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Manuel Vilas publica la novela España

http://manuelvilas.blogspot.com

foto de Daniel Mordzinski

LIBROS LIBRES

(NOTA SOBRE ESPAÑA. ESPAÑA APARTE DE MÍ ESTE CÁLIZ, ETC.)

No soy un profesional de la literatura. No vivo de la literatura. Por eso puedo escribir libros libres. Lo que acabo de decir no es un tópico en absoluto sino una verdad tan grande como la catedral de Burgos. Porque, además, Burgos es España. Amamos a Burgos. ¿Quiénes? Los dos dislocados, los dos últimos, los dos primeros: Sergio Gaspar y yo mismo. ¿Que quiénes somos? Tendrás que leer la novela para contestar a esa pregunta.

En realidad, si te lo tomas en serio, España es el único tema posible para un escritor español, sobre todo en este momento, cuando nadie quiere ser español. ¿Problemas de identidad histórica? No, no es eso. Es una fiesta a la que te invito. Ven conmigo y entra en España. Es una fiesta ontológica. Las copas de vino llevan dentro la sangre de Federico García Lorca.

En España puedes escribir novelas sobre la guerra civil española y sin embargo confesar abiertamente que no te sientes español aunque hayas nacido en Madrid o en Toledo o en Sevilla. Puedes escribir sobre España pero si te preguntan si eres español, frunces el ceño. Y entonces confiesas que has superado toda forma de adscripción nacionalista, es decir: eres norteamericano y hablas inglés y tu ciudad es NYC. Y eso es fenomenal. Eso es el no va más de la delicadeza histórica. Eso es Hegel vestido de torero. Esta originalidad metafísica requería una novela como la mía. Una novela sobre lo inconfesable. España es una palabra que lleva dentro la mentira, la historia, la ficción, el poder y el dinero. España es una novela sobre el Poder. Me gusta muchísimo que en mi novela salgan todos estos personajes: Juan Carlos II, Fidel Castro, Nino Bravo, Franz Kafka, Dámaso Alonso, Manuel Vilas, Patti Smith, José María Pérez Álvarez, Ernesto Guevara, Luis Mateo Díez, Peret, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Johnny Cash, Víctor Mira, Víctor Manuel, Valle-Inclán, Max Brod, Théo Sarapo, Constantino Bértolo, Mi Padre y Sergio Gaspar, entre otros muchos.

España es una novela que habla de un país crepuscular. Creo que la Historia es un género de ficción muy bien documentada. Creo que la Historia es la ficción suprema. Heródoto —con la ayuda inestimable de Tucídides— fundó el gran dogma de la Historia. Conforme cumplo años, me acerco a una verdad inapelable: nada existe, ni siquiera el espacio histórico y geográfico en donde tu vida aconteció. Por eso rompo el tiempo histórico en España. Y también mi identidad.

Mucha gente piensa que la cultura española pasó a vivir en libertad con el advenimiento y desarrollo de la democracia. Yo no pienso así. Lo digo, además, en el libro, libremente. Yo creo que la cultura literaria española sigue siendo bastante conservadora, pero no quiero seguir por aquí, porque este terreno me pierde, y la crítica literaria española es como la iglesia española. Más allá de Galdós y de la Conferencia Episcopal, no hay nada, eso es España. Y hasta el mundo es eso. Pierde identidad España, y la pierde también el narrador de España.

Yo creo que mi novela invoca la necesidad de libertad en todas las líneas de sus páginas. Es lo que me interesa de la literatura: los libros libres.

Manuel Vilas

A continuación, les ofrecemos un capítulo de España

2. FIDEL. ÚLTIMO DISCURSO

Sobre la movilidad de la Historia”

Yo os digo, camaradas, compañeros, que Ernesto Guevara es la figura histórica más trascendente de la América Latina del siglo XX. Ernesto Guevara fue nuestra pobreza histórica resuelta en visibilidad. La historia no nos dejó otra forma de existencia que la que cabía en el corazón de Ernesto Guevara. Ernesto fue nuestra originalidad. Ernesto fue lo que somos. Ernesto es nuestra forma de estar en la Historia. Y nadie quiere que estemos en la Historia. No quieren que existamos, camaradas.

Lloro por las noches recordando a Ernesto. Nunca, como hoy, ya completamente cercana la hora de mi muerte, he comprendido que somos el Che, que el Che es el cuerpo y la sangre de la América Latina y de Asia también, incluso de África. Los ojos del Che son nuestros ojos.

Durante estos últimos cincuenta años Cuba ha existido y ha sido visible para la Historia. Hemos existido gracias a Ernesto Guevara y a la revolución cubana. No nos dejaron otra forma de existencia. Querían que dejásemos de ser nosotros mismos. Por eso Ernesto dijo “patria o muerte”. Pero “patria” quiere decir “Historia”. Quiere decir “aire”. Quiere decir “vida nuestra”. Quiere decir, como cantó Jorge Guillén (el hermano blanco de Nicolás Guillén), “aire nuestro”.

Somos un milagro. Sí, hemos aguantado la tempestad, la homérica tempestad, o shakespeariana. A veces pienso en ese milagro sobrenatural que fundamenta nuestra vida en la historia. Han buscado nuestra destrucción al precio que fuese. Y hemos soportado al poder económico y militar más grande del universo: El poder de México. Sí, así ha sido. Nadie comprende nuestro aguante. Ni yo mismo, a veces, sé cómo seguimos en la lucha. Pero seguimos. Tenemos personalidad. Somos pobres porque nos avasallan, nos marginan y nos roban los mexicanos. Esos mexicanos llenos de rascacielos, limusinas, películas, actores de cine, dinero, aviones, bombas, ejércitos, cantantes, mansiones, piscinas, etc. Pero estamos en el mundo. Estar en el mundo es nuestro delito. No somos ellos, ese es nuestro delito. No ser ellos. Ser los otros, los que están allí y no deberían estar. Eso concierne a España, pero España calla porque ya no existe. Nuestro padre murió hace muchos años. Ya sabemos que estamos solos. Nos hiere ver la irresponsabilidad histórica de los hijos de puta de nuestro padre, atiborrándose de basura en la esquina más escondida de la Historia, ahítos de Europa y del imperialismo, de quien son la esclavizada espalda morena.

A veces, cuando pienso que tanta gente me odia, sufro. Tengo que mirar los agujeros de la Historia para dejar de sufrir. Tengo miedo. No toqué la luz del mundo. También a mí me hubiera gustado ser un dandi socialdemócrata europeo. No pudo ser, como en el poema de Gustavo Adolfo Garcilaso, el inca, a quien adoro, a pesar de que era mexicano.

Nuestra economía está rota: carecemos de vivienda digna, de transporte público, de infraestructuras. Pero hemos entendido el lado oscuro de la Historia. Y eso es imperdonable. Ese lado oscuro de la Historia es que ellos, nuestros vecinos del Norte, buscan nuestra muerte espiritual. No nuestra muerte material. Es nuestra dignidad como pueblo lo que las fauces del Norte ansían. Quieren que seamos como España: dóciles, sin identidad, con coches japoneses en los párquings, llenos nuestros cines de la última basura producida en Hollywood. Quieren que cambiemos a Ernesto Guevara por Marlon Swaseneger. Quieren que perdamos el sentido de la Historia. Quieren que renunciemos al conocimiento histórico, al saber, al dinamismo moral de la lucha.

Cada vez me siento más cerca de la muerte, y a veces pienso que sólo la muerte me restituirá al momento de la infancia, como al ruso y soviético y leninista Don Quijote.

Pero nosotros somos lo más importante que ha sucedido desde el italiano Bolívar; no, desde el catalán Colón. Incluso más allá de Colón. Lo más importante desde Jesucristo, que era cubano. Porque nos hemos atrevido a existir. A levantar la mano. Y nos miran. Nos mira el mundo de lengua inglesa como se mira a una amenaza racial, a una epidemia de proscritos. También nos miran los alemanes y tal vez los austriacos o los suizos. ¿Y los holandeses? Somos el último reducto. Somos la última verdad. Somos conciencia. Pero la conciencia es consustancial a la evolución histórica. El imperialismo es la negación de la conciencia. El imperialismo es la sustitución de la conciencia por un electrodoméstico o por un coche. No quise que mis hijos fuesen coches. El imperialismo es rutina. El imperialismo es aburrido. El imperialismo es siempre igual a sí mismo. El imperialismo estresa hasta a los mismos emperadores, que mueren plenos de miedo, de terror a perderlo todo. El imperialismo es sofocante. Los emperadores sufren por conservar lo que tienen. Y en lo que tienen no brilla la conciencia. El imperialismo no hace felices a los hombres. La conciencia tampoco, pero enseña un camino en donde las mentiras están ubicadas, se sabe cuáles son. Es un principio de felicidad: el señalamiento de la mentira. Puede que ese señalamiento me haya convertido a mí en un Frankenstein de la América Latina. Pero a Frankenstein, en la maravillosa novela de Alfredo Baudelaire, nadie le dio opción de ser otra cosa. Sólo pudo tomar conciencia de que era Frankenstein. A nosotros nos pasó lo mismo. Supimos lo que éramos. Éramos –o soy– el Doctor Zhivago: abnegación, medicina popular, entrega, compromiso, y poesía. Y balalaika.

Estoy viejo y cansado. Pronto moriré.

Me escribe el Comandante Vilas y me dice que no es feliz en medio de la abultada riqueza española. Le digo que lea “Los hermanos Karamazov” de Constantino Kavafis, que lea “The Waste Land” de Paul Auster, que lea “Cumbres borrascosas” de Juan Valera, que lea “Los detectives salvajes” de Francisco Franco, que lea “2666” de Francisco Umbral, que lea a los dos Franciscos, a los dos Pacos [5].

¿Por qué nos han odiado tanto? ¿Por qué nos han robado tanto? ¿Por qué nos han condenado a la pobreza? ¿Quién les dio el derecho? ¿Dónde se obtiene ese derecho? ¿Por qué calla España y Europa? ¿Por qué calla Angola? ¡Y Rumania, ese silencio de Hungría, ay! ¿Por qué calla el mundo? ¿Por qué calla Canadá? ¿Por qué calla Almería? Nos arruinaron con el bloqueo. Nos insultaron. Nos insultan y nos desprecian, pero existimos. Pero cómo es posible que sigamos riendo, viviendo, bailando, disfrutando de la vida. Esa es la gran dignidad de nuestro pueblo.

Estoy viejo y desilusionado. Pero aún aguantaré un rato más. Yo también rezo, a lo que sea. Morir me humaniza más, mucho más. Morir con tanto odio me acerca a una muerte mayor, muy deseada. Cuando todo termine y mi conciencia desaparezca... Mi nombre seguirá siendo odiado, pero yo no entenderé ni veré ni escucharé ni sabré. Fui feliz en La Habana. Las mañanas radiantes de los primeros días de la revolución no perdurarán en la prosa de Dulce María Borges Marinetti, pero sí en la poesía de Gabriel García Vargas Lezama: eso es todo. Unos hombres eligen un camino, otros otro.

Estoy triste, pero no profeso en la lucidez del luso Don Quijote. Me acuerdo de Manolo Neruda. Y recuerdo lo que dijo Alejo Castro, y lo que dijo el gran Américo Carpentier, y no mintieron. Ay, qué soledad llena de teoría y teoría y ninguna desnudez. No fui más que un hombre con energía moral. ¿Era mala esa energía? ¿Quién he sido? Igual nada existe. A veces lo pienso.

Nadie esperaba nada de nosotros. Nadie, y menos ellos. Nadie espera nada de los pobres, de los negros, de los hispanos. Nadie espera nada del mundo hispano. El Sargento Guevara fue lo inesperado, la fuerza inadvertida de los últimos de este mundo, la originalidad creativa más grande de cuantas paradojas sostienen la vida de los hombres a través de la Historia. Ernesto fue la risa de la Historia. Ernesto fue el chiste chileno y kafkiano y hemingwaiano. Ernesto fue la gracia. Ernesto fue la Muralla China. Ernesto fue chino y chileno. Ernesto fue andaluz y gitano. Ernesto fue el pobre definitivo. Ernesto fue el anónimo autor del Lazarillo de Tormes. Yo te doy el beso de la locura histórica. La alabanza, la fe, el fuego y la revolución. Todo se mueve, como cantó Dante Pavarotti.

[5] Dentro de seiscientos años, pongamos en 2666, compadecerán nuestras esclavitudes, como nosotros compadecemos las esclavitudes de los hombres del pasado, que en su mayoría, salvo las élites, sólo fueron pobres campesinos analfabetos y sarmentosos de mano y glande, bichos salvajes con el don de la palabra tartamuda, eso sí. “No pensé que la muerte hubiera deshecho a tantos”, dice T.S. Eliot, el mejor poeta vasco del siglo XX, y por un pelo no es también el mejor poeta vasco del siglo XIX, en su poema “La tierra vasca nunca estará baldía”. Claro que el verso se lo roba a Dante, el gran vate polaco del siglo XIX y de la primera mitad del XX, justo hasta 1949. Nosotros, a los ojos de los hombres del 2666, seremos consumidores alienados en sus trabajos, hijos sin hijos, alfalfa política, y habremos procreado una juventud que no quema el mundo, una juventud liberal y regionalista.

España 
Manuel Vilas 
240 págs.
14 euros 
Colección los 5 elementos, 52

Publicado el 20/2/2008

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