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Acrópolis, de Pedro Gandía
XLIII Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola


Pedro Gandía (Cuenca, 1953) es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia y cursó a su vez estudios en el Conservatorio Superior de Música y en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos. Sus estancias en París, entre 1974 y 1976, marcaron su educación literaria. Ha sido pintor, escultor en hierro, profesor de literatura, marchante de arte y director de las colecciones «Jade», de narrativa y poesía, del Instituto de Estudios Modernistas. Actualmente se dedica exclusivamente a la fotografía, el videoarte y la escritura. Es autor de los poemarios: Sábana Blanca - Sábana Negra (1973), Cacería (1983), Tríptico del Tiempo, la Belleza y la Muerte (1983), Columnata (1990), Amuatar (1992), Bajo una luz antiguapoemas en prosa– (1993), Helixsen catalán, Premi Josep Maria Ribelles–(1998) y El perfume de la pantera (1999). Ha publicado las novelas Burdel (2000) y La Habana y después (2011). Ha traducido, entre otros, a Oscar Wilde, Théophile Gautier, Charles Baudelaire, Gérad de Nerval, Eugénio de Andrade, Sandro Penna y Paul Valéry.

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«Hay todavía algunas acrópolis donde cabe refugiarse. Durarán tanto como nosotros.»

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EL SABOR DE LAS PALABRAS
―REFLEXIONES EN TORNO A UN ARS POETICA―
Por Pedro Gandía

La primera vez que me preguntaron por mi ars poetica fue en un programa de radio, en 1972, con diecinueve años recién cumplidos. Me escucho en aquella vieja grabación y me oigo decir que la poesía es un huésped inoportuno, al que no le he dado permiso para entrar en mi vida, que me asalta a cualquier hora del día o de la noche. Leo a continuación -con música de fondo, el adagietto misterioso de la Quinta Sinfonía de Mahler- un poema de Sábana Blanca-Sábana Negra, el libro que estoy escribiendo en ese tiempo, y que comienza así: Tres lluvias de cristal / me separan de ti, pájaro azul. El azul como la manifestación de la energía mineral, el tres como condicionante del individuo a nivel molecular, etc. Aquel deseo de azul sigue, en mí, vivo.

La segunda vez que reflexioné sobre mi ars poetica fue veinte años después, en 1992, en la presentación de mi poemario Amuatar, mi primera presentación en público. Entresaco de entonces estos fragmentos:

La posición del artista, su espacio escénico (estético) se corresponde con su concepción del acto creativo. Yo, en particular, siento la inutilidad de la existencia cuando escribo porque, de sobra sé que, cuando comienza la literatura, acaba la vida. Y, si escribo, es para huir del lugar donde me encuentro. [...] Nuestra obra, una vez publicada, o mejor, una vez que decidimos librarnos de seguir corrigiéndola, genera su propia teoría y determina, querámoslo o no, nuestra posición en el arte.

Ese delirio selvático que constituye todo mensaje artístico y que hizo gritar a Baudelaire, de un modo aterrador y sublime “Tout pour moi deviens allégorie” es lo que confirma la modernidad de nuestras creaciones.

Dos años después, en mayo de 1994, en unas jornadas de joven poesía valenciana que tuvieron lugar en Valencia, en el Club Diario Levante, como introducción a mis versos, leí una poética con el título Del arte de la mentira que comenzaba así:

Mi posición ante el hecho poético ha sido, desde siempre, la de un esteta que tiende a crearse una forma ideal del yo por el propio acto de escritura. Bella e inexacta verdad, mentira o ilusión, no siento de otro modo el objetivo mismo del arte, de lo poético.

Concibo la creación artística como un juego perverso ―en su significado etimológico de "retorno" o "regresión", de "desvío"― con cuyo artificio uno pretende recuperar ese fantasma originario del goce de la fusión primigenia entre el Yo ideal y el No-Yo, idéntico a la fusión del niño con su progenitora en el estado intrauterino.

Nunca me preocupó tener un ars amandi, uno ama. Y uno escribe, se escribe. Uno se escribe a sí mismo. El ars poetica es, en mí, un ars vivendi, un arte de vivir. Es el ars de cultivar lo que siempre se me critica, mis extremos, mi inseguridad, mi infidelidad a mí mismo, la confusión de los otros. Es el ars de un indisciplinado y sin convicciones. Porque toda disciplina, toda convicción envejece la forma. Un artista desenraizado, siempre extranjero, mestizo. Porque el artista muere cuando se acomoda.

Mi ars poetica surge de mi propia obra como una respuesta momentánea, apuntando hacia una propuesta de lectura y disparando luego hacia otro sitio.

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Lo real no es representable, es lo imposible, lo que escapa al discurso. No se puede hacer coincidir el orden pluridimensional de lo real con el unidimensional del lenguaje. Mallarmé demuestra lo real con el blanco de la página. En él es posible la utopía, la modernidad. Mallarmé es el rechazo del artista a la imposibilidad de representar lo real. La poesía es el lugar de lo real. Y la realidad, un vacío.

Yo soy obstinadamente irrealista y amo lo imposible. Desde Cacería, me propuse librarme del poder de la lengua trampeando. Todo es un juego de palabras, un teatro. El artista no contempla más que la responsabilidad de la forma, el lenguaje-límite. Y el lenguaje existe para ser puesto en escena.

Saber” y “sabor”, en latín, tienen la misma etimología. Con la escritura, uno gusta el sabor de las palabras, y ello conduce a la profundidad del saber. La poesía como conocimiento, diría Aleixandre. El saber reflexionando sobre el saber, a través de la escritura, diría Barthes. Los números y las letras en perfecto maridaje, objetividad y subjetividad, enunciado y enunciación. El saber como una fiesta.

El poeta escribe o sueña lo que encuentra. No se trata de un discurso de poder, no hay falta en él ni culpabilidad, no hay servilismo. El poema, graphe complejo de los trazos de una práctica, es una práctica de vida.

Uno se engaña siempre. Artimaña, desecho, destrozado, encerrar, librarse, someter, conminación, adivinar, señuelo. Y todo como dicho por boca de un personaje de novela.

P.G.B.

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DOS POEMAS DE ACRÓPOLIS

POETA TEBANO HACIA EL 422 A.C.

He sido báculo de las musas, dulce
recipiente sonoro de himnos a los hombres
que, al son de flautas lidias, devenían
estatuas de dioses por mis versos.
Ahora, aquí, en Argos,
en el año noventa y seis de mi existencia,
solo abro ya la boca para cantar a Zeus
que, magnánimo, aún regala a mis ojos
la frescura y la gracia
de las brillantes formas adolescentes.

LAUDAMIA A PROTESILAO SI, YA ESPECTROS,
ÉSTE LE SALIERA AL ENCUENTRO

A qué vienes a mí, si el amor es ausencia.
Regresa a tus infiernos, y el mito signifique.
Cuando aquel dios sombrío te arrebató en batalla,
fui yo quien murió en Troya
bajo un cielo implacable de puñales helados.
Pero el último anhelo de nuestro juego trágico
cifró, en aquella estatua que mis manos soñaran,
nueva pasión.
                 Dormíamos la vida entrelazados,
ajenos a las voces de todos los amantes del pasado.
Volvió a negar Acasto nuestro vínculo
y te lanzó a las llamas.
Aun así, no acepté ver cerrado el destino
y entré al fuego a abrazarte y a ser contigo el humo.
Después de tanta muerte, aprendí la verdad
del amor:
estas pavesas.

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Acrópolis
Pedro Gandía
112 páginas
10 euros
Colección poesía, 148

Publicado el 28/10/2011

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