilla sucia, sigue comiendo!
¡Si yo pudiera comer chocolatinas con la misma verdad con que tú
las comes!
Pero pienso, al quitar el papel de plata que es de láminas de estaño,
y lo tiro al suelo, como he tirado mi vida.)

Al menos me queda de la amargura de lo que nunca he de ser
la rápida caligrafía de estos versos,
puerta rota hacia lo Imposible,
pero al menos me consagro a mí
mismo un desprecio sin lágrimas.
Noble al menos en el ostensible gesto con que me deshago
de la ropa sucia que soy, sin papel, en el transcurso de las cosas
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y es por eso mismo que consuelas,
oh, Diosa Griega, concebida como estatua viva,
oh, patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
oh, princesa de los trovadores, gentilísima y florida,
oh, marquesa dieciochesca, escotada y distante,
oh,
cocotte célebre en la época de nuestros padres,
oh, no sé
qué moderno -no acierto bien el qué-,
todo eso, fuere lo que fuere, lo que sea, ¡si puede inspirar que inspire!
Mi corazón es un barreño sin agua.
Como los invocadores de espíritus invocan espíritus, me invoco
a mí
mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una absoluta nitidez.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo los seres vivos que se cruzan entre sí,
veo los perros que existen también,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto me es ajeno como lo es todo.)

Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo a quien no envidie sólo por no ser yo.
Miro en cada uno los andrajos y las llagas y la mentira
y pienso: tal vez nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es fácil hacer realidad todo eso sin haber hecho nada de eso)
tal vez hayas existido, como el lagarto a quien cortan la cola
y qué
es la cola del lagarto más allá de sus espasmos.

Hice de mí lo que no sabía,
y lo que pude haber hecho de mí
no lo hice.
El disfraz que me puse no era el correcta.
Me conocieron más tarde por lo que no era y no lo desmentí
y eso me perdió.
Cuando quise arrancarme la máscara
ya la tenía pegada a la cara.
Cuando me la arranqué
y me miré al espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, ya no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Deje afuera la máscara y me dormí
en el vestidor
como el perro que la dirección tolera
porque es inofensivo
y escribiré
esta historia para probar cuán sublime puedo ser.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como algo hecho por mí
en vez de hallarme siempre frente a la Tabaquería de enfrente,
pisoteando la inconsistencia de estar existiendo,
como una alfombra en la que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía nada.

Pero el dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó allí.
Lo miro con la incomodidad de torcer mal la cabeza
y con la incomodidad del Alma que mal-entiende.
Él morirá
igual que yo moriré.
Él dejara el letrero y yo dejaré
versos.
En cierto momento también el letrero morirá
y los versos también.
Después de un cierto tiempo morirá
la calle donde estuvo el letrero
y la lengua donde fueron escritos los versos.
Morirá
más tarde este planeta rodante donde pasó todo esto.
Y en otros satélites de otros sistemas algo parecido a la gente
continuará
haciendo cosas semejantes a versos y viviendo bajo cosas semejantes a letreros.
Siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan inútil como lo real,
siempre el misterio de la hondura tan verdadero como el sueño del misterio en la superficie.
Siempre esto o siempre aquello o ni lo uno ni lo otro.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar tabaco?)
Y la realidad plausible cae de golpe sobre mí,
Me medio incorporo enérgico, convencido, humano.
y voy a tratar de escribir estos versos en que digo justo lo contrario.

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todo pensamiento,
sigo al humo como una rueda propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la consciencia de que la Metafísica es consecuencia de andar uno cabreado.

Después me dejo caer contra la silla
y continuo fumando.
Mientras el destino me lo consienta, seguiré
fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez fuese feliz.)
Así
las cosas, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.

El hombre salió ya de la Tabaquería (metiéndose el cambio en el bolsillo del pantalón)

Ah, coño, lo conozco: es un García sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería se ha asomado a la puerta).
Como por instinto divino, el tal García se ha vuelto y me ha visto.
Me ha hecho señas y yo le he gritado
¡Adiós García! y el universo
se reconstruye sin ideal ni esperanza, y el dueño de la Tabaquería sonríe como si tal cosa.

(inédicto)

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3. UN CUENTO DE BICHOS, DE MIGUEL TORBA

VICENTE

Aquella tarde, a la hora en que el cielo se mostraba más duro y más siniestro, Vicente abrió sus alas negras y partió. Cuarenta días se habían cumplido desde que, integrado en la nómina de los escogidos, entrara en el Arca. Pero desde el primer instante todos se dieron cuenta de que en su espíritu no había paz. Callado y sombrío, andaba de aquí para allá en una agitación continua, como si aquel gran barco donde el Señor preservara la vida, fuese un ultraje a la creación. En semejante barullo -lobos y corderos hermanados ante el mismo destino-, apenas su figura negra y seca se mantenía inconforme con el método de Dios. En su imaginación silenciosa, preguntaba: “Por qué carajo los animales tienen que estar involucrados en la confusa cuestión de la torre de Babel?” ¿Qué tenían que ver los bichos en las fornicaciones de los humanos, que el Creador quería castigar? Justos o injustos, los altos designios que determinaban aquel diluvio golpeaban una y otra vez un sentimiento profundo, de irreprimible repulsa. Y cuanto más inexorable se mostraba la prepotencia, más crecía la rebelión de Vicente.

Cuarenta días, pues, de pura hambre pasó allí. Ni siquiera él mismo podía contar cómo descendió del Líbano hacia el muelle de embarque y luego, en el Arca, recibió durante tan largo tiempo la ración diaria de las manos serviles de Noé. Pero podría vencer. Consiguió, al fin, superar el instinto de conservación y abrir las alas al encuentro de la inmensidad terrible del mar.

Tan insólita marcha fue presenciada por grandes y pequeños con un respeto callado y contenido. Pasmados y deslumbrados, lo vieron, temerario, a pecho descubierto, atravesar el primer muro de fuego con que Dios le quiso impedir la fuga, para luego sumirse en los confines del espacio. Pero ninguno dijo nada. Su gesto fue en aquel momento el símbolo de la liberación universal. La conciencia en protesta activa contra el arbitrio que dividía los seres en elegidos y condenados.

Pero aún en lo íntimo de todos, aquel sabor del rescate, ya desde lo alto, ancho como un trueno, penetrante como un rayo, terrible, la voz de Dios:

-Noé ¿dónde esté mi siervo Vicente?

Bípedos y cuadrúpedos se quedaron petrificados. Sobre la cubierta barrida de las ilusiones, descendió, pesada, una mortaja de silencio.

De nuevo el Señor paralizó las consciencias y el instinto fue reduciendo a una pura pasividad vegetativa el residuo de la materia palpitante.

Sin embargo Noé era hombre y como tal se aprestó a las armas de defensa.

-Debe andar por ahí... ¡Vicente! ¡Vicente! ¿Dónde se ha metido Vicente?

Nada.

-¡Vicente!... ¿Nadie lo ha visto? ¡Búsquenlo!

Ni una respuesta. La creación entera parecía muda.

-¡Vicente! ¡Vicente! ¿Dónde puñetas se habrá metido?

Así hasta que alguien, compadecido de la mísera pequeñez de aquella naturaleza, puso fin a la comedia.

-Vicente ha huido.

-¿Cómo que ha huido? ¿A dónde huido?

-Huyó. Se fue volando...

Gotas de sudor frío ensancharon las sienes del desgraciado. De repente se le ablandaron las piernas y cayó redondo al suelo.

En la parduzca luz del cielo hubo un eclipse momentáneo. Por las manos invisibles de quien dirigía las furias, pasó, raudo, un estremecimiento de duda.

Pero la divina autoridad no podía permanecer así, indecisa, titubeante, a merced de la primera subversión. La perplejidad duró un instante apenas. Porque luego la voz de Dios retumbó de nuevo por el cielo inmenso, en una severidad tonante.

-Noé, ¿dónde está mi siervo Vicente?

Despertado del desmayo, tembloroso y confuso, Noé trató de justificarse.

-Señor, tu siervo Vicente se evadió. A mí no me pesa conciencia alguna de haberlo ofendido o de haberle negado su ración diaria. Nadie lo ha maltratado aquí. Fue su pura subversión que lo decidió a... pero perdónale y perdóname también a mí... Y sálvalo que, como mandaste, sólo lo guardé a él...

-¡Noé! ¡Noé!

Y la palabra de Dios, funesta, tronó de nuevo por el desierto infinito del firmamento. Después se siguió un silencio más terrible todavía. Y en el vacío en el que todo parecía flotar, se oía, infantil, el llanto desesperado del patriarca, que entonces tenía seiscientos años de edad.

Mientras tanto, suavemente, el Arca iba cambiando de rumbo, como guiada por un piloto encubierto, como movida por una misteriosa fuerza, apresurada y firme -la que hasta entonces bogara indecisa y morosa al albur de las olas-, se dirigió hacia el lugar donde cuarenta días antes se alzaran los montes de Armenia.

En la conciencia de todos, la misma angustia y la misma interrogación. ¿A qué represalias recurriría ahora el Señor? ¿Cómo acabaría aquella rebelión?

Durante horas y horas el Arca navegó así, cargada de incertidumbre y terror. ¿Obligaría Dios a regresar al cuervo, o qué? ¿Lo sacrificaría pura y simplemente como ejemplo? ¿Qué haría, finalmente? ¿Y habría resistido Vicente la furia del vendaval, la oscuridad de la noche y el diluvio sin fin? Y, caso de vencer lo obstáculos, ¿a qué paraje arribaría? ¿En qué lugar del universo restaría aún algún cabo de esperanza?

Nadie daba respuesta a sus propias preguntas y los ojos se clavaban en la distancia y los corazones se apretaban en un sentimiento de rebelión impotente, y pasaba el tiempo.

De pronto un lince, de visión más penetrante, vio tierra. La palabra, gritada con miedo, por parecer alucinación o blasfemia, se propagó por todo el Arca como un perfume. Y toda aquella fauna desilusionada y humillada se posó sobre cubierta, en un alborozo grato y alentador por haber todavía suelo firme en este pobre universo.

¡Tierra! Ni mesetas, ni vegas ni desiertos. Ni siquiera la reciedumbre tranquilizadora de un monte. Apenas la cresta de un cerro emergiendo ante la multitud. Era más que bastante, con todo. Para todos cuantos lo veían, el pequeño peñasco resumía la grandeza del mundo. Encarnaba su propia realidad, hasta entonces transfigurados en meros y fluctuantes fantasmas. ¡Tierra! Una minúscula isla de solidez en mitad de un abismo movedizo y nada más importaba o tenía sentido.

¡Tierra! Desgraciadamente la dulzura del nombre traía en sí un amargor. Tierra... Sí, aún existía el vientre cálido de la madre. Pero ¿y su hijo? ¿Y Vicente, fruto legítimo de aquel seno?

Sin embargo, Vicente vivía. A medida que la barca, se acercaba se fue clarificando en la lejanía su figura esbelta, recortada en el horizonte como una línea severa que delineaba un cuerpo y era al mismo tiempo un perfil de fortaleza.

¡Llegó! ¡Consiguió vencer! Y todos sintieron en el alma la paz de la humillación vengada.

Lo que ocurría es que las aguas continuaban creciendo y el pequeño otero, segundo a segundo, iba disminuyendo.

¡Tierra! Pero en una porción tan exigua que hasta los más confiados la miraran con ansiedad, como tratando de defenderla de la vorágine. De defenderla y de defender a Vicente, cuya suerte estaba ligada al telúrico destino.

Pero, ah, estaban rotas las fuentes del gran abismo y abiertas las cataratas del cielo”. Y hombres y animales comenzaron a desesperar ante aquel sumergirse irremediable del último reducto de activa existencia. No, nadie podría luchar contra la determinación de Dios. Era imposible resistir ante el ímpetu de los elementos, regidos por su implacable tiranía.

Transida, la turba sin fe miraba la reducida cima y el cuervo posado en lo alto. Palmo a palmo la cúspide fue devorada. Apenas si quedaba de él un peñasco, sobre el cual, negro, sereno, único representante de lo que era la raíz plantada en su justo medio, impávido, permanecía Vicente. Como espectador impersonal, observaba el Arca que subía con la marea. Escogió la libertad, y aceptó desde ese momento todas las consecuencias de tal opción. Miraba la barca, sí, pero para encarar de frente la degradación que recusara.

Tanto Noé como el resto de los animales asistieron mudos a aquel duelo entre Vicente y Dios. Y en el espíritu claro o turbio de cada cual, este dilema: o se salva el pedestal que sostiene a Vicente y El Señor preserva la grandeza del instante genesíaco -la total autonomía de la criatura en relación al creador-, o, sumergido en su punto de apoyo, moriría Vicente y su aniquilación invalidaría esa suprema hora. La significación de la vida estaba ligada indisolublemente al acto de insubordinación. Porque nadie más dentro del Arca se sentía vivo. Savia, respiración, sangre de su sangre, era aquel cuervo negro, mojado de la cabeza a los pies, que, calma y obstinadamente, posado en la última posibilidad de supervivencia natural, desafiaba a la omnipotencia.

Por tres veces una ola alta, un principio de fin, lamió las garras del cuervo, pero tres veces se sostuvo. A cada tarascada, el corazón frágil del Arca, dependiente del corazón resoluto de Vicente, se estremeció de terror. La muerte temía a la muerte.

Pero en breve fue ya evidente que el Señor iba a ceder. Que nada podía contra aquella voluntad insoslayable de ser libre.

Que para salvar su propia obra, cerraba, melancólicamente, las compuertas del cielo.

(inédito)

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4. SOBRE MANUEL MOYA

Manuel Moya nació en 1960 en Fuenteheridos. A lo largo de su ya larga carrera ha publicado poesía, narrativa, así como crítica literaria. Su trayectoria como traductor es más corta, si bien intensa. Ha traducido, entre otros, Poesía completa de Alberto Caeiro (Ed. DVD, 2009), Libro del desasosiego (Baile del Sol, 2010) ambos de Fernando Pessoa, así como obras de otros autores lusófonos contemporáneos como José Carlos barros, Joaquim Arena, Lidia Jorge, Conceiçao Lima, Luis Filipe Cristovao, Ivo Machado... e italiana, como Sandro Penna, Patrizia Cavalli o Gianni Rodari.

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Publicado el 20/5/2010



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