Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Martín López-Vega

Dijo una vez don Pedro Salinas que escribía poesía para explicarse su propia poesía. De igual forma, podemos entender que la mejor poética que pudiera escribir Martín López-Vega son sus poemas. Poeta juntamente de cancionero y libro. Poeta, pero también saludable, tenaz lector de poesía, y también inspirado traductor y regalador de poemas de otros. Así, la poesía de Martín López-Vega no necesita de prosaísmos intermediarios: se explica a sí misma, y nos explica nuestra propia vida, cifrada por ejemplo en el rítmico ritual del desayuno, que nos civiliza, o en el símbolo del viaje, que nos puebla la memoria de paisajes y nos revierte, fatalmente, hacia nosotros mismos. La poesía de Martín López-Vega se parece, en fin, a un mapa del mundo o a una fruta partida por la mitad. Y por eso leerla, decirla o escucharla es una rara forma de ser feliz.

Martín López-Vega (Po de Llanes, Asturias, 1975) es autor de los libros de poemas Objetos robados (SPPA, 1994), Travesías (Renacimiento, 1996), La emboscada (Dvd, 1999), Mácula (Dvd, 2002), Elegías romanas (La Veleta, 2003) y Gajos (Pre-Textos, 2007), además del poema largo Extracción de la piedra de la cordura (Dvd, 2006). Su obra poética en asturiano ha sido recogida en el volumen bilingüe Otra vida (Universidad de Zaragoza, 2008). Además es autor de la novela El letargo (Laria, 2006) y de la trilogía viajera compuesta por Cartas portuguesas (Pexe, 1997), Los desvanes del mundo (Pexe, 1999) y Libre para partir (Trabe, 2008), así como del volumen de traducciones poéticas Equipaje de mano (Acuarela, 2000) y de diversos estudios y antologías. En la actualidad es librero y colabora con los suplementos culturales de los diarios El País, Abc y La Vanguardia.

Reproducimos a continuación cinco poemas inéditos, escogidos amablemente por el poeta, y dos poemas de su libro Extracción de la piedra de la cordura (DVD Ediciones), que obtuvo el Premio de poesía Hermanos Argensola en 2006.

J.M.M.

Cinco poemas inéditos

ALBADA

Quieres dejarte dormir aunque sea un minuto
y te mordisqueo el culo
antes de levantarme para preparar café.

La luz entra por la ventana a escondidas,
para vernos, para que nos veamos.

Puede que esa sombra sea un remordimiento,
puede. Pero no crecerá hasta mañana,
y ya nos habremos ido.

No hagas preguntas, si tú traes ya las respuestas.
Retengamos el momento y vayámonos luego.

También hay que venir a veces
a donde no estamos seguros de ir,
oler la flor que ha crecido asombrada en la oscuridad
y marchar sin prisa.

Gracias por venir, gracias por irte.
Quería saludarte,
no más. No ha hecho falta
mucho para entendernos.

Nos hemos abrazado como quien sin miedo cruza
un puente entre dos precipicios. Ahora solos volvemos
con esta rara conciencia de no estar solos:
un manojo de humo que al desvanecerse se nos parece.

ANTÍGONA EN GRÜNERLØKKA

El mundo, lo sabes, es cada vez más una procesión
de híbridos de muertos y sus fantasmas.
Esta mañana al ver esa pequeña escultura
de la mujer que mira la puesta de sol
(en realidad, un pedazo de madera
mal pintado de amarillo) eras tú de nuevo
quien estaba allí, aquí. Si no le das a tu vida
la pendiente adecuada, decías,
no hay agua que no se estanque.

Sístole y diástole, rotación y traslación:
mi corazón es un planeta exhausto.

No viajo ya por huir de nada ni de mí,
tan sólo para poder así verme desde lejos.
Esta mañana, al mirarme en el espejo
del baño, no me reconocí:
no era un rostro lo que había al otro lado,
sino un paisaje equivocado, como si al salir
de un largo túnel me asomase por fin a la luz
y el lugar no fuese el esperado
e ignorase si tengo tiempo aún para volver
sobre mis pasos y reemprender el camino que buscaba.
En los restos de vaho intento dibujarme.
Un monigote, un pelele sin gesto,
otra cosa no consigo de mí si soy yo quien me dibujo.

Al fin y al cabo, lo trágico sigue siendo lo trágico,
por muy rotos que estén tu
Yo y mi .
Tú tienes tu carga y yo tengo mi carga.
¿Por qué nos encontramos hoy en medio
del mercado? ¿Si llevamos tanto tiempo juntos,
por qué ahora? ¿Qué has venido a decirme
o a que te diga? ¿Eres tú la sombra que carga
con mi cadáver o la sombra soy yo?

Cuando era niño, en las manchas de las paredes
veía mapas de islas a las que alguna vez iría:
ahora en cambio reconozco cicatrices
de heridas que ya tuve. Deberíamos
vivir como árboles y, al final,
lo que hacemos con nuestra existencia es
construir una estatua: llegado un momento
nos congelamos en un gesto, y en él nos quedamos
ya de por vida. Nunca como niños
corriendo cuesta abajo.

Hay por todas partes luces de colores y la cerveza es mala,
pero no hay una mujer que no sea hermosa.
Querrías acercarte a una, a cualquiera, pero pesa demasiado
el cadáver que arrastras. Le darías la mano, pero ninguna
de las dos tienes libre; hablarías con ella, pero tú
ya sólo hablas con los muertos. La besarías, pero tus besos
quién te asegura que no sepan a cadáver.

¿Qué hacer cuando alrededor la belleza
abunda de esta manera, y uno no encuentra
lugar en que enterrar a sus muertos en paz
y empezar de una vez la vida nueva?

Ya es de noche, Antígona, desde la ventana
puedo ver los raíles del tranvía y a los jóvenes
que siguen bebiendo en los bares cercanos.
No importa quién seas tú ni quién yo sea.
Salgamos juntos a enterrar a nuestros muertos.
Mañana será domingo, el reloj dará horas que no importen
y el sol de mediodía querrá penetrar
en nosotros a la fuerza, ojos adentro.

ZEN MATINAL

No conozco nada más zen
que tu forma de aclarar la cafetera
por la mañana, como si eso
fuera lo más importante del día:
un hilo de agua fresca
que no apague el olor de las mañanas pasadas
pero que no ocupe ni un solo segundo
necesario para facilitar la invasión del día que llega.

Mientras tanto yo, que me levanto
un poco más occidental que de costumbre,
rayo tomate, pepino y queso para las tostadas,
y confundo el nirvana
con un chorrito de aceite com ervas da Arrábida.

DEMASIADA MEMORIA

Agendas viejas. Bosques en mayo. Camisas
compradas cerca de la playa. Cicatrices, una.
Tengo demasiada memoria. El ovillo de hilo
rueda y yo le sigo, de eso se trata, nadie
querría ser el que recoge hilo sucio. También escuché
a Mozart en Nueva York, pero cuando suenan
esas notas a donde vuelvo es a aquella iglesia
de la Via del Corso. Demasiada memoria.

Tenías el colchón en el suelo. Eso lo recuerdo.
Y también la cuesta que llevaba a tu casa en aquella
calle oscura, detrás de la estación. Me grababas
en una casete tus canciones favoritas y luego
traducíamos las letras. Recuerdo más cosas,
desde luego, pero esto es lo que llega ahora,
como el olor que nos sorprende en la calle
y nos devuelve un rostro, otro paisaje, más vida.

No quiero escarbar más, recuerdo demasiadas
cosas. Se me ha ocurrido decirte: recordarás tal vez
el día que nos despedimos, las frases vagas
que se dicen en esos casos y que no evitamos,
cada uno tenemos nuestro camino, seguir buscando
es lo que toca, es lo mejor, nos quedamos con lo bueno.

Arcos románicos. Semáforos en rojo bajo la lluvia.
Una mesa puesta frente al mar. El amor sin prisa.
¿Quizás tú encontraste lo que esperabas?

WANDERLUST

Ayer me preguntaste: ¿cuánto tiempo aún?

Llovía, llovían agujas que se clavaban en la tierra
sin conseguir hilar pensamientos o caricias.
El hilo estaba deshecho de tanto intentar
enhebrarlo en vano.

Mosquitos muertos, aplastados contra la cal de la casa
inventaban un idioma de malentendidos que tú dejabas hablar.

De pronto una extraña quietud se ha adueñado del mundo:

la repisa metálica del cobertizo

está llena de balas mohosas que encontramos
la tarde que decidimos buscar el tesoro que suponías.

Pero la hierba se rebelaría si el viento dejase de acariciarla,
ella es el cabello de la tarde, y pide cariño.

Las manos me huelen a tomillo –como un cuerpo,
una vez, pero ya no recuerdo cuál.

Ayer me dijiste: el horizonte ya no tiene puertas.
Hoy sé que es cierto, pero es que se ha abierto por completo.
Aún no habías aprendido a mirar,
y yo veía a través de ti.

Sé que te has ido o me he ido,
pero nadie dirá nada.

Briznas de la tarde, sed mis riendas.

Dos poemas de Extracción de la piedra de la cordura

1,

Con una cuchilla de afeitar
hice una hendidura en el aire de la tarde

Una ciudad apareció ante mí
tan real como las uvas de Zeuxis

este poema es la cortina de Parrasio

Una ciudad de torres transparentes que eran música
alzada sobre una colina de furor magnético

No había caminos en aquella ciudad
Sus habitantes eran invisibles
formas perfectas de energía
Sentí su corazón inerte

El sufrimiento del corazón es sufrimiento del cuerpo

Una caricia en mi piel que era de otra piel
Y no había piel Sólo caricia

Este poema es la cortina de Parrasio

No había voz No era necesario decir nada
No había río El agua era alma
Ninguna filosofía

Sin cuerpo no hay preguntas

Con una cuchilla de afeitar
hice una hendidura en el aire de la tarde

Ni sangre ni aire nuevo
Sólo hendidura sin ser herida

Miré del otro lado Ya no había ciudad

Seguí mi camino
La herida conmigo

39,

¿Quién me lanzó a este viaje que no entiendo?
De un salto, abandonar la inercia.

No me mires,
Soy un horrendo pez abisal.
Todo ojos para ver,
hecho para no ver visto.
Deseoso de tener
nadie podría tenerme.

El río no se une al mar, se ahoga en él.
Las águilas no vuelan en bandada.

El cometa que en un punto del espacio
se cruza con otro cometa
¿lo toma,
aunque sólo sea por un nanosegundo,
por semejante?

Mi camino me adelanta.
El todo arrastra al yo,
un impulso ajeno a mí tira de mí
hacia lo que no decido ser
y mientras tanto
preocupado en no dejarme llevar
mi camino se esconde de mí.

Ir es tan inútil como no ir
o como detenerse aquí,
en este punto
final.

Nada
importa nada.

Todo es
irreparable.


Extracción de la piedra de la cordura,
DVD Ediciones, poesía, 102
Premio de poesía Hermanos Argensola, 2006

Publicado el 2/6/2008



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