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El ciclista de Chernóbil, de Javier Sebastián


Javier Sebastián nació en Zaragoza en 1962. Vive en Barcelona. Es autor de las novelas La casa del calor (Versal, 1990), El hombre constante (DVD Ediciones, 1998), Historia del invierno (también en DVD Ediciones, 2000) y Veinte semanas (Espasa Calpe, 2004). La crítica ha destacado desde el principio la fuerza turbadora de sus personajes, la precisión de su estilo y la brillante arquitectura de sus historias.

El protagonista de El ciclista de Chernóbil es el físico nuclear Vasili Nesterenko, uno de los encargados de las labores de extinción del incendio en el reactor de la central en abril de 1986. Al día siguiente de la catástrofe fue convocado a Chernóbil. Su misión, según declaró años más tarde en el Georges Pompidou de París, era evitar lo que los primeros cálculos sobre el terreno anunciaban que podía ocurrir. Javier Sebastián ha convertido esta novela en una apasionante averiguación de lo que sucedió en aquellas fechas que desconcertaron y estremecieron al mundo. La ficción se reúne sin contradicción con la realidad en esta historia para permitirnos oír todas las voces que protagonizaron la catástrofe: documentos de la ONU o de la AIEA, testimonios de gente que vivió en la zona prohibida, correos electrónicos, las investigaciones del doctor Andrei Gudkov que publicó la revista Science, también las palabras de los muertos. Pero El ciclista de Chernóbil es también una celebración de la vida y de la alegría. En Pripyat, la ciudad clausurada y prohibida, evacuada tres días después del accidente, las hermanas Zorina convocan bailesy el flaco Laurenti Bajtiárov canta románticas canciones de Demis Roussos. Por Pripyat deambulan desertores de Chechenia, la maga Parasca, que dice que puede acabar con el estroncio 90, el matrimonio Jrienko, que se alimenta de las lombrices que encuentran en los desagües, o la vieja Nastia, que planta cebollas sobre las tumbas de sus muertos. Colonos de la vida radiactiva. Resistentes. Escrita desde la perspectiva de la incertidumbre, con un estilo preciso y sin artificios, sobria, polimórfica y llena de silencios, El ciclistade Chernóbil recorre desde la ficción una verdad que nos sobrevivirá a los seres humanos como especie durante cientos de años.

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RESUMEN DE EL CICLISTA DE CHERNÓBIL
Javier Sebastián ha preparado para DVDEdiciones.com el siguiente texto con imágenes, documentación que podrán encontrar también en la página web del autor http://javiersebastian.com

Al sur de Bielorrusia hay una ciudad abandonada. Se llama Pripyat. Allí vivían 48.000 personas hasta que fue evacuada por el accidente de Chernóbil, del que se cumplen 25 años esta primavera de 2011. La ciudad está vacía, aunque hay periodistas que recogen testimonios de gente que dice lo contrario. Acaso no sea más que una posibilidad.


Los autos de choque de Pripyat, donde transcurre uno de los primeros
episodios de El ciclista de Chernóbil
.

Durante años, a pesar de que las autoridades militares controlaban los accesos por carretera, los saqueadores han ido vaciando de enseres la ciudad, para luego venderlos en los mercadillos de Minsk o Kiev, o en pueblos como Slavutich y otros. Existen vídeos (www.pripyat.com) en los que se ve a gente llenando un camión de radiadores, de puertas, de sillas. Otro en el que se ve a un hombre montado en bicicleta que aparece por la esquina de una calle y se va. Se sabe con certeza que algunas personas desplazadas han ido volviendo a sus casas.


De El ciclista de Cernóbil: “Ante la cámara de la Focus WTV de Bélgica, el señor Hurvatov, restaurador de muebles, se queja de que Liudmila, su mujer, quiere tener todo el día la luz encendida. Y eso no puede ser, le dice.
Ella protesta: Pues ponme una vela, por lo menos.
Entonces parecerás una muerta.
Liudmila se cruza de brazos.
Ruslan Hurvatov, escucha bien lo que voy a decirte: Como me obligues a estar otra vez a oscuras, hablaré.
Pobre Liudmila, pero tú qué vas a hablar, si no sabes nada.
Desde que murió, explica el señor Hurvatov mirando con tristeza a la cámara, siempre está con lo de la luz. Le he dicho mil veces que se acabó la energía eléctrica, pero ella como si no me oyera.
Que cuando te mueres ya no hay energía eléctrica que valga”.

Vasili Nesterenko, uno de los físicos nucleares más importantes de la antigua Unión Soviética, trabajó durante 20 años para el ejército en el desarrollo de centrales nucleares transportables que alimentaran de energía el lanzamiento de misiles intercontinentales, los SS-20 y SS-25 de la época Reagan. Se llamaba “Proyecto Pamir”.

Al día siguiente del desastre, Vasili Nesterenko fue convocado de urgencia a la central, pues se temía que entre 10 y 12 días después del accidente pudiera producirse una explosión nuclear convencional. Si eso hubiera sucedido, según declaró en el Goerges Pompidou de París en 2002, toda Europa sería ahora inhabitable. Al fin, gracias entre otros a Nesterenko, eso no ocurrió: usaron nitrógeno líquido y planearon un ingenioso sistema de dragado subterráneo. Miles de bomberos volvían a la superficie con la cara quemada de la radiactividad, con manchas negras en la piel (según cuenta el físico ruso Vasili Yavlokov, en Chernobyl, 20 years on, el 99, 97% de ellos han muerto o están muy enfermos), pero no hubo explosión nuclear. Después de aquello, Nesterenko abandonó el ejército y, con la ayuda del Nobel Sajarov y el ajedrecista Karpov, fundó el BELRAD.

http://belrad-institute.org/UK/doku.php

Wladimir Tcherkoff contó en Le crime de Tchernobyl que a Vasili Nesterenko intentaron matarlo dos veces, también lo cuenta la periodista Galia Ackermann, autora de Tchernobyl, retour sûr un désastre. Salió ileso, al contrario que otros amigos o colegas suyos, como Valeri Legassov, que fue quien dio la versión ofical del accidente ante la AIEA en Ginebra en 1984, Zhores Medvedev, Tchecherov y otros cuyos nombres se recogen también en la novela.


Una vista del Medsanchast 126. Allí se esconde el cantante de música ligera Laurenti Bajtiárov,
uno de los personajes de El ciclista de Chernóbil, que canta canciones de Demis Roussos.


Quizás, Oletchka y Rostislav Jrienko. Dicen que en la zona prohibida las gallinas se crían con la cresta negra. Se les quita y ya está. De El ciclista de Chernóbil: “Un día, dijo Zhmíjov, encontré en el vestíbulo dos gallinas vivas. ¿Se da cuenta? Era el Primero de Mayo cuando aparecieron las dos gallinas. Bah, Primero de Mayo, me dan ganas de vomitar. ¿Usted qué opina? Vamos, no se quede callado, dijo mientras removía la col en el agua tibia. En Pripyat hay libertad de expresión”.

La novela cuenta algunos episodios de la vida de Vasili Nesterenko, hasta que un tercer intento de asesinato lo lleva a refugiarse temporalmente en Pripyat, donde nadie habría de buscarle. Después de un tiempo en la más absoluta soledad, va poco a poco encontrándose con gente que se esconde por los edificios.

Con la ayuda del joven Yevguenio Brovkin, un guía turístico que les lleva comida limpia a cambio de participar en un negocio de exportación de especies que han mutado por la radiactividad, Nesterenko organiza la reconstrucción y la vida en la ciudad, convirtiéndose en jefe del gorkom, que es el máximo organismo administrativo municipal en tiempos comunistas.


Tal vez la vieja Nastia, que acudió feliz al baile que convocaron las hermanas Olga y Anna Zorina en el cine-teatro Prometus, de Pripyat. “Junto a los árboles secos”, se lee en El ciclista de Chernóbil, “Vasia vio al fin una empalizada. La casa era una khata al estilo ucraniano, de tabla oscura. Apoyó la bicicleta contra el pozo. Vengo de parte de Laurenti Bajtiárov, gritó a distancia. Le traigo un par de botas de regalo. Entonces abrió la puerta una mujer envuelta en trapos, esa era Nastia Ósipovna Eltsova, creía que así, con tanta ropa, se protegía de la radiactividad.
Hablaron de las fuerzas transformadoras, de las personas que saben callarse a tiempo, del espíritu moderno.
Ella le contó que tenía a su yerno enterrado en la parte de atrás de la casa. Su yerno Piotr, un fenómeno de la electrónica. Y que para señalar la tumba, aparte de poner una cruz, plantó cebollas alrededor. Las plantó de forma que delimitaban un corazón”.

Se celebran fiestas, se conciertan amoríos. Hasta que una ONG francesa, “L’Espoir des Hommes”, les ofrece un trabajo en las afueras de París. Nesterenko acepta y desde allí vuelve a enviar documentos del BELRAD a los organismos científicos de todo el mundo, esta vez acompañados de los protocolos secretos que la diputada rusa Alla Yaroshinskaia (The forbidden truth) sacó del Kremlin en la época de Yeltsin.


Así que corrí a buscar a Ekaterina. Era monitora y había acampado con un grupo de pioneros en el Bosque Rojo. Rojo, porque después se volvió de ese color, por la radiación. Aunque entonces no se llamaba así. No tenía nombre concreto. El bosque, sin más. Anastasya Kozarev, dijo como recitando, Vladislav Ivanovich. Me sé la lista: Ruslan Gerasechkin, casi un atleta, Aleksei, recién llegado del pueblo de Nisimkovichi. Todos murieron a los pocos días”.

En El ciclista de Chernóbil se habla de una mujer que entierra a su yerno electricista bajo un huerto de cebollas plantadas en forma que delimitan un corazón, de una prostituta llamada Katia Badáyeva, que se va muy lejos porque de pronto todos los hombres habían empezado a oler mal, de un niño que compone canciones tristísimas a su pájaro Anatoli, de un hombre muy presumido que viste un ceñido traje color vainilla para impresionar a Anna Zorina, de Yana Ledneva, que siempre va diciendo que no lleva nada debajo de su vestido de color verde martín pescador, de un soldado que no puede quitarse de la cabeza el gol de Maradona contra Inglaterra en la final del Mundial de 1986 (el mismo año del accidente), de un científico que cree que el paso del cometa Halley en aquellas fechas de 1986 tuvo mucho que ver, de decenas de personajes que van y vienen con sus insignificantes miserias. Y, sobre todo, de Vasili Nesterenko, el ciclista de Chernóbil.

Documentos de la ONU, de la AIEA, correos electrónicos, las investigaciones del doctor Andrei Gudkov con el CBLB502, que publicó la revista Science, las palabras de los muertos: El ciclista de Chernóbil es una averiguación. Pero también una celebración de la vida y de la alegría. Escrita desde la perspectiva de la incertidumbre, con un estilo preciso y sin artificios, sobria, polimórfica y llena de silencios, El ciclista de Chernóbil recorre desde la ficción novelesca una verdad que nos sobrevivirá a los seres humanos como especie durante miles de años.

UN FRAGMENTO DE EL CICLISTA DE CHERNÓBIL

Convencidos de que se morían, Rostislav Jrienko y su mujer Oletchka desmontaban las puertas de todos los pisos donde habían dormido al menos una noche. Las apoyaban sobre cuatro sillas, como si fuera la mesa suplementaria para una celebración en casa y con unas tijeras rayaban una cruz en la cabecera. Luego iban sus nombres: Rostislav, de Teremtsy, 1951. Y Oletchka, 1956. Cuando les llegara la hora, siempre tendrían así una puerta a mano, pues por encima de todo querían cumplir la tradición de sus antepasados, que consistía en presentar el cadáver sobre la puerta de casa para el velatorio.

Rostislav Jrienko, operario de la línea de ferrocarriles, y su mujer Oletchka habían vuelto a Pripyat después de los años. Igual que las lombrices, que durante mucho tiempo se habían ido hacia lo más profundo. Lo habían observado las abuelas de la aldea de Voznesensky. Pero ahora están saliendo. Se pueden comer y alimentan lo suyo, las lombrices.

Les tiene que quitar esta parte, mire. Lo demás se come todo.

Eso fue lo que le dijeron a Vasia, así se conocieron, hablando de lombrices. Y de puertas para presentar al muerto. Vasia daba una vuelta en bicicleta para mantenerse en forma y de pronto los vio agachados junto a la cañería de un desagüe, removiendo la tierra con las tijeras. Se miraron. Pasaron un par de minutos sin decirse nada, como si estuvieran contemplando una aparición.

Al fin, Vasia volvió a poner el pie en el pedal y justo entonces Oletchka dijo:

No se vaya, estamos aquí por las lombrices. Es carne tierna. Saben como las ranas de los estanques y no hay que ir tan lejos para cogerlas.

Algunas miden un palmo.

Se miraban con recelo. Como si, aparte de lo que veían, ni la voz de unos ni los ojos asombrados del otro fueran pruebas fiables de su existencia.

Antes del accidente de la central, Rostislav Jrienko había estado destinado en la estación de Yánov, junto a Pripyat. Trabajó cinco meses de mantenimiento de sistemas eléctricos, hasta que los evacuaron. Estuvieron una temporada alojados en casa de unos familiares de Kiev y luego las autoridades les entregaron un apartamento en Slavutych, la ciudad refugio que se construyó a toda prisa con aportaciones de cada una de las Repúblicas de la Unión Soviética. Edificaron a 38 kilómetros de la central. Eso era demasiado cerca. Y también era demasiado falsa aquella ciudad de Slavutych, en la que cada calle reproducía la arquitectura tradicional de una República distinta.

Teníamos allí una tienda de alimentación. Ropa de trabajo, toda clase de cebos para la pesca.

Oletchka se sentó en el bordillo de la acera y se retiró el pelo hacia atrás haciendo peine con los dedos. Luego se puso a limpiarse las uñas con las tijeras, con cuidado de que no se le escapara el botín de lombrices que tenía en la mano. Mientras hablaba, su marido Rostislav seguía buscando lombrices junto al desagüe. Nos las apañamos, ya lo ve. Y usted, ¿qué ocupaciones tiene?

Vasia tragó saliva. Se tomó su tiempo y después dijo que esconderse.

¿Eso es una ocupación?, preguntó Oletchka.

Bueno, también adecento mi habitación del Polessia, donde vivo, media docena de macetas con flores quedarían fenómeno. No hay que abandonarse, es ley para la supervivencia. Y los colchones que estén bien se almacenan, los demás se tiran. La verdad, yo tampoco estoy mal del todo. Pripyat empieza a gustarme. Cada vez vamos saliendo más gente del agujero. Acabaremos fundando una vida nueva, así lo veo yo.

Oletchka se le quedó mirando.

A Laurenti Bajtiárov igual lo conoce, siguió Vasia, al menos le habrá oído cantar.

Ah, es ese del Prometeus, dijo Oletchka mientras se ponía de pie. Nunca hemos hablado con él, debe de estar mal de la cabeza. Un día fuimos al Prometeus, porque sabíamos que andaba por allí, siempre rodeado de perros. Entramos de puntillas, nos sentamos en las butacas de atrás y le oímos cantar. Qué bien entonaba las melodías.

¿Se esconde porque es usted un delincuente?, interrumpió Rostislav Jrienko dirigiéndose a Vasia con un puñado de lombrices en la mano, tenía esa preocupación y quería una respuesta. Según lo que escuchara, le regalaba una.

Vasia se echó a reír. Oh, no, ningún delincuente. Y entonces casi se le escapa que era físico. Más en concreto, físico nuclear. Constructor Jefe de la Planta Nuclear Móvil del Proyecto Pamir. Pero se calló. Y aún se reía más. La desfachatez de reírse en aquella Pripyat polar junto a Oletchka y su marido, Rostislav.

El ciclista de Chernóbil
Javier Sebastian
236 páginas
15 euros
Colección los 5 elementos, 65

Publicado el 4/4/2011

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