Poesía y traducción

Eduardo Moga


1. Una breve poética de la traducción

2. De Poemas de la última noche en la tierra, de Charles Bukowski

3. De Libro de amigo y amado, de Ramon Llull

4. De Obra poética completa, de Arthur Rimbaud

5. De Poesía reunida, de William Faulkner

6. Traducciones publicadas de Eduardo Moga

***

1. UNA BREVE POÉTICA DE LA TRADUCCIÓN

Traducir supone otra forma de escribir poesía. Parte de una lectura extrema del autor traducido y desemboca en una poesía propia, aunque se ejerza sobre una plantilla ajena. Traducir me mantiene la muñeca caliente y, además, me somete a una tensión muy saludable para mi propia labor creadora. Por eso me gusta traducir a autores relativamente lejanos de mis propias inclinaciones estéticas: porque me obliga a sumergirme —y a entender— otras estrategias de escritura, otras sensibilidades y formas de percibir el mundo. Traducir lo igual o muy parecido a lo que yo escribo me parece onanista. Una buena traducción ha de reunir, a mi juicio, estas dos características: comprender el texto original, sin errar en su interpretación ni en los efectos que aspira a producir, y verterlo persuasivamente al idioma de llegada. De los dos, igualmente necesarios, acaso el segundo sea el más importante: el poema debe funcionar en el idioma de destino; ha de ser poesía también en ese idioma. El poeta traducido, de haberlo escrito en la lengua a la que se vierte, lo habría escrito como lo hemos hecho nosotros.

[subir]

2. DE POEMAS DE LA ÚLTIMA NOCHE DE LA TIERRA, DE CHARLES BUKOWSKI

LOS RAROS

aunque no lo creas
hay gente
que vive la vida sin
apenas
conflictos y
con muy poca angustia.
visten bien, comen
bien, duermen bien.
están satisfechos de
su vida
familiar.
a veces
se apenan
pero con todo
viven tranquilos
y a menudo se sienten
de fábula.
y cuando se mueren,
se mueren
plácidamente, por lo general mientras
duermen.

aunque no lo
creas
existe gente
así.

pero yo no soy uno de
ellos.
oh, no, no soy uno
de ellos,
disto
mucho de
parecerme
a ellos.

pero ellos están
ahí

y yo estoy
aquí.

[subir]

3. DE LIBRO DE AMIGO Y AMADO, DE RAMON LLULL

[2]

Los caminos por los que el amigo busca a su amado son largos y peligrosos, y están poblados de desvelos, de suspiros y de llantos, e iluminados de amores.

[9]

Di, amigo —dijo el amado—, ¿tendrás paciencia si doblo tus pesares?

Sí, con tal de que dobles mis amores.

[23]

Estuvo enfermo el amigo, y el amado lo cuidaba: lo alimentaba con méritos, le daba de beber amor, lo acostaba en paciencia, lo vestía de humildad y lo medicaba con verdad.

[27]

Cantaba el pájaro en el jardín del amado. Llegó el amigo, que dijo al pájaro: —Si no nos entendemos por el lenguaje, entendámonos por amor, porque en tu canto se representa a mis ojos el amado.

[36]

Pensativo iba el amigo por los caminos de su amado, cuando tropezó y cayó entre espinas: flores le parecieron; y su lecho, de amores.

[38]

Cantaba y lloraba el amigo cantos de su amado. Y decía que el amor cruza más veloz el corazón del amador que un rayo fulgurante, o que un trueno, el oído; y más viva es el agua del llanto que la del mar undoso; y más cerca del amor está el suspiro que la nieve de la blancura.

[42]

Las llaves de las puertas del amor están doradas de cavilaciones, suspiros y llantos; y el cordón de las llaves es de conciencia, contrición, devoción y satisfacción; y el portero son la justicia y la misericordia.

[46]

Quiso soledad el amigo, y se fue a solas con su amado; y con él está, solo entre la gente.

[47]

Estaba solo el amigo, a la sombra de un frondoso árbol. Pasaron hombres por allí y le preguntaron por qué estaba solo. Y el amigo respondió que solo se había quedado al verlos y oírlos; que antes estaba en compañía de su amado.

[58]

Cantaba el pájaro en un rama cubierta de hojas y flores, y el viento meneaba las hojas y traía el olor de las flores.

Preguntó el amigo al pájaro qué significaban el movimiento de las hojas y el olor de las flores. Y respondió:

Con su movimiento, las hojas significan obediencia; y el olor, sufrimiento y malandanza.

[86]

Enfermó el amigo de amor, y entró a verle un médico, que multiplicó sus dolencias y sus pensamientos; y al punto quedó el amigo curado.

[108]

Iba el amigo por una tierra extraña, en la que esperaba encontrar a su amado, y por el camino lo asaltaron dos leones. Tuvo miedo de morir el amigo, porque deseaba vivir para servir a su amado; y puso su recuerdo en su amado, para que el amor estuviera presente en el tránsito y le ayudara a afrontar la muerte.

Mientras el amigo recordaba al amado, los leones se le acercaron humildemente, y lamieron las lágrimas que vertían sus ojos, y le besaron las manos y los pies. Y el amigo se fue en paz, en busca de su amado.

[132]

Preguntaron al amigo de qué nacía el amor y de qué vivía y por qué moría. Respondió el amigo que el amor nacía del recuerdo y vivía de la inteligencia y moría por el olvido.

[170]

Di, loco, ¿tienes dinero?

Respondió: —Tengo amado.

¿Tienes villas o castillos, ciudades, condados o ducados?

Respondió: —Tengo amores, pensamientos, llantos, deseos, trabajos y fatigas, que son mejores que los imperios y los reinos.

[228]

El amor es un mar atribulado por olas y vientos, que carece de puerto y de orillas.

Perece el amigo en el mar, y, en su peligro, perecen sus tormentos y nacen sus perfecciones.

[284]

Di, loco, ¿has visto a algún orate?

Respondió que había visto a un obispo que tenía en su mesa muchos vasos y muchas escudillas y bandejas de plata; y en su dormitorio, muchos ropajes y una cama enorme; y en sus arcas, mucho dinero. Pero a la puerta de su palacio había pocos pobres.

[295]

Zozobraba el amigo en el gran piélago del amor, aunque se confiaba a su amado, que lo socorría con tribulaciones, pensamientos, lágrimas y llantos, suspiros y fatigas, porque el piélago era de amores y de honrar sus honores.

[296]

Se alegraba el amigo de que existiera su amado. Porque por su ser han venido todos los demás seres a nacer y a sustentarse, y todos están obligados a honrar y servir al ser de su amado, al que ningún otro ser puede destruir, inculpar, acrecer ni mermar.

[329]

Olió flores el amigo, y recordó el hedor del avaro creso y del lujurioso y del orgulloso desagradecido. Saboreó dulzuras el amigo, y comprendió las amarguras de las posesiones temporales, y de la entrada y salida de este mundo. Sintió el amigo placeres temporales, y el entendimiento comprendió la brevedad del paso por este mundo y los tormentos perdurables a que conducen los deleites caros a este mundo.

[348]

Iba el amigo absorto en su amado, y encontró en el camino a una gran muchedumbre que le pedía noticias. Y el amigo, que se regocijaba en su amado, no respondió a lo que le preguntaban, y dijo que no quería contestar a sus palabras, para no alejarse de su amado.

[subir]

4. DE OBRA POÉTICA COMPLETA, DE ARTHUR RIMBAUD

EL BARCO EBRIO

Mientras descendía por ríos impasibles,
sentí que no me guiaban ya los sirgadores:
Pieles Rojas vociferantes los habían clavado desnudos
a postes de colores, y utilizado como blancos.

Transportaba trigo de Flandes y algodón inglés,
y no me preocupaba tripulación alguna.
Cuando, con la muerte de mis sirgadores, cesó el alboroto,
los Ríos me permitieron navegar hasta donde yo quería.

El invierno pasado, corrí, sordo como el cerebro
de los niños, al salpicar furioso de las mareas,
y las penínsulas, desamarradas,
no han conocido zurriburri más triunfal.

La tormenta bendijo mis desvelos marítimos.
Ligero como un corcho, bailé diez noches
en las olas –a las que llaman eternas arrolladoras
de víctimas–, sin echar en falta al ojo imbécil de los faros.

Más dulce que las manzanas acedas en la boca de los niños,
el agua verde penetró en mi casco de abeto,
me lavó las manchas azules de vino y vomitonas,
y dispersó el ancla y el gobernalle.

Desde entonces me baño en el Poema
del Mar, infundido de astros, lactescente,
devorador de verdeazules; a veces lo cruza,
pecio pálido y arrobado, un ahogado pensativo,

y delirios y ritmos lentos, más fuertes
que el alcohol, más vastos que nuestras liras,
fermentan, con el rutilar del día, los rubros amargos
del amor, y tiñen, de súbito, los azules.

Sé de cielos que estallan en relámpagos, y de trombas
y resacas y corrientes; sé del atardecer
y del Alba exaltada como una bandada de palomas.
¡He visto, a veces, lo que el hombre ha creído ver!

He visto al sol poniente, tachonado de horrores místicos,
iluminar con grandes cuajarones violetas,
semejantes a actores de dramas antiquísimos,
a las olas, que despliegan, en lontananza, su batir de postigos.

He soñado con la noche verde de nieves deslumbradas
beso que asciende, con morosidad, hasta los ojos del mar–,
con la circulación de savias inauditas,
con el despertar azul y gualdo de fósforos canoros.

He seguido durante meses al oleaje que,
como una vacada histérica, asaltaba el arrecife,
sin pensar que los pies luminosos de las Marías
pudiesen embridar el morro de los Océanos asmáticos.

He topado, ¿sabéis?, con Floridas increíbles,
en las que las flores se mezclaban con ojos de panteras
con piel de hombre. ¡Y con arcos iris tendidos como bridas,
bajo el horizonte de los mares, para los rebaños glaucos!

¡He visto fermentar a los enormes pantanos, nasas
entre cuyos juncos se pudre todo un Leviatán!
¡Y desplomes de agua en plenas bonanzas,
y lejanías cayendo en los abismos, cual cataratas!

¡Glaciares, soles de plata, olas nacaradas, cielos de brasas!
¡Varaderos pavorosos en lo hondo de golfos sombríos,
en los que serpientes gigantes, devoradas por las chinches,
caen de los árboles retorcidos, entre aromas negros!

Me habría gustado enseñar a los niños esas doradas
bajo las olas azules, esos peces de oro, esos peces cantarines.
Espumas florales me mecieron al abandonar la rada,
y vientos inefables me dieron, por momentos, alas.

A veces, mártir cansado de polos y de zonas,
el mar, cuyo sollozo dulcificaba mi balanceo,
me elevaba sus flores de sombra y ventosas amarillas,
y yo seguía de hinojos, como una mujer.

Casi isla, cuyas orillas balancearan las disputas
y el guano de pájaros chillones de ojos rubios,
yo bogaba, y por mis frágiles amarras
bajaban, a reculones, los ahogados a dormir.

Y yo, barco perdido en la melena de las ensenadas,
arrojado por el huracán al éter sin pájaros;
yo, cuyo casco ebrio de agua no habrían rescatado
ni los Monitores ni los veleros de la Hansa;

yo, libre, humeante, envuelto en brumas violetas,
que horadaba el cielo enrojecido, como si fuese un muro
cubierto –confitura exquisita para los buenos poetas–
de líquenes solares y mocos de azur;

yo, que corría, moteado de lúnulas eléctricas,
tablón enloquecido, escoltado por hipocampos negros,
cuando los julios abatían a los cielos ultramarinos,
a garrotazos, en embudos ardientes;

yo, que temblaba al oír, a cincuenta leguas, el gemido
de los Behemots en celo y de los compactos Maelstroms,
eterno tejedor de azules inmovilidades,
¡yo añoro la Europa de los viejos parapetos!

He visto archipiélagos siderales e islas
cuyos cielos delirantes se abren al que boga:
¿Es en estas noches sin fondo donde duermes y te exilias,
oh millón de aves de oro, oh futuro Vigor?

Pero, es verdad, ¡he llorado demasiado! Las Albas son desconsoladoras.
Toda luna es atroz, y todo sol, amargo:
el amor, acre, me ha hinchado de torpores embriagantes.
¡Que reviente mi quilla! ¡Húndame yo en el mar!

Si alguna agua de Europa deseo, es la charca
negra y fría en la que, hacia el crepúsculo perfumado,
un niño se agacha, radiante de tristeza, y bota
un barquito frágil como una mariposa de mayo.

Ya no puedo, ¡oh olas!, bañado por vuestra languidez,
borrar la estela de los barcos algodoneros,
ni franquear el orgullo de las banderas y los gallardetes,
ni nadar bajo los horribles ojos de los pontones.

[subir]

5. DE POESÍA REUNIDA, DE WILLIAM FAULKNER

XLIV [Una rama verde]

Si ha de haber dolor, que sea sólo lluvia,
y ésta, por todo dolor, sólo dolor de plata,
si estos verdes bosques sueñan aquí con despertarse
en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

Pero yo dormiré, porque ¿dónde hay muerte,
si en estas azules y soñolientas colinas, allí en lo alto,
tengo yo, como el árbol, mi raíz? Aunque esté muerto,
esta tierra que me ciñe me ha de dar el aliento.

 
[subir]


6. TRADUCCIONES PUBLICADAS DE EDUARDO MOGA

- Poemas a la hora de comer, de Frank O’Hara, Barcelona, DVD, 1997.

- Juglares y espectáculo. Poesía medieval de debate, de Lourdes Simó, junto con Lourdes Simó y Sergio Gaspar, Barcelona, DVD, 1999.

- Poemas japoneses a la muerte, de Yoel Hoffmann, Barcelona, DVD, 2000.

- La guerra de los dioses, de Évariste Parny, Barcelona, Robinbook, 2002.

- Poemas de Chicago, de Carl Sandburg, Barcelona, DVD, 2002.

- Canciones malgaches, de Évariste Parny, Madrid, Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 651-652, septiembre-octubre, 2004.

- Poemas de la última noche de la Tierra, de Charles Bukowski, Barcelona, DVD, 2004.

- Un sueño en el Parque de Luxemburgo, de Richard Aldington, Madrid, Bartleby, 2004.

- Libro de amigo y amado, de Ramon Lull, Barcelona, DVD, 2006.

- El puente que cruza la Luna, de Tess Gallagher, Madrid, Bartleby, 2006.

- Obra poética completa, de Arthur Rimbaud, junto con Miguel Casado, Barcelona, DVD, 2007.

- Navegando a solas por la habitación, de Billy Collins, Barcelona, DVD, 2007.

- Poesía reunida, de William Faulkner, junto con Daniel C. Richardson, Madrid, Bartleby, 2008.

Más de Eduardo Moga

[subir]

Publicado el 20/5/2010



Volver al laberinto