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La falta de lectura, de José Ramón Otero Roko
(Con prólogo de Virgilio Tortosa y epílogo de Constantino Bértolo)

José Ramón Otero Roko

José Ramón Otero Roko (Madrid, 1974) ha publicado el libro de poesía Por el arcén (Ediciones Libros de Letras, 1998). Ha sido editor de ese mismo sello y ha desempeñado diferentes tareas como activista y trabajador de la cultura. En la actualidad colabora puntualmente con el semanario Cambio 16, el periódico de actualidad crítica Diagonal y diversas publicaciones en el campo de la crítica cinematográfica. La escritura de este texto le llevó más de diez años de su vida.

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Destruir todo para crear todo parece decirnos La Falta de Lectura. Si toda cita siempre genera el marco desde donde crear las condiciones de lectura del texto al que precede, no resulta inocente que cada una de las partes de este poemario venga encabezada por pensadores libertarios o revolucionarios de diferentes épocas, o aledaños como situacionistas, que catapultan cada una de las perspectivas del acto lector. En un tiempo de amplio arraigo de las democracias occidentales pudiera pensarse que la libertad es la máxima expresión social cuando ésta se ha convertido todo lo más en mero acto individual de consumo para bolsillos pudientes o hipotecados. El poemario habla de la imposible posesión física, mucho que la sociedad (consumista) actual se empeñe en su contrario .

VIRGILIO TORTOSA

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TRES POEMAS DE LA FALTA DE LECTURA

(ASALTAR NINGUNA MURALLA PARA TOMAR LA LIBERTAD)

la vida lo ha dejado todo en mi ausencia
me lo ha tendido todo en el espacio que he dejado
sin comprensión ninguna, en su justo término
en el lugar del vacío:

-qué quedamente, como gira del mundo, ruedas.

la muerte te lo ha cerrado todo te lo has cerrado
para establecer un sitio, proteger una muralla
rodear hacia fuera cualquier palabra otra
decidir qué hablas qué no sabes qué lenguas:

-qué permaneces del mundo, a qué centro inmóvil.

te has presenciado el presente y el futuro
nada vacío trajo una sola vuelta de ella
para su cara y se detuvo en dos vida
aquella muerte que plasme y que sangre:

-como todo a nuestra contra, hacia qué dentro.

NO TIENE NINGUNA IMPORTANCIA

Todo lo que
lee, lee,
contra vosotros

Todo. Vuestro diccionario
escribe contra vuestra lengua
contra vuestros ojos

/ nada
nunca
nada
termina /

de mirarse, todo se repite
por ultima ve
z, la palabra nunca escuchada
la palabra que v
es
esta mirada que se encierra sobre todo

todo lo que creo
creo contra vosotros

las letras de las que pensasteis fueran un objeto
a todo a lo que llamarais hecho

con la consistencia justa de las cosas
que se llevan al viento
todo
lo que tuviere algo del fuego o lo que des
arma frágil el sentido, casi todo lo que
le es una sola noche contra la que el tiempo

todo lo que escribe
escribe contra Uno.

LA LECTURA, CUANDO ES FALSA

¿Cuántos años contó? Qué suma
de intervalos resultaría el tiempo,
que vacío futuro ya visto y pasado
por alto y qué sentido
me ha llevado. Si todo
tiene más que un precio y nada
es gratuito, con qué obviamos
significado, con qué nos decimos – ya
dicho todo, tanto
Falta. Sima
en las grietas, sima y falta
en los huecos ¿Qué me he hablado
en los años.
¿Quién cae y que callado
se enfrenta.
¿Qué comunica y a qué sedice.
Todo es antiguo excepto la palabra.
Todo corresponde y Todo se opone
a lo que lees cerca y mata.

- Yo no te entiendo en mi escritura.
- Yo sólo te aprendo en lo que me leo.

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POÉTICA
por José Ramón Otero Roko

Someter la conciencia a un examen, bajo un código de valores que no es de carácter religioso, es un ejercicio que a veces produce la consecuencia de la empatía. Entonces es posible comprender las acciones sin justificarlas y entender un poco más a otros seres humanos porque nos entendemos a nosotros mismos, acaso la punta de un iceberg hacia dentro, bajo la superficie. El rango de esta empatía es intelectual, que es un mal sinónimo de la frialdad excepto cuando se reduce a la erudición o a la música mediada, demediada, del culturalismo.

Todos los que han regresado de algún lugar iban hacia el con una meta y volvían con un objetivo. A algunos de ellos les parecerá insignificante, en los tiempos que corren, el mio: escribir poemas. Lugar. Objetivo. Y meta. Lo que sea que se sienta dentro cincelarlo hasta no tener nada más que decir: esa es mi palabra, siento que haya seres humanos que sean así, yo escucho a estos otros y también me escucho. Esta es una poética, una manera del ser, una forma de lo real, una existencia individual que es una parte de la existencia colectiva. Lamento que tener que alimentarme haga de la poesía sólo una fracción, de esta fracción de esto, que es mi vida.

Leía mientras el mundo oficial, unánime, dijo que estábamos al final de la historia. He leído los libros que se quedaban en las sobras de las librerías de lance, los que salían de las bibliotecas de los que me precedieron en la derrota que se nos auguraba y los que emergían de los sótanos, nuevos a pesar de haber sido editados treinta, cuarenta, años antes, limpios y viejos, como la Idea que sucede al fin de la historia (oficial). Ahora todo pasa o permanece como si la gente hubiera zanjado la lectura de la palabra antigua y eterna de la emancipación en que todas ellas retienen un pasado. Las palabras han estado matando durante todo el siglo XX, pero también, muchas más veces, sacando de las personas lo mejor de sí mismas, dando una vida mejor a los hijos de los hijos y a los hijos de estos, hasta que una minoría mayoritaria de la gente dejó de creerlas y optó por las cosas que no dicen nada.

Seguramente las que han matado son las que, afortunadamente, nunca hemos escuchado. Las que quedan entre dos seres que tienen un arma y no les tiembla el pulso. Esas palabras se siguen pronunciando en lo alto, porque todos los asesinos se creen por encima de los demás. La poesía no llega hasta ellos, lo evidente es que la poesía verdadera nunca irá más lejos que nada menos que el interior de las personas que no se sienten por encima de nadie.

No es posible disociar, si se bucea, si se miran las cosas que miran a sí, un sistema de ideas, de una poética. Esa discusión entre fondo y forma es, donde se da, autista, las cosas son el lugar en el que están, tienen la forma que la erosión les deja y el fondo copado de lo que les trae el viento, partículas de la degradación ajena más que de la propia, porque somos todos, el mundo es todos, y sigue siendo todos a pesar que, de vez en cuando, el mundo que es sólo de unos se nos meta como una brizna en el ojo o como un microbio que nos hace estornudar. Eso creo que lo olvidan los que profesan un arte mecánica, que como poco el mundo es muchos, y lo que para unos es un poema, para otros es el viejo mundo, es un pañuelo alrededor de la muñeca.

Creo que el deseo que se enuncia en primer término es pulsional. “Necesito ser” por lo tanto “ser lo que no soy”, o una variante ajena de ello, “soy lo que en potencia puedo ser”. Creemos en lo que nos diga el otro a pies juntillas, un otro prosaico, teniendo sin embargo más a mano un otro justo e íntimo, “soy lo que diga el día de mañana”. Somos lectores, eso sí, eso está ahí de tanto en cuando leer con el mundo. En todo momento. Hay un deseo que se ‘dice’ y un deseo que se ‘hace’. Da igual que el escritor ‘diga’ que su deseo es tener 3000 lectores. El escritor ‘sabe’ (en el fondo de sí mismo, en el interior del acto de escribir) que si lo hace público la palabra es pública ‘ante todos’. El escritor sabe que va a ser devorado, no por el acto de leer, sino por su simulacro (la comunicación cultural, la gesta, en la que siempre sale derrotado, de ‘explicar’ su obra, y la recompensa implícita, de cualquier modo, que a veces arruina su universo simbólico) porque el acto en vez de detenerse ante el otro, y escindirse en sí mismo, se convierte en una transacción, en un intercambio con unos seres que ocupan el espacio al que antes recurrían las incertidumbres de la imaginación del escritor y que se dibujaban con la presunta pureza de los símbolos y que ahora son perfectamente capaces de hacer olvidar todos los sueños.

Vivimos en un mundo en que a cualquiera que diga que es poeta se le aprehende a reproducir y normalizar el discurso del poder. Hay lectores que esperan otra cosa de la poesía pero la abandonan. Las escrituras mejoran, formalmente, para los que la técnica es un sinónimo de un artificio y no el desarrollo natural de una pulsación innata, porque ahora lo que escribe, aquello que sostiene en la mano las palabras, es el lugar que ocupan en ese submundo. Escribiremos entonces como ‘narradores’, ‘ensayistas’, ‘poetas’, ‘críticos’, poseedores de un lugar en un compartimento. Ya no se necesita ‘el’ orden simbólico, a veces este no ha estado más que a ratos, el orden simbólico está ya inscrito en el orden simbólico de lo que está aceptado, de lo que ha sido intercambiado por otros antes de nosotros, (esa era y es la moneda gastada, no una metáfora sino el día a día) de los que ya han hecho sitio en el mundo para que lo que eran nada menos que palabras ahora sean ‘gestos’, gestos a la manera de la retórica de la postmodernidad, gestos como versos sueltos de un poema que se teme sea leído al completo.

Creo que si siempre que se hablara de cultura se pensase en una definición iluminada por los etnólogos sería mucho más esclarecedor. Leer es entrar a un comercio o a una biblioteca, en una parte de la comunidad, dar dinero en mano, o en los impuestos, por una mercancía, consumirla, a veces reciclarla en otro bien, a veces intercambiarla de nuevo, al final siempre ser mostrada como un objeto encima de una mesilla o en una librería, depositar de su interior parte en nosotros mismos. Simbólicamente es igual que comer o vestirse. Es un convenio, pero del orden de “nada muere, todo se transforma”. Lo otro del libro, su lectura y su escritura, permanecen como la digestión de los alimentos, o la temperatura del cuerpo entre las vestimentas. Casi invisibles, pero nos modelan intelectualmente, como la comida modela el interior del cuerpo, o la ropa modela silenciosamente nuestras acciones en un día de paseo.

Sobre la llamada interior que siente el poeta a inventar un destino para el que haber nacido, creo que en el siglo XXI, después de más de seis mil años de escritura, cuando sabemos que toda la historia del siglo XX está llena de sacrificios traicionados, esfuerzos colectivos conducidos al abismo, decepciones, aún cada vez pidiéndole menos a nuestros congéneres, sólo que nos saquen de esta en la que nos han metido sus dioses, y cada vez más cerca de ver un final que dé en unos y de otros la razón libertaria, o sea, que nos los devuelva de la locura, el problema está en los líderes, en tener líderes, en esperar que uno solo sea la conciencia de muchos, el brazo de todos, el pensamiento de algunos. En este siglo estamos aprendiendo que cien de uno en uno son más que uno y noventa y nueve. Que el poder corrompe si no lo repartimos. Que el poder de uno es una novela y el poder de todos es poesía.

JOSÉ RAMÓN OTERO ROKO.

www.afaltadelectura.es

La falta de lectura
José Ramón Otero Roko
128 páginas
9 euros
Colección poesía, 147

Publicado el 10/7/2011

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