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Tránsito, de Juan Manuel Macías |
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Juan Manuel Macías
(Cartagena, 1970) es filólogo, helenista y traductor. Colabora en
diversos medios especializados en el mundo clásico, como la Revista de
la Sociedad Española de Estudios Clásicos, con artículos y traducciones
de poesía griega. Poemas suyos y artículos de crítica literaria han
aparecido en diversas revistas de poesía. Tiene publicados el poemario Azul de enero (Madrid, 2003) y la
edición y traducción de las poesías de Safo (DVD Ediciones, 2007). *** El
latido de una canción que se desvanece, la tramposa sintaxis de la
lluvia, el silencio del barro sorprendido en una piel, el sabor
aristado de la madrugada, los ecos de un nombre pronunciado miles de
años atrás: estos son algunos de los pequeños tesoros que contienen las
páginas de Tránsito. Juan
Manuel Macías despliega aquí una escritura tan sutil como exuberante,
destilada con sabiduría y paciencia, como un buen licor. Y lo hace
generosamente, derrochando expresividad en cada verso. El resultado es
una serie de poemas palpitantes donde conviven el vitalismo y la
melancolía, que nos reconcilian con el género gracias a su devoción por
el lenguaje y a su capacidad para conmovernos sin efectismos. Poemas,
en fin, que nos descubren una voz inteligente y técnicamente impecable,
con un portentoso sentido rítmico y una intuición poco frecuente para
generar imágenes, sin duda una de las más personales de la poesía
española actual.
Juan Vico
EN LAS AFUERAS DEL TIOVIVO No
creo en lo poético pero sí en el poema. En la deriva de lo primero
pasa la pertinaz tautología y el equipaje del
merodeador. El poema, por contra,
es un objeto más de lo que llamamos «realidad», tan arbitrario
como un guijarro o una traición. A veces, en su capricho, incluso
elige la simetría. Lo acogemos porque está ahí, acto libre que,
sin embargo, no nos vemos en el deber de originar. Somos felices
lectores y delegamos en otro tal deber: el poeta, ese siempre otro,
personaje
mitológico con quien no sé coincidir ni me apetece. El
poema, como el objeto del amor, es una emergencia. Irreductible al
análisis, no se puede deducir desde sus partes. Quiere,
desesperadamente, la unidad en sí mismo. El poema parece estar hecho de memoria y voz. O mejor: la voz y la memoria son lo mismo en él. Recordar un poema es igual a decirlo. Un poema sólo existe cuando se dice. No elegimos a los poemas. Ellos, como los gatos, nos eligen a nosotros, y nos otorgan un tramo de tiempo en el mundo y el vago espejismo de la posesión. [Donald Ervin Knuth dice de su software de composición tipográfica TeX que, tras la muerte del autor, cualquier defecto encontrado en él será ya una característica.] Un poema siempre es memorable. No importa que no lo recuerdes. Antes de tu llegada ya había una memoria universal que lo recordaba. A esa memoria los griegos la llamaron Homero. ¿Luchar con la resistencia del material? ¿Entregarse a sus rutinas con docilidad? Nadie debe saber (tú tampoco) los riesgos que has corrido, ni tus propios, asumidos pecados. Horacio ya se lo dijera a los Pisones: «Evitar un pecado conduce al vicio cuando falta el arte». La poesía siempre me ha parecido un misterio que sucede en la voz de otros. En mi historia personal, humilde, sentimental e intransferible de los versos he contado con amigos que me han regalado algunos de mis poetas o poemas de cabecera. Neruda, Borges, Lorca, Góngora, Lope, Kavafis han vivido a menudo en las voces de mis cercanos. Otras ocasiones, por contra, no tuve tanta suerte. Otras ocasiones la tipografía me ha impuesto su silencio y su soledad, y el poema no era otra cosa que una escombrera de tinta que uno, perezoso, se veía obligado a reconstruir. Y entre el esfuerzo, sin embargo, algún deslumbramiento repentino. El poema tomaba forma en esa voz interior que nadie sabe de dónde viene. Ni tan siquiera Saussure pudo explicarla en su poema épico intitulado Curso de lingüística general. Me ha causado no pocas obsesiones la dichosa voz interior, y tengo hablado mucho sobre ella, o con ella, tras la zozobra ancestral de quien descubre que se puede llegar a leer un texto sin mover los labios. ¿Pero quién es el que lee? ¿Quién nos lee, o a quién buscamos en el otro extremo? Fuera del tiovivo nos fragmentamos en el infierno de las opiniones, su traficar contradictorio. En el tiovivo todo está en movimiento, todo se ve más claro, todo empieza y acaba en un mismo lugar, nadie opina. En el tiovivo sólo está Hagesícora, la de hermosos tobillos. Una vez más, llego tarde al tiovivo. Y a mis poemas. DOS POEMAS DE TRÁNSITO ALBERCA Esa
piel en remanso del agua y el espejo El
filo de una alberca, la memoria CADENCIA Vinieron
los desiertos Pudiera
ser la sangre O
tal vez la esperanza Pudiera
ser el miedo
Era
tanta la cólera o el llanto
Tránsito Publicado el 7/2/2011 |
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