Lecturas de verano
por Juan Manuel Macías

Verbena y despedida

En Cercedilla se realiza el ejercicio del fin del mundo todos los años por primeros de septiembre. Y el mundo termina como ha de terminar, no gracias a un acelerador de partículas europeo y aburrido, sino con una verbena y una traca. La verbena es la culminación de los entes, y aquí sabemos bien que, si el universo tiene un sentido, es para converger con su procesión de estrellas, planetas y galaxias en esa plaza imposible de un pueblo donde todos se emborrachan, bailan al son de la canción del verano y se absuelven mutuamente sus pecados.

El fin del mundo tiene que ser algo comunal y divertido. El de este año estuvo muy logrado, qué pena que ustedes no vinieran.

Por allí estaba la emperatriz Teodora de Bizancio, con tacones de aguja, minifalda de látex y sus cerca de 1400 años de semen acumulado. La vi bailar con muchos hombres que no eran yo. Y con algunas mujeres que tampoco eran yo. Me distraía a ratos de la contemplación Eduardo Punset, contándome ciertas teorías acerca del origen del universo. Punset hablaba siempre en inglés, pero su propia voz sonaba por los altavoces de la orquesta doblándole al castellano. Recuerdo que le hice un breve comentario, maravillado del hecho, al padre Brown.

En una esquina charlaba amigablemente el Marqués de Sade con su conciencia, y Catulo iba de un lado a otro con una copa de whisky nacional y coca-cola en la mano, sonriendo a todo el mundo desde ese aire tan suyo de estar en el sitio equivocado (es decir, donde no está Lesbia) y sin embargo no importarle nada y tomárselo con naturalidad. Un buen tipo, Catulo. Es el auténtico latin lover. Su americana irrepetible llevaba colgando el precio de la tienda, pero no le dije nada.

Góngora había montado un puestecillo para vender metáforas, justo al lado de un turco que hacía kebabs. Le invité a un kebab a Garcilaso, que venía de una lectura de verano de Sergio Gaspar. Venía con los ojos encendidos y los belfos apretados, y no hacía más que preguntarme si había visto a la emperatriz Teodora de Bizancio, porque tenía una cita con ella. No había empezado a enumerarle las virtudes de la espera y todos los que estaban antes que él, cuando la princesa de Rubén me tiró del brazo con cara de pocos amigos, arrastrándome al baile. Y bailé con ella una lenta y agarrada, pero sin querer se me disolvió en la camisa, dejándome una mancha de batido de fresa. Una mancha muy triste. Y por eso volví a mirar a la emperatriz Teodora de Bizancio, que atornillaba su lengua con la de Anactoria. Pensé en contárselo a Safo, pero ¿para qué? Nunca me coge el teléfono.

Bebí demasiado aquel fin del mundo, ni siquiera escuché la traca, y amanecí sentado en la terraza despoblada de un bar, otra vez con Eduardo Punset. Seguía hablándome del origen del universo, lo seguía haciendo en inglés, pero esta vez escuchaba su voz que le doblaba al castellano dentro de mi cabeza. Todos se habían ido ya, y la emperatriz Teodora de Bizancio bailaba sola frente al escenario vacío de la orquesta, con sus pechos desnudos desacompasados, y sus pezones tenían un curioso tono ocre hoja de otoño o libro viejo.

La mujer dormida seguía dormida. Y desde lejos, Gerardo Diego, encaramado en el ciprés de Silos, le arrojaba estos versos:

Tus ojos oxigenan los rizos de la lluvia
y cuando el sol se pone en tus mejillas
tus cabellos no mojan ni la tarde es ya rubia
Amor                   Apaga la luna
No bebas tus palabras
ni viertas en mi vaso tus ojeras amargas
La mañana de verte se ha puesto morena
Enciende el sol                  Amor
y mata la verbena

Publicado el 21/9/2008

Los otros

De vez en cuando las literaturas recurren al mito de un pasado legendario, fundacional, poblado por una estirpe de individuos excelentes, poderosísimos e invencibles. Esa raza maravillosa desapareció del mundo de la noche al día, inexplicablemente, y la mediocre generación de los hombres ocupó su lugar y quedó tan sólo para contar los cuentos a quien quisiera creérselos. Y los hombres miran hacia ese tiempo de extremo antepretérito, a veces hímnicos, otras elegíacos, pero siempre con un enfermizo sopor de nostalgia. Y la esperanza de una justicia venidera y terminante, y el temor o la certeza de que tal justicia acaso los aniquile, ya que los otros vendrán para recuperar lo que siempre fue suyo y los hombres, siempre guardeses, nunca tuvieron nada por derecho propio.

Por estos lugares, más o menos, suele girar el mito. Pero, ¿Quienes fueron aquellos seres tan admirales y aterradores? Homero y Hesíodo los solían llamar los dioses, e incluso aseguraban que, de vez en cuando, se dignaban a mezclarse en los negocios humanos, aunque más bien por un cierto pasatiempo aristocrático. Los refinados bardos de la Bretaña estimaban que fueron los caballeros de la mesa redonda, rodeados de princesas inalcanzables, portentos y parásitos. Lorca pensó que eran los gitanos. En cambio en Cercedilla es habitual postular que aquella raza sobrehumana la conformaron los veraneantes.

Pero que no cunda el engaño. Porque esos especímenes que recorren como sonámbulos nuestra inexistente plaza, con bermudas ellos, y ellas tocando palmas en el asfalto con sus chanclas hasta el aburrimiento, no son los veraneantes. Tal vez sean actores, contratados por el ayuntamiento, para apaciguar nuestra conciencia y que la parroquia no se sienta sola y desamparada. O una alucinación colectiva catalizada por el granito del Guadarrama que, según dicen, emite una extraña radiación. Quien sabe. Porque los auténticos veraneantes, ellos, los otros, ya no están entre nosotros.

Hace muchísimo tiempo, mucho antes de Cercedilla o de los propios romanos que trazaron entre estas montañas sus calzadas de piedra, y siempre iban de paso, mucho antes, incluso, de que existiera el verano, ya existían los veraneantes. De hecho, fueron ellos los que trajeron el verano, los increíbles inventores del ocio que está más allá de los mortales. Sí, ellos llegaron en un tiempo de érase una vez, cuando los hombres aún no ahorraban en invierno para bañarse en el mar, cuando broncearse era sólo un llano desahogo de moral plebeya. Acudieron, sí, con muchos criados y alguna enfermedad de irrepetible elegancia, y edificaron sus inmensas casonas, con sus miles de ventanas y balcones, sus jardines laberínticos y sus angelitos de piedra orinando eternamente el néctar del poder.

Pero ahora ya no hay nadie en las casonas y las contraventanas están cerradas, ocultando a los ojos los misterios de intramuros. Y la maleza se señorea de los jardines. Y la música de las noches sin cuidado ya no transcurre por los pequeños penes fimóticos de los angelitos, y la sonrisa de los angelitos, antaño sátira y ofensiva, ha devenido en una mueca indescifrable y grave. Y, en fin, unas letras de delicada caligrafía aún siguen advirtiendo al intruso sobre la fiereza de unos mastines que ya no existen aunque se siguen temiendo. Y, sin embargo, las casonas permanecen en pie, como si no fueran de este mundo, e invulnerables a los dos fuerzas más poderosas de este mundo, que son el tiempo y las hipotecas.

Cercano el mes de septiembre, tengo la costumbre (reprobablemente sentimental, lo acepto) de caminar junto a las casonas, y mirarlas bajo la luz cada vez más breve de las tardes. Nadie las reclama, nadie las habita, y cuando el verano empieza a tocar a su fin, un suave tacto de melancolía se posa sobre sus titánicos tejados. Esta visión me resulta muy grata. Y me gusta acompañarla, por estas fechas, con otros placeres, igualmente melancólicos. Como escuchar con cierta insistencia la Pavana para una infanta difunta de Ravel, en su versión para piano y en su interpretación más demorada, que es la que al propio Ravel le crispaba los nervios. Y también me da por releer las Crónicas Marcianas del gran Bradbury (Minotauro), que es uno de esos libros que deberíamos llevarnos, sin ninguna duda, al mes de septiembre. Me gusta especialmente la última crónica, la titulada El picnic de un millón de años. No me resisto a copiarles el final, en traducción de Francisco Abelenda:

Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.

--Siempre quise ver un marciano –dijo Michael--. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.

--Ahí están –dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.

Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.

Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.

Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada...

Queda ya poco de agosto, el más distraído de los meses. Y entrar en septiembre pude llegar a ser tan aventurado y a la vez tan deseable como un viaje al legendario planeta rojo. Pero aún me sigo sentando en las terrazas sostenidas sobre el verano (o viceversa) y, a falta del revelador canal marciano, miro dentro del vaso medio lleno de cerveza, e indago. No sé si el rostro que me devuelve es el clásico espejo en un espejo. No sé si, en el fondo, estoy condenado a ser la pantomima de un veraneante, o si todos los hombres somos, al cabo, impostores veraneantes incapaces de salir del verano ni de Cercedilla. O si el mundo se ha convertido en Cercedilla, y no hubiera más preocupación en el aire que las fiestas patronales. Como si el universo entero fuera una verbena cerrada sobre sí misma. Pero entonces viene el viejo Homero, nunca demasiado tarde, y deja su bastón de ciego, sus hexámetros y sus cupones y se sienta a mi lado, y me hace saber, o me recuerda, esa costumbre tan decadente de los dioses de ser felices, y lo mal que se nos da a nosotros. Homero se pide otra cerveza, y a la segunda ronda llega a admitir que los veraneantes nunca existieron. Yo miro por última vez mi cara en el vaso, me rasco la barba mortal, saco la lengua. Y brindamos.

Publicado el 22/8/2008

Caricias perplejas

En las piedras de Cercedilla no sólo se puede escribir; a veces hasta es posible pensar. Y yo muchas veces me siento en uno de esos antiguos granitos y adopto una postura milenaria, con el mentón sobre los nudillos y la mirada grave, para devanarme en un misterio aterrador, que ahora les participo. A saber: ¿Por qué en este país (es decir, el mundo) hay tantísimos semejantes dispuestos a escribir un poema, tan poca gente que quiera leer un poema, tan poquísima proclive a comprarse un libro de poesía y sólo cuatro o cinco quieren ser concertistas de violín? Es una vieja pregunta que todavía no tiene respuesta. De los cuatro o cinco que quieren ser concertistas de violín tal vez les hayan tocado como vecinos esos dos que deberían tener una orden de alejamiento de instrumeno tan delicado. Si es así, lo lamento profundamente, sobre todo si están pagando una hipoteca. No queda más remedio que asumir el error estadístico, comprarse tranquilizantes y evitar los impulsos homicidas.

Ahora bien, los blogs, las bitácoras, han multiplicado y amplificado la anomalía de que hablo hasta el paroxismo. Tener un blog se ha llegado a normalizar tanto como tener una lavadora. Basta con un ordenador y una conexión a internet para publicar y publicar. Publicar y no leer. Imponer. Exhibirse.

Pero los blogs son un fenómeno que no merece ser despreciado. Como mínimo hay que intentar entenderlo, sobre todo en lo que nos ocupa, que son los blogs literarios en general y de poesía en particular. Basta con sólo acudir a algunos hechos ciertos. Publicar, para un poeta (se supone que de calidad), es muy difícil, sobre todo si nadie compra libros de poesía. Las revistas de poesía en papel (antiguamente altavoces naturales para un poeta con futuro) están viviendo una crisis evidente; los premios de poesía, legítima posibilidad, están sepultados bajo su propia abundancia. La endogamia, en fin, que nunca es cómoda de reconocer, empieza a vertebrar un ambiente muy complejo.

Y frente a esto, sin duda, Internet impone su tumulto y su Babilonia. Pero en toda Babilonia siempre hay alguna esquina de orden. Puedo citar blogs a los que profeso fidelidad: el de Manuel Vilas, el de Julio Martínez Mesanza, el de Jordi Doce, el de Juan Salido-Vico. Y otros que tal vez olvide injustamente.

Y sin embargo ahora quisiera hablarles de un blog que vengo leyendo y releyendo con mucha atención desde su nacimiento en el pasado mes de mayo hasta lo que llevamos de verano. Y si esta es una sección de lecturas de verano, justo es que así deje constancia de ello. Tiene un título que es toda una declaración de intenciones: Caricias perplejas. Y detrás de esas caricias está la poeta aragonesa Olga Bernad.

Podría hablarles de “frescura”, pero esa es una palabra que cada vez me gusta menos usar y yo tengo muy poco de fresco. Piensen, mejor, en literatura. La literatura de siempre, la que vuelve y nunca abandona, siempre distinta y siempre fiel a sí misma. De los poetas puede decirse lo que se dice de los de Bilbao. Nacen donde quieren. Y un poeta puede aparecer en cualquier sitio, y declararse en cualquier tormenta, incluso entre la confusa e interminable tormenta de los blogs de poesía o pseudopoesía. Un poeta, al cabo, siempre acaba saliendo a la luz más allá de los medios y las escuelas y los círculos.

En Caricias perplejas encontrarán, sí, literatura, y acaso se reencontrarán con ese viejo placer de y por la literatura. Prosas y versos, sencillamente. Y una voz, la de Bernad, personalísima e intransferible, una voz que sabe tocar y trenzar las palabras con una precisión envidiable, que nunca engaña con cabriolas de tahur lingüístico, que emociona en su pureza y que llega desde un profundo amor por la poesía en su sentido más amplio y libre, donde mejor respira; un amor como un largo, inagotable deseo. Como en este breve poema, titulado Todo:

Sé desde hace algún tiempo
que ya nada sería suficiente,
salvo absolutamente todo.
Y no sé qué es todo,
no sabría pedirlo ni explicarlo,
no sabría tal vez reconocerlo.
Pero lo quiero todo.
Y no sé si sería suficiente.

O como en este fragmento del poema Agosto espera, donde ese deseo toma la forma del antiguo mar del verano en la memoria:

Siempre supe que no me dejaría
(y era dulce y profundo abandonarse).
Ya sabía que el aire nos retiene
y es nuestra esclavitud la que respira,
respira al Sur, tan quieta sobre el agua,
jugando a ser un muerto que suspira
y flota y nada y llora contra el agua
y se deja llevar, pero es mentira.
El corazón explota más al fondo
y dócilmente elevas la cabeza,
fieramente respiras y respiras,
respiras obediencia y mediodía:
el salitre de agosto en las heridas,
el ruido de la playa en la memoria,
la vida que te llama y que te nombra.

Olga Bernad nos hace partícipes de sus perplejidades. Y yo, para alimentar las mías propias, espero que no deje de escribir y que esta interesantísima, asombrosa bitácora siga creciendo a su aire en medio de los tráfagos de Internet o Babilonia. Al fin y al cabo, lo quiere todo.

Publicado el 4/8/2008

Escribir en piedra

El camino Puriceli es acaso la ruta más cómoda para practicar en Cercedilla eso que ahora llaman "senderismo", y antiguamente "andar por el monte". Si siguen su placentero itinerario encontrarán, tras un recodo que se ejecuta casi en ángulo recto, una enorme piedra de granito donde se lee, con trazos de pincel y pintura roja, en mayúsculas, esta enigmática inscripción: "caramelos Paco".

Supongo que no sería difícil rastrear la historia, pero a mí me da pereza y, además, me encuentro mucho más a gusto en el pensamiento mitológico. De esa manera, uno puede imaginarse a algún caminante ancestral que una vez hizo ese mismo camino con un bote de pintura y un pincel en la mano, para dejar en una piedra de granito su modesto, aunque contundente, homenaje a la marca de caramelos. E incluso cabe pensar en un extravagante y romántico gesto de publicidad por parte de la propia marca, que anhelaba ser conocida sólo en un camino de Cercedilla. Pero, ¿por qué en Cercedilla, por qué en ese camino y precisamente en esa piedra? Aunque uno tienda a las mitologías, ya conocen esa grata máxima de que las mejores historias son las que no se saben o no se cuentan.

Ahora bien, puede que la sensación de misterio se tambalee un poco, si yo les revelo la existencia de Caramelos Paco, que es una muy venerable, muy famosa y muy antigua tienda de, evidentemente, caramelos. Está en Madrid, por la calle Toledo. Tal vez la magia que pretendía al principio empiece a deshacerse si les digo que la tienda cuenta con una esmeradísima página web. Y, sin embargo, cada vez que me cruzo con esa piedra y esas palabras, me entra siempre el mismo asombro, y veo a los caramelos Paco con una notable pretensión de eternidad megalítica frente a su dudosa y contingente presencia en internet.

Recorro siempre con ese pensamiento encima lo que me queda de camino Puriceli, escoltado por unos pinos tan solemnes como las columnas de un templo. Enderezo hasta el sanatorio de la Fuenfría y retomo la carretera que me devuelve a la civilización. Cualquier lugar con calles y casas es la civilización, cualquier sitio donde los hombres se soporten y se llamen entre sí vecinos. Pero la carretera no me lleva esta vez a Cercedilla sino a Pompeya, sepultada por siglos y lava volcánica. No me sorprendo. Me da igual, Cercedilla o Pompeya. El caso es llegar y descansar de montes y santuarios. Paseo por burdeles y tabernas. Aparto los dioses y los monumentos y el tiempo con manos cuidadosas y acaricio las paredes. Leo las palabras que han escrito mis vecinos, que son una metáfora de mí mismo, con la mano segura que mueve el ocio o el deseo. Están escritas en latín vulgar y las traduce Enrique Montero Cartelle. Las publica Gredos. Hay de todo. Sentencias de alambicada escatología, anuncios de prostitutas, siempre escuetos pero precisos ("Éutique, griega. Dos ases. De complacientes maneras"), graciosas imágenes onanistas ("Cuando el pensamiento de Venus me abrase con ardor insoportable, daré que hacer a mis manos removiendo las aguas"), poesía generalmente mediocre, o confesiones como ésta, de una temeridad sobrecogedora: "Si puede haber fe entre los hombres, sábete que siempre te amé a ti sola desde el momento en que nos conocimos". Pero la inscripción que más me sorprende es la que les copio a continuación, y pienso en aquel vecino mío que descubrió que la palabra Roma era un palíndromo al mismo tiempo que se descubrió a sí mismo decididamente ultraista. Y nos lo quiso participar, quizás también por altruismo:

R O M A
O........M
M....... O
A M O R

Mis vecinos sabían, como Homero, que las palabras tienen alas y se las lleva el viento. Y que después de la voz nada mejor que la piedra. La piedra impone sus leyes y es un remanso para el pensamiento, que gira entre todas las palabras posibles. El hombre que escribe sobre una roca de granito o en la pared de una antigua taberna no quiere que sus palabras sean borradas, sabe que no hay vuelta atrás, no se deja seducir por la luz parpadeante del cursor. Y obtiene, así, una paz que se parece mucho al silencio.

Pero hoy estamos en manos de Internet, que es una memoria universal donde nos descargamos de nuestra propia memoria. Es una ameba monstruosa y cambiante donde todo puede ser borrado o enmedado. Los antiguos, es decir, la gente anterior al senderismo y a las tecnologías de la información, sabían muy bien esto. Los griegos y los romanos podrían haber tenido ordenadores e internet si hubieran querido, no lo duden, pero eligieron la solidez de las piedras y los muros para dejar sus palabras, frente a la fragilidad del disco muy mal llamado duro. Nosotros, que ya no andamos por el monte, vivimos presos de la representación binaria, donde las palabras y las frases pueden multiplicarse hasta el cansancio sostenidas por un juego o pantomima de espejos. Pero eso es tan vulnerable. El mundo, como sabía la gente que andaba por el monte, puede terminarse un sinnúmero de veces. Un día se terminó en Pompeya. Mañana nos podemos quedar sin luz, o se pueden venir abajo los servidores como las fichas de un dominó, o alguien querrá hacer explotar las cabezas nucleares que tenía guardadas en su desván, o una civilización extraterrestre creerá oportuno aniquilarnos. Yo qué sé, ya saben que en la sierra del guadarrama somos muy tremendistas. Pero es un alivio pensar que quedarán escritas las confesiones de madrugada, los palíndromos ultraístas y hasta los caramelos Paco, como monumento indeleble de nuestra propia fugacidad.

Publicado el 27/7/2008

Teoría y alegato de la mujer dormida

Entre Segovia y Cercedilla se alza un célebre y muy esmerado macizo de montañas que aquí llaman “la mujer muerta”. No se advierte desde el pueblo. Hay que subir. Yo lo vi por primera vez siendo muy niño, cuando ni siquiera sospechaba que acabaría viviendo en Cercedilla, en uno de aquellos viajes dominicales, madrileños y pequeño burgueses en el curiosísimo ferrocarril del Guadarrama, que es un tren de juguete para adultos. Recuerdo a aquellos mismos adultos, viajeros del mismo vagón, repetir insistentemente : “Mirad, la mujer muerta”. Y yo, que era un niño muy impresionable, me alarmé bastante. Pero también era un niño muy curioso, y no dejaba de buscar a mi alrededor con un placer de vértigo. ¿Quién sería aquella extraña señora, que estaba muerta? Todos miraban por las ventanillas, y yo imité, y cuando reparé en el perfil que dibujaban las montañas ninguno de esos adultos tuvo que explicarme nada.

La mujer muerta, sí. Luego la vi muchas veces, pero nunca con aquellos ojos y con aquella luz. Supongo que la memoria no deja de levantar sus quimeras, y no sé si aquel leve fulgor sonrosado que embozaba esas montañas sólo forma parte de mi deseo. Pero lo cierto es que la primera imagen fue irrepetible. Porque, entre otras cosas, me concedió una certeza que nunca me ha abandonado: la lejana melancolía que puede llegar a conformar el cuerpo de una mujer y que, de hecho, lo conforma y lo sostiene en un leve equilibrio contra la nada. Pegué mi cara al cristal como queriendo olerla y tocarla, pero el tren de juguete entró temerariamente en una curva y ella se fue alejando, lenta.

La naturaleza pone los lugares y nosotros los símbolos. Tal vez sea ésa una explicación para lo que llaman pareidolia, la tendencia de la mente humana a crear formas humanas uniendo una serie de elementos aleatorios, en un paisaje, en una cortina, en una nube, etc. Me parece muy humana la pareidolia, sí, y me gusta muchísimo que tal debilidad lleve un nombre tan evocador y tan griego. La naturaleza, por supuesto, nunca quiere decirnos nada. Es un exceso de romanticismo pretender lo contrario. Pero nosotros siempre estaremos gravemente aquejados de símbolos. Uno de ellos puede ser la silueta de una mujer tendida de cara al cielo, con la cabellera desperdigada y la doble pendiente de sus pechos.

Tendida. Pero, ¿muerta? Uno puede pensar que aquí en el Guadarrama lo llevamos todo por lo tremendo. Pero buscando en Internet para llenar mis severas carencias montañeras, he descubierto que hay otros macizos de montañas por ahí que inducen a una semejante pareidolia y que llevan el mismo nombre. Todas, inevitablemente, muertas.

Es probable que mi humilde equipaje de símbolos no tienda demasiado al tremendismo serrano, porque a mí siempre me ha parecido que el perfil de esas montañas representan, más bien, una mujer que duerme, tendida sobre su espalda. “Mucho sueño para un adulto”, podríamos pensar, citando al gran y escéptico Miguel Gila. Pero yo siempre la he tenido, salvo en algún momento oscuro, por "la mujer dormida", y espero contar con más gestos de adhesión para cambiarle el nombre.

Me gusta que en algún lugar de estas sierras, entre Segovia y Cercedilla, insista en su perpetua siesta, con esa inmensidad inalcanzable y tan propia de las mujeres dormidas. No la despiertan ni las confusas, profanas y verbeneras noches de Cercedilla en verano, con sus orquestas de charanga y sus hormonas goliardescas. A ella no, nunca, pero a mí desde luego, me crispan los nervios. Y pensar en disparar a alguien por no poder dormir o querer tener una conversación insomne al menos, me hace recordar muy gratamente a Juan Ramón Jiménez, que sabía muy bien lo rara que se pone una mujer dormida. Lo decía en estos versos que aquí me apetece mucho recordar:

Cuando, dormida tú, me echo en tu alma
y escucho, con mi oído
en tu pecho desnudo,
tu corazón tranquilo, me parece
que, en su latir hondo, sorprendo
el secreto del centro
del mundo. Me parece
que legiones de ángeles,
en caballos celestes
-como cuando, en la alta
noche escuchamos, sin aliento
y el oído en la tierra,
trotes distantes que no llegan nunca-,
que legiones de ángeles,
vienen por ti, de lejos
-como los Reyes Magos
al nacimiento eterno
de nuestro amor-,
vienen por ti, de lejos,
a traerme, en tu ensueño,
el secreto del centro
del cielo.

Estrambote: Muerta, dormida... También hay una tercera posibilidad, y es que tan sólo esté pensando y pensando con los ojos cerrados. Igual, hasta se ríe con lo que escucha. Es probable que algún día se levante. Ese día no será el fin del mundo, pero será un día, desde luego, digno de ver.

Publicado el 19/7/2008

Cercedilla, limbo y Valéry

Los altos padres de la Iglesia, fieles a su política de ir cerrando los espacios de recreo y esparcimiento, han clausurado el limbo. Ya sólo nos queda el cielo, el infierno y el purgatorio. Este último tiene que ser tan ingrato como los exámenes de septiembre. Los dos primeros necesitan de una gran dosis de militancia y convencimiento. Pero el limbo estaba muy bien. Libres de extremismos, allí las almas flotaban a su aire, sin salvarse del todo pero tampoco sin condenarse por completo. Con ese necesario grado de idiotez, vagaban sin urgencias entre las “ruinas de su inteligencia”, como quería aquel poema de Gil de Biedma. Un buen lugar, sin duda, el limbo, y el sitio idóneo para comprarse y lucir un sombrero panamá.

Pero no teman, no todo está perdido. El limbo realmente sigue en pie, con coraje, y lo encontrarán en Cercedilla (Madrid), en los meses de verano. Hablaremos mucho de Cercedilla estos días. Es más, intentaremos crear una mitología sobre Cercedilla, con la excusa de lo que vamos leyendo. El acto de leer también es muy propio del limbo. Hablaremos de páginas de papel y de blogs en internet. Pero también de libreros suicidas y radicales que sólo quieren vender libros. Y de bibliotecarias sarcásticas y heroicas, sin aire acondicionado. Y de lo fría que está la cerveza Mahou. Y hablaremos de las montañas que dicen aquí “la mujer muerta” (o dormida, según esté nuestro grado de optimismo). Y de antiguos capitanes de submarino que no creen en Dios pero sí en el National Geographic. Y de los amigos que se compran un sombrero panamá y dan mucha envidia.

Pero también, claro, de las terrazas que se solapan en esa plaza donde todos quedamos y no existe. Porque Cercedilla es el único pueblo del universo sin plaza. Nos contentamos con imaginárnosla.

Hace un par de días, por cierto, quedé a tomar unas cervezas en una de esas terrazas legendarias. No sé por qué siempre vuelvo al Cementerio Marino de Valéry por estas fechas, dócilmente. Llevaba conmigo la magnífica traducción y edición de Héctor Ciocchini y Héctor Blas González en la editorial Linteo. Un libro tipográficamente admirable y con unas ilustraciones muy bellas. Era el primero en llegar, me pido una de esas cervezas tan frías y comienzo a hojear el gastado libro. El preciso azar me lleva, como siempre, a aquellos versos de Píndaro traducidos por Valéry: “O mon âme chère, n’aspire pas à la vie inmortelle, mais épuise le champ du possible”. Y luego, paladear esa terrible primera estrofa inicial (cito en la traducción):

Ese techo tranquilo que surcan las palomas,
Entre pinos palpita, entre las tumbas;
¡Mediodía, el justo, recrea allí con fuegos
El mar, el mar, siempre recomenzado!
¡Oh recompensa tras un pensamiento,
Contemplar largamente la calma de los dioses!

...Mediodía, el justo (Midi le juste). Y es, sí, mediodía. El mediodía que inventaron los griegos, como tantas cosas notables y transparentes, desde la medida inapelable de su stichedion. Ese punto donde el planeta se detiene, esa porción de nada donde duda hasta la eterna rueda de la batidora elécrica que muele el gazpacho o el sarmorejo, ese vórtice donde todo se contempla desde su propio abismo. Incluso el limbo (que no tiene mar por decisión del pleno municipal), necesita del justo mediodía para recomenzar y recomenzarnos.

Publicado el 7/7/2008

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