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Adulto extranjero, de Martín López-Vega


Martín López-Vega (Po de Llanes, Asturies, 1975) es autor del poema largo Extracción de la piedra de la cordura (DVD Ediciones, 2006) y de los libros de poemas Travesías (1997), La emboscada (DVD Ediciones, 1999), Mácula (DVD Ediciones, 2002), Elegías romanas (2004) y Gajos (2007). Equipaje de mano (2000) y Raíz de fresno infeliz (2009) recogen algunas de sus versiones de poetas de distintas lenguas.

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Siempre he creído que Martín López-Vega era un doble poeta que iba haciendo su poesía por dos senderos paralelos. Por uno de ellos transitaba el viajero, el letraherido; por otro caminaba el que siempre deja en sus poemas algo así como un anticipo, un pálpito, de la vida y también de la muerte, sin «literatura». Según mi día, yo elegía para leer a un poeta (el de consolazione) o al otro (el de provocazione). Hubo momentos en que «ambos» coincidieron en el mismo libro, pero poco a poco cada uno de ellos encontró su lugar. Y esto enriqueció y aclaró (definió y ahondó) la poesía de López-Vega. En 2006 firmó Extracción de la piedra de la cordura, uno de los mejores libros de su generación; es más: uno de los poemarios fundamentales del cambio de siglo. Pues bien, aquí está el «complementario» de aquel libro, su otro yo, su hermoso azogue.

Julián Rodríguez

UNA ENTREVISTA A MARTÍN LÓPEZ-VEGA POR LINO GONZÁLEZ VEIGUELA

Adulto extranjero es el nuevo de libro de poemas de Martín López-Vega (Po de Llanes, Asturias, 1975), tras el poema largo Extracción de la piedra de la cordura (DVD, 2006) y Gajos (Pre-Textos, 2007). Traductor y editor además de poeta en castellano y asturiano, López-Vega ha ido construyendo en los últimos quince años una voz poética en la que la propia biografía se observa a través de lentes muy dispares en el tiempo y en el tono: de la simbología originaria del Gilgamesh a la carnal poesía goliárdica, de la tradición persa sufí a la profunda levedad de la poesía oriental, llegando hasta el coloquialismo de la más reciente poesía anglosajona, con Simic como claro referente, y a la poesía escrita en los países de la Europa Oriental, con una especial predilección por la poesía polaca escrita en la segunda mitad del siglo XX y por la obra de Brodsky, a medio camino entre la tradición rusa y la anglosajona. No es de extrañar que que al hablar de su propia poesía, López-Vega haga referencia a la técnica del collage. Tampoco sorprende que diga que su propósito al escribir poesía es redactar ese libro de instrucciones para entender y vivir la vida (escogiendo siempre vivirla si el vivir entra en conflicto con el entender, aunque el equilibrio resulte a menudo imposible). En otras palabras, escribir poesía para conformar todos los posibles collages que podemos componer con fragmentos de lo que somos, dispares tomados uno a uno, pero con una cierta apariencia unitaria si los ensamblamos estéticamente, al dictado de nuestro gusto y de nuestro instinto de conservación, para ofrecernos una imagen más comprensible del absurdo que supone vivir.

-El libro se titula Adulto extranjero, según explicas en un poema, porque así te definió la taquillera de un museo. ¿Tan identificado te sentiste?

-Me hizo gracia, porque me pareció que tenía algo de caricatura de mi poesía, tan llena siempre de poemas que pasan en otra parte. Luego pensé que además de lo que tenía de caricatura tenía sentido para este libro que habla de un cierto paso de frontera personal.

-En el primer poema del libro te encontramos en Lisboa, solitario, mientras que el último poema es un recuerdo luminoso de unos días pasados en Roma en compañía de una mujer. ¿Fue intencionado comenzar y terminar el libro con estos poemas? ¿Querías representar un ciclo vital y literario cumplido entre 2007 y 2010?

-Habría mucho que hablar de las fronteras entre lo literario y lo personal, aunque no puedo negar que la materia prima fundamental de mi poesía es mi propia experiencia vital, que es la que trato de explicarme. Y el libro sí, se plantea de esa manera, comienza con una crisis, pasa por un tremendo cacao mental y acaba más o menos bien, con una cierta epifanía… Tardo entre tres y cuatro años en reunir los poemas de un libro y en ese tiempo pasan muchas cosas, sobre todo si uno es adicto al cambio como yo. En realidad, ese es también uno de los temas del libro: creo que soy adicto al cambio por obligación secular, pero contra mí mismo. Una contradicción más.

  -Aludes en varios poemas al sinsentido de pretender buscar un sentido a la vida. Prefieres quedarte, dices, con el latido de las cosas, con su sentimiento.

-Hasta donde sabemos, la vida no tiene sentido, ese es un hecho que no es fácil de contradecir. Es una casualidad feliz. Eso no hay que verlo como algo negativo: si no tiene un sentido predeterminado, nosotros podemos dárselo. Debemos dárselo, podemos elegir. Eso tiene unos límites: los que impone la sociedad. Somos libres en un sentido muy abstracto, porque luego estamos obligadísimos por la sociedad. De modo que somos seres obligados a serlo contracorriente. No es fácil, y escribir poemas es una forma de tomar nota de las formas de conseguirlo, aunque sea en pequeñas formas, y de las equivocaciones, para no repetirlas. Existe la posibilidad de conformarse, claro, pero esa no es nada interesante. Lo que digo siempre, vaya, incluso cuando hago de negro: escribir poemas es intentar escribir ese libro de instrucciones de la vida que no nos dan cuando nacemos.

-¿Un libro de instrucciones para armarnos o para desarmarnos?

-La única forma de armarnos es desarmarnos primero. Extracción de la piedra de la cordura iba un poco de eso, de la necesidad de poner en cuestión todo lo aprendido antes de poder decidir con una libertad real qué es lo que queremos ser, cómo queremos vivir. Si queremos ser “mecánicos de nosotros mismos” debemos conocer las piezas de las que estamos hechos, cuáles son culturales, cuáles no, etc, para saber qué podemos reparar, en qué condiciones, qué podemos añadir, y de qué cosas nos resulta imposibles librarnos…

-En este libro, como en la mayoría de tus libros anteriores, hay muchos poemas que "suceden" en países extranjeros. Has escrito que viajas para contemplarte con una cierta perspectiva.

-Más que para verme con otra perspectiva, me gusta viajar para perderme de vista, para dejar de ser el que soy habitualmente, para, como dice un poema de Espmark que me gusta mucho, “darme de baja en el contexto”. No siempre es fácil dejarse a uno mismo atrás. Pero la búsqueda de la intensidad tiene que ver con la suspensión de la cotidianidad, y eso es más fácil lejos de tu casa, de tu trabajo, de lo que te es familiar. Cuando estás fuera, estás, como dice Denise Levertov, “alerta ante lo posible”, sin obligaciones. Buscando que ocurran cosas. Claro, eso es verse desde otra perspectiva, la de ser más libre, la de buscar el modo de seguir siéndolo al volver.

-En muchos de estos poemas sobre viajes aparecen visitas a museos. Sé que te interesa mucho la relación entre la pintura y la poesía. O, para ser más precisos, que la pintura te ha permitido entender con más claridad algo que consideras muy importante tanto en tu poesía como en la de tus poetas preferidos: la capacidad de aprehender esos raros momentos de epifanía que en ocasiones son tan fugaces que podemos llegar a no darnos cuenta de que los estamos viviendo.

-Sí, he escrito muchos poemas sobre cuadros que me han iluminado, casi siempre cuadros muy poco famosos. Yo veo esos poemas como traducciones de los cuadros, es un ejercicio que me gusta mucho y del que siento que aprendo mucho. Los poemas sobre museos, y es verdad que hay mucho museo en este libro, son otra cosa, o al menos lo intentan: una reflexión sobre lo que tienen de forma de entender nuestra historia, a menudo por oposición, cuando la mayoría de ellos, estén en el país que estén, son iguales. También sobre si esa epifanía es posible cuando para ver un cuadro tienes que ser capaz de eliminar la interferencia de otros mil turistas que pasan ante él y que tienen el mismo derecho a verlo que tú. Esa epifanía es más difícil, por esa abundancia de candidatos y porque cada vez nos resulta más difícil la sorpresa: ya nunca vemos nada por primera vez. De todo hemos leído, todo lo hemos visto en fotografías, en vídeo, en tres dimensiones. Una labor de la poesía contemporánea es descubrir dónde se produce hoy la epifanía, la duración.

-Aunque considerando esas dificultados para lograr esos instantes de epifanía, muchas veces el poema deba limitarse a constatar esas dificultades que mencionas, ¿no?

-Claro, la poesía no habla sólo de instantes logrados, de hecho abundan más los malogrados, pero todos ellos forman parte del mismo experimento. La poesía que me interesa tiene algo de informe de experimentos de intensidad. Algunos salen bien, otros no. Pero todos son igual de interesantes para futuros intentos… Esa intensidad me parece lo único interesante en la vida, ¿por qué no iba a serlo en la poesía?

-También abundan en el libro, y en general en tu obra, los poemas de amor. ¿Qué representa para ti, cómo afrontas la escritura de un poema así?

-Como te decía, escribo mis poemas para intentar entenderme, para librarme de lo que no me gusta y conseguir mantener a mi lado lo que me gusta, y en un sentido amplio, estoy de acuerdo con aquello que decía LaFontaine de que “Todo el universo obedece al amor”. Ahora sólo se me ocurren bobaliconerías así que me voy a callar. Pero la cosa va por ahí: por entender ese sentimiento, por guardar ciertos instantes (el poema que debe ser una radiografía, pero a la vez una fotografía), y, qué carajo, por hacer regalos a quien me gusta, por decírselo.



Foto de Sarabel Delgado

 -Respecto a tus poetas preferidos, siempre has defendido la necesidad de que la poesía se abra continuamente a otras tradiciones. Sé que has tenido algunos intercambios de opiniones con otros poetas de tu generación sobre el tema de la tradición, de la importancia tiene para ti la tradición poética española, por ejemplo, y de la importancia que han tenido otras tradiciones poéticas extranjeras que has asumido como tuyas en igual o mayor medida que la española.

-Es que no me interesan las tradiciones provinciales. Para mí James Merrill es un poeta de mi árbol genealógico, lo mismo que Li Po y lo mismo que Jorge Manrique. El equívoco de que la poesía no se puede traducir, la confusión entre métrica y ritmo y cierto nacionalismo literario han provocado mucha confusión. Las diferencias entre un idioma y otro son circunstanciales: no hay nada que no se pueda traducir, a no ser algunos juegos de palabras (y no pasa nada si nos perdemos unos cuantos juegos de palabras). Dicho esto, no soporto a los poetas incultos. No es que me interese la tradición: es que la tradición soy yo. Escribo en la tradición, y no puedo hacerlo de otra manera. En ella crezco y en ella innovo. Es tan evidente como que si uno quiere hacer botijos tiene que ir a que alguien le enseñe a hacer botijos. Luego, después de aprender, puedes darles tu toque (tampoco me interesan los poemas que son botijos iguales a botijos iguales a botijos). Entonces, uno lee que alguien despacha treinta años de poesía española sin más y, sobre todo, demostrando que no la ha leído, y encima ese alguien es un escritor al que de pronto se le presta mucha atención, y no me queda más remedio que opinar. A mí me gusta mucho opinar, discutir. Yo creo, por ejemplo, que Carlos Marzal es un poeta cojonudo, pero su último libro me pareció muy equivocado y lo dije. Así que yo hablo, pero la verdad, intercambio no hay ninguno. Nadie quiere discutir conmigo, jajaja. De lo que quieren hablar es de posmodernidad, del modo más decimonónico posible.

-¿No te encuentras un poco desorientado también tú con tantas variaciones del concepto modernidad? Modernidad, posmodernidad, ultramodernidad...

-A mí los conceptos me dan igual. Hay unos pocos que pueden resultar útiles para hablar de ciertas cosas, pero en general me parecen una gran paja mental. Reducen, y la verdad, y lo divertido, y lo sabroso, está siempre en el matiz, en lo particular. Quiero decir, puedo hablar diez minutos de si el árbol de Saussure o el rizoma de Deleuze, pero más tiempo me aburre. Y además no soporto a los integristas de tal o cual concepto. Esos dos mismos, por ejemplo, creo que son ambos interesantes y que existe una forma de complementarlos. Pero siempre he tenido la intuición de que lo que importa es la práctica, la experiencia. Quien tiene experiencia no necesita teoría. Esa discusión no me interesa si no es de forma implícita en los poemas. A no ser que sirva. Y como esa, todas.

-En relación con esto, también me gustaría comentar la influencia que ha tenido en tu obra y en la de otros poetas de tu generación un genéro como el de la canción popular. Sé que eres un gran admirador de Franco Battiato, también de Dylan, de Cohen, de Van Morrison, etc. No sé si quieres comentar algo sobre la retroalimentación entre canción y poesía.

-Un poema y una canción son dos cacharros absolutamente distintos. Hay vías de comunicación entre ambas cosas, pero lo normal es que un buen poema sea imposible de cantar y algo que como letra de canción funcione a la perfección, al quitársele la música se quede en algo obvio. Yo creo que en esos cantantes hemos encontrado, sí, algún verso, alguna canción, pero sobre todo actitudes. No sé si Battiato ha influido en mi poesía, aunque haya utilizado algún verso de sus canciones. Pero en él he aprendido curiosidad, me ha hecho interesarme por otras culturas, por otras filosofías de vida. Es más un maestro de vida que una influencia literaria. Creo que lo mismo han sido Cohen, Dylan, Gainsbourg o Sabina para otros. Luego hemos jugado con versos suyos, sí, pero lo que queríamos no era escribir sus canciones, sino ser un poco como ellos y luego escribir los poemas de otro.

-En Adulto extranjero hay muchos poemas en los que tiene un peso destacado el sentido del humor. Y también el surrealismo aparece en algún poema.

-Es que era muy raro que mis libros anteriores no fueran un poco más gamberros, como este es. Yo no soy nada solemne. Los verdaderos místicos son los que cuentan buenos chistes. Los poetas serios no son profundos, son unos pelmazos. Mientras escribía Extracción de la piedra de la cordura sentí una libertad creativa enorme, y, sobre todo, con ganas de destruir la idea de buen poema. No más poemas correctos. Creo que eso –o al menos, eso espero- lo he trasladado también a los poemas de este libro. En cuanto al surrealismo, me interesa mucho como máquina de generar imágenes, pero yo siempre que escribo un poema es porque quiero decir algo. La irracionalidad no me interesa más que puntualmente. En los demás la encuentro muy divertida. Todo lo que sé del surrealismo me lo enseñó esta frase de Charles Simic: ¿Qué quiere decir ser surrealista en un país –digamos en un mundo- en el que millones de personas afirman haber sido abducidas por extraterrestres al menos una vez en la vida?

-Es habitual que uses versos de otros dentro de tus poemas.

-Tiene que ver con el collage, que es una técnica que me gusta mucho, más mezclada con otras que así en bruto, aunque hay algún poema mío que es un collage hecho con frases recortadas en periódicos (y no me refiero a los que se llaman así en este libro, sino a otros en los que aparentemente no hay nada de collage) y con que esos versos me andan por la memoria y a veces se me imponen con la misma urgencia que los propios. Como decía antes, y perdón por repetirme, uno escribe desde dentro de la tradición, y ahí está todo eso listo para salir de una forma nueva.

-No sé si estarás de acuerdo con que una enumeración caótica puede explicar con más precisión el mundo que estamos viviendo que una ordeno análisis filosófico o sociológico de nuestra sociedad actual.

-Esa decía Bergson que era la forma de alcanzar la duración, la suma de imágenes de orden distinto. Es un recurso que me gusta, pero del que no conviene abusar… Y sobre todo, es un recurso muy rico, hay muchas formas de hacerlo. Como un collage, que es, en definitiva, lo que es.

-Hablando de cosas serias: tengo entendido que pocas cosas te gustarían tanto como ser testigo del fin del mundo...

-En el poema “Expongo mis ideas sobre el fin del mundo” explico lo que opino del asunto. ¡Y lo pienso muy seriamente! Bromas aparte, el fin del mundo es un gran tema literario. Y en pintura, mi género favorito es el juicio final, con especial predilección por el infierno. Y no me pierdo una peli con el fin del mundo como tema. Joder, el fin del mundo: eso sí que sería una epifanía… ¿Puedo pedir que le pongan música de Arvo Pärt?

DOS POEMAS DE ADULTO EXTRANJERO

LA TOILETTE

Es hermosa como un girasol sonrojado,
como una metáfora a punto de ser estrenada
recién salida de la ducha, envuelta
en la toalla que cae estratégicamente
para dejarle un pezón al aire
como el reclamo de una flor muy carnívora.

Sabe que la espío, y no la inquieta.
Sólo tiene ojos para sus ojos en el espejo:
puede retener su reflejo en el agua.

Debe de seguir existiendo el mundo ahí fuera,
pero aquí toda la luz se ha concentrado en torno suyo.
De sus frascos extrae ungüentos
que descubrirán su verdadero rostro
bajo la capa de días cansados y gestos forzados.
Su perfume se llama «Ange ou Démon»
pero todo en ella dice: ¿por qué elegir?
Se muestra y se oculta a un tiempo:
su alma es cristalina y adora el misterio.

Abandono mi escondite y me acerco
para alcanzar la epifanía

               —cuando se gira y me mira sonriendo
sabe que ya es Aretusa.

SÍTULA DE VACÊ

Piensa en el poeta que quieres ser.

El que hace hablar a las figuras antiguas
para explicar su historia, guerreros, sacerdotes.
—Por qué no, y que hable también
alguno de los animales mágicos. Pero no basta.

El que se fija en un detalle
(una espada, un vestido ceremonial)
para reconstruir una lección sobre el mundo.
—Puede ser, pero no cualquier detalle,
y que sea una pregunta lo encontrado,
no una respuesta.

El que se quiere artista contemporáneo
y cambia las figuras de la jarra por otras actuales:
guerreros por cantantes,
parturientas por presentadoras de tv.
—Qué divertido, juguemos también a eso.

El que se mira en el todo y la parte
como en un espejo en el que por fin
entender algo de sí mismo.
—Desde luego, nos vamos acercando.

El campesino que hunde sus manos en la tierra
y extrae de ella, como un regalo extraterrestre,
una vieja copa que ha cruzado intacta los siglos,
sin conocer la palabra sítula ni tener muy claro
quiénes fueron los celtas, y la limpia y la contempla
en su ajena belleza, como si la muchacha
más hermosa de Eslovenia fuese de repente suya
por una incomprensible errata del cosmos.

Ese, sobre todo ese quiero ser.


Adulto extranjero
Martín López-Vega
80 páginas
9 euros
Colección poesía, 137

Publicado el 2/11/2010

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