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Pequeños círculos, de Alberto Santamaría (XXXV Premio de Poesía Ciudad de Burgos)

Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976). Doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca. Es autor de los siguientes libros de poesía: El orden del mundo, El hombre que salió de la tarta y Notas de verano sobre ficciones del invierno. Ha publicado los ensayos El idilio americano. Ensayos sobre la estética de lo sublime y El poema envenenado. Tentativas sobre estética y poética. Ha editado la poesía ultraísta de José de Ciria y Escalante bajo el título De mi sortija penden todos los merenderos, así como la novela Logaritmo de Antonio Botín Polanco. También ha llevado a cabo una antología y estudio de la poesía de Luis Felipe Vivanco titulada El alma de un oso blanco. En la actualidad dirige la revista Nadadora.

Varios son los lugares de este libro. Varios son sus itinerarios. Pequeños círculos carece de un tema central o, más bien, su tema son las afueras. Las afueras del lenguaje, las afueras de la identidad, las afueras de la memoria, las afueras de la ciudad… Los personajes transitan por el libro difuminados, desde una escritura concebida como una percepción simultánea de la realidad. En Pequeños círculos todos los sucesos parecen tener cabida. Naves abandonadas, cristales rotos, el amor como un sistema de pérdidas, la memoria como un paisaje industrial, un filósofo que trabaja, bidones, cañerías oxidadas, buscadores incansables de cobre y chatarra, grúas que descansan en domingo… Estos son, entre otros muchos, los caminos por los que este libro se mueve para crear su propio laberinto.

TRES POEMAS DE PEQUEÑOS CÍRCULOS

EL SONIDO DEL CHAMPÁN

Nos hemos sentado en la única mesa libre del restaurante, y sin embargo sigo imaginando que todo esto no es más que otra pegajosa forma de eso que llamamos realidad, con sus letras grandes y naranjas, con su disciplinado sentido del amor y la costumbre, con sus batas y sus quitanieves, con su música de erizo, con sus etiquetas patrióticas sobre las latas de albóndigas. Pronto vendrá el camarero. Es difícil volver a lo que ya conocíamos pero demasiado fácil acostumbrarse a ello. Era la época en la que vivías en un séptimo piso cuando tu vecina, una vieja gorda con aliento a algas podridas, se lanzó por la ventana dejando una estela gris de paloma en el aire. Durante días tuve en la cabeza el sonido gaseoso de su cuerpo al chocar contra el suelo. Me despertaba en mitad de la noche con ese sonido seco y doloroso como una botella de champán barato al ser abierta. Era una serpiente que volvía, regresaba, se enroscaba sin principio ni fin. Y se repetía una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez en medio del océano donde me encontraste.

¿Quién probará el vino esta noche, señores?

LA PELUCA DE LAS COSAS. LO IGNORADO

Pero lo ignorado también existe en sus pequeños actos. Se trata
de no volver con las manos vacías, por eso traemos vino
y algo de queso para la cena; miramos el rastrillo
que junto a la puerta tienta nuestros dedos, la barba del cartero
que se espesa casi blanca a la altura de la barbilla; medimos nuestra distancia
hasta el cubo lleno de leche
sobre el que un hongo de humo asciende —niebla
que atrae al alto hocico del invierno—. Nos llevamos el vaso a la boca
que luego volveremos a colocar sobre la mesa
con la marca lechosa del sorbo en su filo. Es algo más
que la aparente variación de un músculo. En los márgenes
siempre hay vida, como ves. ¿Quién guardará entonces nuestro secreto
ahora que hemos perdido los billetes de vuelta?
Nada en este lugar nos es familiar. Ni la luz que exagera
sus límites, ni el timbre metálico del carnicero
que afila sus cuchillos alejado ya de su presa. Nada. (No te preocupes,
estás a salvo,
la ola de secuestros no te afectará a ti que comercias
con pequeñas lagartijas de cobre. Pero ¿quién es toda esta gente
que respira dentro de un enorme signo de interrogación?)

Oye, preguntas mientras descifras el número exacto de tu asiento,
¿sabríamos vivir en una ciudad tan común como esta?

ANÉCDOTA DEL HOTEL

No hay teoremas para esto.
Quizá ni siquiera haya gasolina suficiente para la vuelta.

Donde hay espejos es inevitable la vida.

Pequeños círculos
Alberto Santamaría
80 páginas
8 euros
Colección poesía, 123

Publicado el 7/4/2009

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