Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
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Iván Humanes



Iván Humanes, nacido en Barcelona en 1976. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona. En el 2005 publicó el libro La memoria del laberinto (Biblioteca CyH), que consta de diecinueve relatos cortos. En 2006 el ensayo Malditos. La biblioteca olvidada (Grafein Ed.), del que es coautor. En 2007 la obra 101 coños, que aúna hiperbreves e ilustraciones (Grafein Ed.). En 2010 la novela La emboscada (Ed. InÉditor). Colaboraciones en diversas revistas (Sibila, Literaturas.com, La Comunidad Inconfesable, Crítica, etc). Prepara la publicación de su libro de relatos Los caníbales con la editorial Libros del Innombrable. Su sitio en la red es www.ivanhumanes.com.

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6 MICRORELATOS DE IVÁN HUMANES

POLUCIÓN

Domitila es un peligro de prima, le ha dado por esconderse cada noche debajo de mi cama. Madre me da su beso de despedida, las buenas noches, y ella aparece. Yo cierro los ojos hasta ver sólo una luz blanca, pero me llama. No muevo ni un dedo, ella araña el parquet con sus uñas y hace que mi corazón se acelere. Me llama y es imposible quitármela de la cabeza, yo grito. Madre viene, mira debajo de la cama y me dice que no vea tanto la tele y que se acabó el hacer de niño pequeño. Le suplico que deje la luz encendida, pero no. Cierra la puerta, y Domitila habla en una lengua que no entiendo.

A veces la oigo llorar. No tengo otra solución que rendirme, susurrar el sí que hace que ella se sienta feliz. Luego se arrastra hasta sacar su cabeza, me guiña un ojo, sonríe y tengo que estirar de ella para ayudarle a salir. Su cuerpo se encalla con facilidad, está muy gorda. Es mayor que yo. Tendrá ya diecisiete años, dos perros y un gato siamés cojo. Cada noche Domitila se desnuda. Yo me tumbo boca arriba, cierro los ojos, pongo la espalda como una barra para aguantar su peso, y junto las piernas aspirando aire. Ella se divierte encima de mí, hace que lleve la mano a un lugar prohibido, se ríe desde el más allá al verme en acción. Después regresa a su lugar, debajo de la cama.

Mi prima tuvo hace dos años un accidente y murió. Fue en su casa, en el baño, le dio un ataque al corazón al abrocharse los zapatos. Ella no da importancia a su gordura. “Dios es un escándalo”, es lo único que me dice cuando tiene ganas de hablar. Yo odio a Domitila, hace que mi abuela sospeche por las mañanas al ver mi pijama manchado. "Se hace hombre y tiene que conocerse", le dice madre.  Y a madre la quiero mucho, a veces más que a mi prima muerta.

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COMO EN APOCALYPSE NOW

El capitán señala el palmeral. «Deberíamos probar con tanques y derribarlo… O con aviones, como en Apocalypse Now”. Camina unos pasos: «No obstante, necesitamos esos tanques, los aviones». Se detiene en la orilla del mar. Fuma y recoge una botella de la arena. La lanza con fuerza. «Aunque lo primero debería haber sido el mensaje», dice.

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ALTRUISMO

Nadie adivinó cómo llegó el muerto hasta allá, y menos aún cómo fue posible que llegara con ataúd y todo tan arriba, a la plaza más alejada del centro del pueblo. Una maraña de subidas y bajadas trazaba las líneas de las calles. La hipótesis que más chismes logró fue que había caído de un avión, de algún aparato de esos que alguna vez sobrevolaba los campos, en un despiste.

Las mujeres que vivían por allí arriba, al ver que sus maridos no prestaban atención a la caja de madera, que los niños ya comenzaban a jugar con ella y se escondían tras ella en el juego del escondite y la intentaban abrir, fueron las que los mantuvieron alejados con castigos. Esperaron al invierno. Entonces utilizaron el hielo para empujar el ataúd hasta el barrio y medio, el que quedaba en la mitad del pueblo, ni arriba ni abajo, neutral.

Los vecinos de esa zona, al ver que la caja permanecía más de lo debido, siguieron la misma táctica, lanzaron cubos de agua a las calles heladas, empujaron. Y no es que existiera el convencimiento unánime de que era malo para la convivencia tenerlo, pero se optó por una decisión democrática. Algunos intentaron torpedear el referéndum con sobornos y falsos dirigentes, la mayoría decidió. Costó un poco más pero la voluntad de las mujeres y la fuerza de algunos hombres (eran más trabajadores que los del barrio alto) consiguieron que la caja resbalando fuese a parar a la parte baja.

Allá todo era diferente, lo que caía ya no bajaba más. Era el final del polvo, de la lluvia, de los cantos rodados. Los niños fueron hasta el límite del pueblo al enterarse que allí había llegado. Ese lugar tenía todas las muñecas, balones y muertos del pueblo. Los pequeños corrieron cuesta abajo, contentos pero en silencio. Sabían que podían ser descubiertos por los mayores: los padres estarían vigilando y una mínima sospecha conseguiría que no les dejaran ir tan abajo nunca más.

Los vecinos de esa parte los recibieron con alegría. Como eran dados a regalar y a dar cariño, amor y más amor, y siempre mucho más de lo que recibían, no se tomaron a mal ese dejar correr hacia abajo lo que arriba molesta. Tan sólo abrieron el ataúd, saludaron al muerto, y lo repartieron en pedacitos proporcionales entre todos los niños.

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SUPER 8

Un director de cine compra una cámara Súper 8. Se propone grabarlo todo. Comienza por su esposa. Ella durmiendo, desnuda, enfadada. Su esposa que habla por teléfono y el director grabándola. Ella balbuciendo que ahora no porque el pesado no para. El director de cine aprovecha la tensión y hace zoom. Luego se enfoca a sí mismo. Justo en ese momento sobreviene lo de la navaja en su ojo. Ahora podrás grabar los sueños a lo Buñuel, le susurra ella. Y todo esto el director de cine lo escucha lejano. Molesto porque la cámara podría no haberlo recogido.

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REVOLUCIÓN

Por favor sea breve, dijo el Dr. Brioche, y Maria Antonieta comenzó la retahíla con su boquita francesa: que lo de menos era no poder moverla adelante o atrás, ni hacia los lados, porque para decir sí o no ya se bastaba con el habla, que gracias a Dios, no le había sido cercenada por el tajo, y que lo peor era no poder pasear con la cabeza bien alta a sus perritos, que era lo que más adoraba, más que su marido y el chocolate incluso, sólo pasear a sus perritos. Aquí se detuvo, pues perdió de vista al doctor. Y no gritó. Cerró los ojos. La revolución, susurró. Y se rindió a esas manos extrañas que examinaban su cuerpo unos metros más atrás.

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PARTÍCULAS

El tic en el bigotito del escritor que piensa en el microrrelato como algo mínimo, huevo de codorniz, y el personaje que es un relámpago, estornudo, un romper de punta de lápiz, y la primera palabra, centro de la rueda, y de repente las partículas que plop, la desorganización de la materia, el fin del pequeño milagro, y el bigotito del escritor encima de la hoja haciéndose tan micro que aparenta un correr de hormigas, y el silencio en la habitación y alguien que llama a la puerta, y el escritor mínimo, inestable, apenas un bluf de materia, unas gotitas sobre la alfombra, y entonces ni tic ni huevo de codorniz ni rueda, apenas un relámpago tras la ventana que anuncia tormenta.

Publicado el 6/5/2011



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