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José Luis Piquero publica El fin de semana perdido

José Luis Piquero (Mieres, Asturies, 1967) ha publicado Las ruinas (1989), El buen discípulo (1992) y Monstruos perfectos (1997), todos ellos reunidos en el volumen Autopsia (2004), publicado en esta misma colección y con el que obtuvo el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España. Traductor, periodista y crítico literario, ha traducido, entre otros, a Melville, Twain, Saki, Steinbeck, Tennessee Williams o Arthur Miller. Su obra figura en una docena de antologías de la poesía española contemporánea, entre ellas las de José Luis García Martín, Joaquim Manuel Magalhães y Luis Antonio de Villena.

Tras doce años de silencio poético –sólo interrumpido por la publicación en 2004 de su poesía completa, bajo el título de Autopsia–, José Luis Piquero prosigue en El fin de semana perdido su particular indagación en la propia biografía para explicar y explicarse los complejos resortes que rigen las relaciones humanas; un ejercicio de impiadosa introspección que oscila entre el realismo y la búsqueda de los significados esenciales de las palabras. Vitalismo y desolación presiden estos desafiantes poemas escritos a sabiendas de que no hay redención posible, pero marcados por el deseo de totalidad y el apetito de una vida siempre más alta. Como ha escrito Luis Antonio de Villena, «José Luis Piquero es un romántico nuevo que vivisecciona sus sentimientos, un poeta realista que busca mirar más hondo y un descontento –un joven Caín– a quien ni Orden ni Realidad cuadran del todo. Un rebelde existencial».

A CONTINUACIÓN DOS POEMAS DE EL FIN DE SEMANA PERDIDO CON UNA BREVE INTRODUCCIÓN DE JOSÉ LUIS PIQUERO

Nunca se me ha ocurrido tomar notas sobre mi escritura. Es una lástima. Ahora me gustaría recordar muchas circunstancias del momento en que surgieron los poemas, qué interferencias pudieron colarse en ellos (quizá para mejorarlos), qué pretendía hacer y qué conseguí, etc. La mayoría ni siquiera puedo datarlos más que por aproximación. Todo eso quizá me hubiera servido de base para una reflexión escrita sobre este oficio y sus resortes y sus misterios. Habrá de quedar para más adelante.

Sí redacté, tras enviar El fin de semana perdido al editor, Sergio Gaspar, unos pocos apuntes dispersos, destinados a algunos amigos y lectores cercanos, que ahora utilizaré para presentar un adelanto del libro. Se trata de dos poemas pertenecientes al mismo y las explicaciones, seguramente, sobran. En todo caso vienen a constatar que todos los poemas se escriben con vivencias, con anécdotas, con sentidos no aparentes, con afán de trascender lo particular, con literatura.

Entrevista con el Golem” es bastante representativo de mi modo de entender la poesía. Recordemos la historia original. El Golem es un ser de barro creado por un rabino y animado por una fórmula mágica: la palabra “emeth” (verdad) colocada en la boca del monstruo. Se suponía que el Golem, desprovisto de alma, serviría para realizar tareas básicas, tales como barrer la sinagoga, pero algo salió mal: enloqueció, se hizo violento y empezó a sembrar el pánico en la aldea. El rabino logró destruirlo borrando la primera letra de la palabra mágica y dejando “meth” (muerte).

En mi poema, el Golem es, evidentemente, un poeta. Muchos de los poemas de El fin de semana perdido tienen como verdadero trasfondo la escritura, que es lo mismo que la reflexión: nuestro método de recapitulación, el lugar donde las cosas cobran sentido. Es en la escritura donde, paradójicamente (puesto que escribimos en busca de una absolución), nos hallamos culpables de cuanto hemos hecho.

El Golem es también un adolescente: un excluído que intenta desesperadamente ser admitido y que sabe, en última instancia, que siempre será diferente y horrible, que siempre estará solo. La culpa deja paso, al final, a cierta forma de orgullosa reafirmación.

Como suele ocurrir, al menos en mi caso, los poemas “con máscara” suelen ser los más confesionales. Son máscaras quizá demasiado transparentes.

Algún día habré de contar por extenso la historia que sirvió de trasfondo a “Alicia ya no vive aquí”. Baste decir por ahora que fue una experiencia a cuatro bandas (o quizá a cinco), muy intensa sexualmente, y que la chica era muy hermosa, muy deshinibida y muy atolondrada: un animalito. Más tarde, una vez perdido todo contacto, supe que estaba en busca y captura por un delito bastante insólito, o quizá todo lo contrario: muy común.

A partir de ahí surge el poema: un retrato vertiginoso, lleno de imágenes absurdas, casi surrealistas. Incluso el episodio del pasillo, totalmente verídico, tiene un aire irreal, de fantasía erótica.

ENTREVISTA CON EL GOLEM

¿Razón de ser? No lo he pensado mucho.
Ha de haber algo más que estas tareas
mecánicas: la casa
la hago en un plis-plás.
Los poemas, tal vez. Se me desprenden
como costras de barro.
Por algo tengo siempre la palabra en la boca,
pero no estoy seguro de ser culpable de ellos.
Hay una voz. El alma es un asunto
sobre el que no nos hemos puesto de acuerdo aún.

Mi infancia... Siempre digo que la tuve,
contra toda evidencia.
Me acuerdo de un cachorro junto a un estanque.
Lo tenía en las manos, hacía sol y las hojas
olían como libros. No sé qué pasó luego.
El agua estaba pálida.

No, no estoy triste, siga.

Ah, eso... Me resulta muy penoso.
Uno desea dar amor y no mide sus fuerzas.
De pronto te despiertas y oyes llorar y te miras las manos
y después huyes, huyes.
Todos nos refugiamos en los otros, como alegres tumores,
estirando los brazos, rompiendo cosas,
esperando el castigo.

¡Qué pregunta! Nunca he matado a nadie.
Pero calle. Esas voces, los poemas... No quiero escuchar más.
Tal vez un día
alguien se atreverá a quitarme la máscara, a taparme la boca,
y habré de rendir cuentas pero
ya nunca volveré a estar tan cansado.

¿Que si doy miedo? Bueno.
Esa es mi obligación.

ALICIA YA NO VIVE AQUÍ

Se busca a Alicia. Descripción:
pequeño cuerpo, tetas como niños dormidos.
En su culo anidaba nuestra felicidad
y en su cabeza todos los errores.

Se la busca. Yo no sé qué es más cruel:
si sus ojos cerrados en la gran madrugada de canciones,
si su regazo, pulpa democrática sobre la que jadean
-arf arf- perros y viejos.

Dulce Alicia: menuda cabraloca.
Pero yo la he querido, oídme, y ella a mí un poco menos.
Me llevaba cogido de la polla por el pasillo, igual
que una nanny perversa a un niño lujurioso,
y yo feliz, feliz.

La sucia colegiala ha arrojado los libros
y ha salido corriendo. ¡Dios, cómo corría!
Lo que es por mí no la atraparán nunca.

Alicia, en ti he dejado mis huellas dactilares:
¡ponedme las esposas! El guardián
se ha vuelto loco y ella ríe, ríe.
A tu salud cualquiera se emborracha lo menos una vez,
y eso que no eres buena, y qué más da.

Se busca a Alicia. Descripción:
la curva de su espalda un cristal empañado,
piernas que tienen maña para oprimir el mundo así y así.
Su precio, lo que lleves
en los bolsillos.

El fin de semana perdido
José Luis Piquero
88 páginas
9 euros
Colección poesía, 127

Publicado el 17/9/2009

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