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Leonardo da Vinci: obstinado rigor, una novela de Teresa Garbí


foto de Emilio Ruiz

Teresa Garbí nació en Zaragoza y reside en Valencia. Es autora de una importante obra narrativa: Grisalla (1981), Espacios y Alas (1985 y 1987), Cinco (1988), La sombra y el pozo (1993), El pájaro solitario anida tras el muro (1997), Una pequeña historia (2000), El bosque de serbal (DVD Ediciones, 2001) y Desde el silencio, nadie (2007). Ha publicado asimismo el ensayo Mujer y literatura (1993).

PRESENTACIÓN DE LEONARDO DA VINCI: OBSTINADO RIGOR, POR VICENTE GALLEGO

Hace tiempo que leo la prosa de Teresa Garbí, porque soy un lector de poesía. Tienen sus líneas, siempre tan sencillas como precisas y consteladas de sentidos, la extraña capacidad de penetrar la superficie de las cosas, y no para publicar su secreto, sino precisamente para subrayar que su ser más propio se encuentra allí donde no alcanza la razón, en el misterio en que surgen y desaparecen. Su ejercicio de contemplación frente al doncel de Sigüenza –en el libro titulado Cinco– resulta inolvidable para cualquiera que haya tenido la fortuna de seguirla en sus merodeos alrededor de lo que no tiene centro, pero irradia, y huele, y vibra. Teresa Garbí declara aquí su fascinación por lo que el arte, cuando es verdadero, tiene de naturaleza, y también por su única utilidad posible, la que lo convierte en educación del alma y solaz del espíritu. «Cuando os sintáis escasos de recursos y sin gloria alguna, dad un paseo por el campo y la gloria del sol será vuestra gloria», les enseña el buen Andrea Verrocchio a sus discípulos, y entre ellos a Leonardo, en unas líneas de este libro luminoso. El arte de la vida consiste en llegar a un pleno acuerdo de la mirada con aquello que está siendo observado, para lo cual será preciso aprender a mirar con el corazón y desaprender minuciosamente todo lo aprendido. Es ahí donde la pintura y la poesía cumplen su más alta función como agentes develadores de otra más alta realidad, la que había quedado oculta bajo la prosa cotidiana; y también es ahí donde estas páginas respiran su mejor aliento de apertura. Teresa Garbí no ha escrito este libro, lo ha sentido crecer, se le ha tornado vivo.

Vicente Gallego

OTRA IMAGEN DE LEONARDO DA VINCI

El libro de Teresa Garbí, Leonardo da Vinci: obstinado rigor, publicado en DVD Ediciones, da cuenta de un posible descubrimiento. Se trata de una nueva imagen de Leonardo, que habría sido retratado junto a su amigo Luca Pacioli. En uno de los capítulos de esta novela se da por cierto que el desconocido que mira al frente, a la derecha del cuadro, es Leonardo da Vinci.

Luca Pacioli y Leonardo trabajaron en Milán y colaboraron en diversos proyectos, entre otros, la preparación del libro de Pacioli, De divina proportione, ilustrado por Leonardo. Tanto la imagen del desconocido, que se parece a otros retratos de Leonardo, incluso al recientemente descubierto en el sur de Italia, como las noticias que se tienen del físico arrogante y cuidado del artista, sin barba, hasta su edad madura, corroboran esta hipótesis.

Publicamos, más abajo, dos textos que Teresa Garbí ha escrito sobre esta cuestión.

   

   

La imagen superior izquierda es la del desconocido del retrato de Luca Pacioli. Al lado, el boceto hallado en los cuadernos de Leonardo y el retrato de San Jerónimo del altar de Ospedaletto Lodigiano, de Giovanni Pietro Rizzoli, Giampetrino, discípulo milanés de Leonardo.

Abajo, a la izquierda, el retrato que ahora se expone en el Museo delle Antiche Genti de Lucania. A continuación, el perfil de Leonardo, de su discípulo Francesco Melzi. A la derecha, de nuevo, el boceto reproducido arriba especularmente.

    
CONSIDERACIONES SOBRE LA IMAGEN DE LEONARDO

Desde hace años he trabajado en mi libro Leonardo da Vinci: Obstinado rigor. He leído bibliografía y he recorrido los lugares en donde vivió el maestro: Florencia, Milán, Roma, Venecia. Difícilmente conseguía saber algo más. Llegué a la conclusión de que a Leonardo lo rodeaba una espesa bruma con la que él mismo se había protegido. Además, lo que se decía sobre su físico y su carácter era absolutamente contradictorio. Elaboré un listado: Leonardo era alto y bajo; sin barba y con largas barbas; de gran inteligencia y de inteligencia poco profunda; trabajador infatigable y perezoso; bueno y malo; tímido y extravertido; fuerte y enclenque; hipersensible y gélido; escribió más que ningún otro artista de su época y no dejó rastro de sí mismo.

Por no haber, no había un retrato suyo definitivamente aceptado. El dibujo a sanguina de Turín muestra a un personaje mítico, con la mirada perdida, un viejo milenario. Tampoco cuadra con las referencias al atractivo que, según se ha repetido, Leonardo mantuvo hasta edad avanzada.

Más o menos se habían aceptado cuatro imágenes: el joven que mira fuera del cuadro, a la derecha, en la Adoración de los Magos; el hombre vitrubiano; el perfil de Melzi y el dibujo de Turín. También se ha tenido en consideración un retrato de San Jerónimo del altar de Ospedaletto Lodigiano, de Giovanni Pietro Rizzoli, Giampetrino, discípulo milanés. Asimismo existe un boceto que se conserva en Winsord, muy parecido al anterior. También se alude al Heráclito de Bramante, que se conserva en la galería Brera.

Una tarde tropecé con el retrato de Luca Pacioli y un desconocido. Conocía el cuadro. He dicho “tropecé” porque me quedé sorprendida al ver a Leonardo, sin ninguna duda.

Naturalmente, esto puede parecer una temeridad, pero debo contarlo tal como sucedió.

Yo no tenía ningún interés especial por saber cómo era Leonardo. Al contrario, uno de los atractivos mayores del personaje creo que es su misterio, su ambigüedad. En él cabe todo. Este atractivo es, también, ocasión de que entren a saco en su vida y le adjudiquen las falsedades más peregrinas y más sensacionalistas.

Naturalmente, ya iba haciéndome una idea física de Leonardo por lo que había leído sobre él. Sin barba, durante gran parte de su vida; elegante y atractivo, arrogante, incluso. Lo curioso es que nadie se hubiera dado cuenta de que casi la única persona que podía acompañar a Pacioli en el momento en que imparte su lección euclidiana, cuando precisamente Leonardo estaba ilustrando el libro común, La Divina Proporción, era el propio Leonardo y tal vez pintado por él mismo o en su taller.

Algunos dicen que el desconocido es Guidobaldo da Montefeltro (1472-1508) y otros, que se puede tratar de Durero o del supuesto pintor del doble retrato: Jacopo de Barbari (1440-1515). ¿Y por qué no podría ser Galeazzo Sanseverino (-1521), yerno de Ludovico el Moro?

Junto a Pacioli está ese hombre bien parecido, de unos treinta y tantos, cuarenta años bien llevados, mirando fijamente al espectador, no sin cierta ironía. ¿Podía un mecenas mirar así, directamente, como auténtico protagonista de la ceremonia que se escenifica en el espacio del cuadro? Habitualmente, solían ser más comedidos: aparecían a un lado de la escena, implicados en ella, pero de perfil. Los mecenas no tienen mucho qué decir a un espectador. Leonardo sí que puede decir y por eso mira directamente, como suele ocurrir en un autorretrato en el que a ningún pintor se le ocurre ocultar la mirada o posar de medio perfil o de perfil, incluso. La imagen que aparece en este cuadro no tiene nada que ver con el supuesto autorretrato de Turín que, según algunos, Leonardo lo habría dibujado cuando pintaba la Última Cena, en 1495, es decir, en la misma fecha del retrato de Luca Pacioli y el desconocido. Aunque otros consideran este dibujo de Cristofano dell’Altissimo. Desde 1938 una radiografía desmintió la autoría de Leonardo.

Si el cuadro se había pintado en 1495, Pacioli tenía más de cincuenta años y Leonardo, cuarenta y tres. Si nos fijamos con atención, ninguno de los dos hombres parece tener esa edad. ¿Y si el cuadro se hubiese pintado antes? Una mosca impide ver la fecha con claridad. Si Leonardo pintó la Última Cena basándose en un octaedro inserto en un círculo y es una demostración de las teorías euclidianas, tal vez Pacioli y Leonardo se conocían de antes y el retrato es, también, anterior.

Algunos críticos se asombran de la perfección formal del cuadro y sospechan que no puede ser de Jacopo de Barbari, amigo, también, de Pacioli y matemático. Se cree pudo salir del taller de Leonardo. Las figuras geométricas, dicen, podría haberlas pintado el propio Leonardo, por su perfección, y porque, por entonces, ya lo hemos dicho, Leonardo estaría trabajando en las ilustraciones del libro citado de Pacioli, De Divina Proportione. La edición recoge un tratado para construir un alfabeto basado en el cuadrado y en el círculo, obra de Leonardo. Las letras que aparecen en el cuadro son del mismo tipo.

¿Se limitó Leonardo a ilustrar el libro o ayudó a Pacioli en su redacción? El humanista francés Geofroy Tory, ya en 1529, apunta que fue él quien inspiró a Pacioli. Acusa a éste de robar a Leonardo. No es nada nuevo. Pacioli ya había dado muestras de entrar a saco en los conocimientos de los demás al traducir del latín a Piero Della Francesca, su maestro, y publicarlo a su nombre.

También parece que los trabajos de Leonardo sobre movimiento y percusión fueron aprovechados por Pacioli en un tratado que no llegó a publicar: De viribus quantitatis. Un opúsculo sobre prestidigitación que se incluye en él pertenece a Leonardo. Al fin y al cabo, en la corte de Milán también se encargaba de organizar diversiones y festejos. En algunos aspectos hallamos al maestro vinculado a la tradición medieval en cuanto a la semejanza entre ciencia y alquimia y prácticas esotéricas. Pero también en lo que el medioevo había heredado de la Antigüedad: la proporción áurea, el Hermes Trismegisto, laberintos y mandalas, ritual dionisíaco.

Pero volvamos a nuestro retrato: vi a Leonardo y, luego, intenté descifrar la inscripción:

IACO. BAR VIGENNIS P. 149¿?

Vigennis, en latín, equivale a Viceni (veinte). Los críticos no entienden cómo Jacopo Barbari (1440-1515) podía tener veinte años al pintar este doble retrato. Si además de ser un pintor modesto, hubiera pintado semejante cuadro a los veinte años, habría sido increíble.

Pero Viceni me sugiere, por supuesto, Vinci. ¿Qué ocurre con IACO. BAR.?

IACO: no me recuerda a Jacopo, sino a Iaco, el grito dionisíaco, otro nombre de Dioniso. En cuanto a BAR no lo relaciono con Barbari, desde luego, sino con Bartolomé, el alter ego de Marsias, el despellejado, cuya piel utilizó Miguel Ángel como fondo para su retrato en el Juicio Final de la Capilla Sixtina.

Marsias (San Bartolomé), el acompañante de Dioniso. Pero BAR también podría ser el sobrenombre familiar de Luca Bartolomé Pacioli, Barbaglia. ¿Se habían identificado con Dioniso y Marsias Leonardo y Pacioli? No lo sé. Tampoco he escrito el libro para descifrar este enigma. El proceso se ha desarrollado al revés: el libro me ha llevado al retrato. La propuesta de interpretación del cuadro de Pacioli es un esfuerzo de creación también. La solución podría ser más fácil: Vinci pintó (hay una P.) a Luca Bar. (Barbaglia) Pacioli, cuyas letras se encuentran también en IACO. Y en cuanto a Leonardo, como escribió él mismo, continuará siempre: aparecerán más cuadernos y quizá algún retrato olvidado. Precisamente ahora se expone uno, descubierto recientemente, en el Museo delle Antiche Genti de Lucania.

Desde mis conocimientos de pintura puedo decir que el retrato de Luca Pacioli y Leonardo es un cuadro de buena factura, complejo y muy elaborado. Ilustra las teorías de La Divina Proporción. Es una obra inquietante con la prodigiosa figura del rombicuboctaedro medio llena de agua que refleja algo que queda fuera de campo; con la mesa llena de objetos que significan, que están colocados para que alguien los lea. En el dibujo de la pizarra hay una V, pero no es la única.

Tanto las letras de la firma como las que aparecen en el libro, están dibujadas según el tratado de Leonardo, antes mencionado, incluido en el libro de Pacioli, La Divina Proporción.

Mi precario bagaje científico y la carencia de referencias esotéricas más profundas me impiden descifrar otros mensajes. Indudablemente, habría que intentar ponerse a la altura del maestro, algo realmente difícil.

Teresa Garbí

PALABRAS SOBRE LEONARDO

Valencia, 20 de mayo de 2009

Leonardo da Vinci: obstinado rigor es un relato que se centra en algunos momentos de la vida de este artista: formación en Florencia, estancia en Milán, encuentro con Gioconda, con César Borgia, viaje a Roma, enfermedad y viaje final a Francia.

Como su obra y su personalidad son inabarcables, elegí estos momentos que considero fundamentales en su biografía. He rehuido la recreación histórica. Sinceramente, no me satisfacía la idea de simular la imagen de Leonardo rodeándola de un espacio supuestamente renacentista. En definitiva, después de tantos estudios sobre el maestro, después de la excelente novela de Dimitri Merezhkovski, no tenía sentido añadir otra fantasía sobre Leonardo. Pero, sobre todo, si no lo he hecho, ha sido porque esa idea no me satisfacía en absoluto.

Después de leer sobre Leonardo durante unos cinco años creo saber menos de su persona. Que un ser tan extraordinario como él del que conservamos --por ahora--, más de cinco mil páginas escritas, no haya dejado tras sí una huella biográfica, ni tan siquiera, un retrato fiable, indica su vocación de sombra.

Sé que puede parecer un atrevimiento por mi parte perseguir la huella humana de Leonardo. Podría caer en la tentación de deformar la imagen del maestro o de adjudicarle palabras o situaciones que él, de ninguna manera, habría protagonizado. Con “obstinado rigor”, lema de Leonardo, he perseguido su sombra. Quienes conozcan su obra y hayan leído sobre su vida lo van a reconocer en mi libro. A través de cada capítulo, presidido por frases de Leonardo, su enigmática imagen aparece y desaparece, diáfana, en ocasiones, y en otras, apenas una leve veladura.

Al fin y al cabo el maestro se inspiraba mirando durante horas una sombra, el curso del agua o de las nubes, los restos de color que pueden contemplarse en una ruina. Ese ha sido el camino que he tomado: crear a partir de una sombra, de su concepción de la pintura como “una poesía que se ve”.

Por eso, quien lea este libro, ya lo he dicho, no hallará una recreación biográfica ni una novela histórica. Con rigor he intentado trabajar, es cierto, pero no me ha importado recurrir a saltos en el tiempo, a la concentración de acontecimientos, con tal de acercarme a lo que el maestro pudo pensar o sentir en un momento determinado. Bajo cada frase, bajo cada anécdota hay un cúmulo de noticias, de lecturas, que no he permitido que salgan a la luz porque sólo han sido el pretexto para conjurar la imagen de Leonardo.

A lo máximo que he aspirado es a lograr un boceto de su personalidad y de su actitud frente al arte. Y no es poco, porque para Leonardo los bocetos tenían el valor de un poema intenso y sugerente y por su propio carácter de obra inacabada, tenían, también, vida.

El estilo de mi libro debía ser ligero, diáfano, pero bajo esa apariencia se deslizan continuas alusiones: el milano que golpea los labios de Leonardo, el caballo como símbolo del paso a la muerte, la gruta maternal de la Virgen de las Rocas, la unión del universo simbolizada en la unión con la Gioconda, pero también referencias a sus conocimientos mistéricos o a su sensibilidad y sufrimiento.

Su personalidad es fascinante y contradictoria. ¿Cómo conciliar su identificación con la naturaleza hasta el punto de ser vegetariano para no dañar a ningún animal, con su frecuente trabajo como ingeniero de guerra? Leonardo sabía que los seres humanos y la tierra misma enferman y, por eso, sobrevienen desgracias y cataclismos. De hecho vivía atormentado por la amenaza de un nuevo diluvio y en varias ocasiones trabajó por dominar la fuerza desatada de los ríos y del mar.

Nadie como Leonardo ha ocultado mejor sus sentimientos. Para acercarme a su forma de ser he rastreado en sus escritos y en su pintura. Me ha llamado la atención su sensibilidad que le hace decir: “¿Por qué sufres tanto, Leonardo?”, pero también me ha interesado su frialdad distante que le hace expresar el dolor con una estricta fecha, por ejemplo, en el caso de la muerte de sus padres.

Cuando estés completamente solo te poseerás por completo”, dice en otra ocasión. Incluso en su Arte de la pintura aconseja trabajar en soledad y eso sí siempre de acuerdo con la naturaleza, su gran refugio. Tanto el maestro como su obra forman parte de la naturaleza y él lo sabe. Por eso escribe al final de su vida: “Yo continuaré”.

Leonardo, evidentemente, continúa en la tierra, en el aire azul --descubrió cuatrocientos años antes que los impresionistas que el aire es azul--, en las montañas, en soledad. Persiste su ejemplo de investigador y trabajador infatigable que le inducía a aprender siempre --cada obra debía ser nueva no sólo en el tratamiento del tema, sino en los procedimientos--, a ser útil, a “servir”, como él decía.

Todo esto y mucho más lo podemos rastrear en sus obras y en testimonios de distinta índole. De entre tantos perfiles he elegido el que más nos aproxima a su soledad, a su lucha como creador, a sus fracasos.

Al terminar mi libro una tarde que revisaba diferentes reproducciones de cuadros que había visto en muchas ocasiones, tropecé con el retrato del matemático Luca Pacioli, amigo de Leonardo, con quien coincidió en Milán y con quien, se dice, preparó la edición del libro: De divina proportione. No se sabe cuál es la fecha de este cuadro porque una mosca encima de la última cifra impide verla. Hay un personaje misterioso por cuya identidad se preguntan los investigadores. Se han barajado muchas hipótesis pero ninguna definitiva.

Desde mi punto de vista ese personaje no puede ser otro que Leonardo. Es cierto que sus contradicciones sobre su forma de ser psicológica se han extendido también a su físico. Según la bibliografía que he manejado Leonardo podría ser de todas las formas posibles, pero hay algo en lo que coinciden todos: se trataba de un hombre atractivo que no llevó barba hasta edad avanzada y que cuidaba su aspecto.

El retrato del desconocido se asemeja mucho a un boceto que alguien ha dibujado en los escritos del maestro y a un retrato de su discípulo Giampetrino. También tiene que ver con el dibujo de su discípulo Francesco Melzi, de 1510, en el que lo muestra como un hombre anciano, aún hermoso y de rasgos delicados. Nada parecido al dibujo de Turín de ese hombre calvo y barbado, de mirada perdida que, según algunos, Leonardo habría dibujado cuando pintaba La Cena --es decir, en la misma época que el retrato de Pacioli--, y según otros pertenecería a otro pintor.

El descubrimiento de un retrato del maestro en el sur de Italia apoya mi hipótesis porque todos los retratos citados tienen un evidente parecido.

Leonardo criticaba la costumbre de los pintores de su época -entre otros Botticelli- de sacar retratos propios o de contemporáneos en sus obras. Como ya he dicho antes, cada obra debía ser un acto creador total, basado en una ardua tarea de investigación.

Cito este encuentro con otro tipo de sombra de Leonardo, su retrato, en el capítulo cuarto de mi libro. No he querido prestarle más importancia. En definitiva lo que me ha importado es su aspecto interior. Eso indefinible que convierte sus obras en algo vivo, cambiante, misterioso, igual a la naturaleza. En sus obras oímos las palabras del maestro: “Mira la luz y considera su belleza”.

Teresa Garbí

Leonardo da Vinci: obstinado rigor
Teresa Garbí
176 páginas
14 euros
Colección los 5 elementos, 57

Publicado el 6/5/2009

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