Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
maciaschain@gmail.com

Juan Andrés García Román y un año de El fósforo astillado

Fotografía de Laura Rodríguez Villa-Real

Traemos a esta sección de firmas invitadas El fósforo astillado, libro de poemas de Juan Andrés García Román que fue merecedor del premio Hermanos Argensola 2008 y publicado por DVD Ediciones. Podrán leer a continuación una breve entrevista que el autor ha mantenido sobre su libro con Juan Manuel Macías, seguida de un completo artículo a cargo de David Leo García sobre la recepción crítica del poemario, principalmente en medios digitales. A este respecto, no podemos ocultar nuestra satisfacción por el hecho de que El fósforo astillado ha sido elegido recientemente el mejor libro del año pasado por el prestigioso e imprescindible blog de crítica literaria Afterpost.

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UNA CHARLA DE JUAN MANUEL MACÍAS CON JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN

"La existencia de una «esencia» común, susceptible de ser trasvasada a otro código, está bien enraizado uno de los cánceres del pensamiento occidental, siempre dual, y éste no es otro que el de la creencia de que forma y fondo pueden ser separados en la operación de la traducción". Escojo estas palabras de tu prólogo a la traducción de la poesía póstuma y dispersa de Rilke por dos razones. La primera, porque siempre es un placer y una fiesta coincidir contigo. La segunda, porque me parece un estupendo tema para deambular por la antesala de El fósforo astillado, donde tu libro nos entrega la primera perplejidad. Cuando nunca se agota el debate sobre la unidad de los poemarios, o sobre su estatus como entidad independiente y no aglutinadora, tú decides escribir el libreto de una ópera. O, siendo más precisos, la ficción de una ópera, con un juego de estratos admirablemente complejo que no se limita a la mera sucesión temporal de los recitativos del tenor y la soprano. Hay quien podrá acusarte de capricho superfluo. Pero si intentamos creer que en el arte la pulpa y la piel son una sola cosa, que el capricho es un acto de libertad, una afirmación frente al silencio, ¿es imposible concebir tu libro sin ese andamiaje o artificio?

Bueno, es posible, por desgracia lo es y es mi temor, un temor que a veces se cumple. Algunos se quedan con los “dibujos animados” (tomo la expresión de mi amigo Lorenzo Oliván) de las imágenes y no ven que hay un terrible afán por decir, no sólo por extender la cola-de-yo-pavo-real-pantalla-de-cine. El libro es una agonía por la posibilidad de la comunicación, de la poesía, de la belleza, de la consolación en la palabra, (“tú eres real” acaba diciendo, casi implorando). Ese andamiaje es acaso un artificio, una textura para dar cobertura al arte que debe “ser afilado de conocimiento y amargo de anhelo”, como decía Ingeborg Bachmann, pero también seductor, porque es arte (Cicerón, El orador). Supongo que esas son las dimensiones de las que hablas.

Aunque, en buena medida, y esto es lo que considero más significativo, toda esa estrategia es una estrategia de desautorización. Porque sólo con esa desautorización (no tomarse en serio, no poder llegar a ser esteta ni creador, no querer ser divertido ni ingenioso) se consigue una higiene moral.

Tu libro abunda en el viejo asunto del lenguaje, su esencia, sus posibilidades, sus límites. En el fondo, cualquier poema es un problema de lenguaje, creo yo. Y el lenguaje es un "real" problema. ¿Es la realidad (pensada, vivida, leída) fatalmente intraducible, como la poesía? En sentido inverso, ¿deberá aspirar un poema (o estar condenado) no tanto a darle un nombre ordenador a las cosas como a ser una cosa más entre ellas, igualmente indescifrable? El poema como mímesis o representación de lo que llamamos "vida", con todas sus contradicciones y misterios, en un escenario...

Oh, esa es una pregunta infinita. Pero no tenemos la eternidad para contestarla. Ni tampoco el arte la tiene. Además es la cuestión que me interesa ahora en un proyecto en cierne. Más que estar condenado a ser la cosa, ser la cosa sería la salvación del lenguaje. Pero esa salvación es imposible, ese acto órfico de recuperar lo perdido con el canto sólo lleva a seguir tañendo y tañendo (lallen und lallen: balbucear y balbucear). El arte no puede ser “la” cosa, sino “otra” cosa que cause una impresión análoga. Aún así nunca nos daremos por satisfechos. Porque la pérdida obliga. Y el hombre es hombre porque siente la pérdida. No podemos aceptar lo que acabo de decir: que no podemos nombrar lo visto, oído, sentido, lo “ya sido” (ya = Presente, inmediatez; sido = Pasado). No podemos. Y por eso escribimos.

"Sonó la sintonía de Windows y amaneció...". Me resulta muy grato comprobar con qué habilidad haces convivir en estos poemas un léxico tomado de lo cotidiano con (digamos) un cierto sabor de época. Esa alquimia tan sutil les dota de un distanciamiento efectivo y placentero. Tal vez dentro de cien años (o mucho menos) la palabra Windows produzca el mismo efecto que el vocablo miriñaque. Pienso en aquellos poemas ultraístas, tan ofensivamente originales en el léxico como conservadores y predecibles en el tono, no muy lejano del figurativismo español de los ochenta. Pienso (demasiado a menudo, me temo) en Homero, el cual hizo decir a Telémaco que los hombres más alaban un cantar cuando lo escuchan nuevo. ¿La novedad del cantar, lo que mantiene en pie el asombro, será cuestión no tanto de ladrillos como de cemento? Volvemos al lenguaje como problema...

Claro. Es la falacia de lo nuevo. Por eso siento haber fracasado cuando veo que lo que hago se queda en esos chispazos chistosos. Aunque tampoco puedo ser sublime y decir: lo que me interesa es lo otro, ese otro más universal llámese como se llame. Porque entonces caeríamos otra vez en la trampa. Digamos, para resumir, que hay duraciones. Y que el libro ha querido jugar a todas. El amor es una preocupación de más largo alcance que la de Windows (la técnica) pero tampoco es absoluta. Nada de eso. Es sólo más duradera. Acaso sólo la muerte es infinita. Pero hasta la forma de mirarla a los ojos (que es lo que nos interesa) ha cambiado desde nuestros abuelos a nosotros. Lo que sí es cierto es que detesto una poesía que consista sólo en el verso que citas. De hecho confieso que casi me arrepiento de él.

Pasemos de lo nuevo a lo conocido. La tradición, otro problema difícil. ¿Qué importancia le das a la tradición poética española y en qué medida crees que debe estar presente a la hora de escribir un poema? ¿La poesía es esclava de su lengua o podríamos hablar también de una tradición "universal"? En cualquier caso, ¿qué podríamos entender por tradición poética?

La tradición es susceptible de ser releída, traducida y renovada. Debe ser de hecho así o morirá de caspa. Ahora bien, la tradición es lo que tenemos. No existe el grado cero lingüístico. Nadie puede escribir desde cero. Eso es imposible. Porque una salida del lenguaje sería una salida de la sociedad y una salida de la sociedad es por desgracia imposible. Es como la descripción que hace Wittgenstein del lenguaje como una ciudad. Podemos revivir lugares, darle nueva vida a barrios viejos. Pero ya tenemos la ciudad construida. La universalidad es una idea bella, pero la poesía se hace con lenguaje y el lenguaje es tiempo y es historia. Y este país se llama España. Aunque a veces nos pese.

Y del problema del lenguaje, a la vida literaria como problema. La mayor parte de la bibliografía crítica sobre El fósforo astillado que aquí recogemos pertenece a medios digitales. Me gustaría que reflexionaras sobre eso y que ensayaras un diagnóstico sobre la crítica literaria en este país.

Respecto a la recepción de mi libro, no puedo ser yo quien diga si merecía algo y si ese algo debía escribirse allí o aquí. Yo estoy contentísimo con aquí y muy muy agradecido.

Respecto a la literatura... pues debería empezar diciendo que esto no lo va a leer nadie. Y el hecho de que tú y yo estemos conversando sobre un libro tan minoritario me da casi vértigo, de puro vacío, del eco que, ¿no lo escuchas?, parece que sigue a cada palabra. Pero este problema, al margen de mi libro, es mayor. El mercado en buena medida ha creado una ficcionalización del libro: el libro como conjunto de páginas (novela, aproximadamente de 200 a 400 páginas, desarrollo argumental de thriller...) y le da el mismo nombre que el que algunos pelagatos empleamos para designar al discurso emancipador del ser humano. Ahí radica el problema global. La literatura no desaparecerá. Pero la situación es terrible. Porque el mercado puede comprar la subversión (ecología, espiritualidad, verdad, belleza) y ofertarla como producto, como un doble deturpado y horrendo. Vender su oposición. Ahí estamos perdidos.

Ahora bien, al problema general se le une otro local: a los españoles no les interesa la literatura escrita en nuestra lengua. Y no es una reclamación que se mire el ombligo. Hablo del español como lengua literaria y poética y pienso en Raúl Zurita, Watanabe, Lorenzo García Vega, Rafael Cadenas, Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Eduardo Milán, Martínez Rivas, Morábito... no son inferiores, sino superiores a un C. K. Williams (enorme poeta, eso no lo dudo) y sin embargo este último vende más que aquellos. ¿Por qué España es como es? Esa pregunta sí que es infinita. Pero eso que lo responda nuestro entrañable Vilas.

UN AÑO DE EL FÓSFORO ASTILLADO. ARTÍCULO SOBRE TODO Y SOBRE LA CRÍTICA Y LOS FABRICANTES DE ROMPEOLAS. LA PIPA DE MAGRITTE ES UN POMPERO

POR DAVID LEO GARCÍA

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TODO LO DEMÁS

Es difícil, ya lo sabemos, evaluar el presente desde el presente. Y mucho más en unos tiempos en los que apenas cuenta algo más que lo inmediato, donde lo que en otra época se consideraba eterno o, más modestamente, perdurable, puede desaparecer por combustión espontánea. Exceso y vacío, que dice el pensador, extremos que se tocan.

¿Cómo va a abrirse paso un verso, un libro, una obra completa, entre los oleajes de información? Los poetas del XVI, aunque fueran iguales en calidad a los de ahora (si es que hay alguna forma de equipararlos), no se enfrentaban a esta idea -esta ansiedad. Pensamientos de individuos que temen, que saben, que todos sus esfuerzos se perderán en un marcapáginas de la inacabable Biblioteca de Babel, que encima es un trabalenguas.

Por cuanto tiene de creación no vamos a decir pura, no vamos a ser ingenuos, pero sí compleja, densa, la poesía está en el centro... periférico. La creatividad es condición indispensable para la felicidad, afirma el otro, arquitecto de pirámides. Puede ser más deseable la creatividad en un charcutero o un amante que en un poeta, pero no vamos a hablar de eso. La felicidad. O su raro entramado, el bienestar, más amenaza que recompensa. (Dios, otro discurso reaccionario.)

¡El exceso! Y aquí es donde aparece internet. Es lo más. Es, como la poesía, una plataforma virtual donde potenciar lo real. Nos permite, por fin, liberarnos de nuestras circunstancias, podemos acceder a todas las épocas, practicar el deporte mejor: la simultaneidad. Como la poesía. También es su propio extremo, lo sabemos todos, la sobrecarga, la saturación, la noticia leída quince veces y la charla de chat que vuelve sobre sí.

Está claro, todo esto es un tránsito, hacia. Otra cosa. Mientras, que todos tengan su bolita antiestrés con la forma del planeta. Y todos una máscara de Obama, incluso el propio Obama.

(Nota para el futuro: escribir un relato sobre un informático en paro que, apasionado por el género novela-que-sucede-en-internet o novela-con-entradas-de-blog o similares, decide lanzarse a la realidad y... Bueno, mi nota está incompleta.)

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LA RECEPCIÓN CRÍTICA DE
EL FÓSFORO ASTILLADO

Ahora en serio. Este artículo tiene un objetivo: enumerar las reseñas aparecidas en distintos medios, tanto impresos como digitales, acerca de un libro de poemas.

Se trata de El fósforo astillado, escrito por Juan Andrés García Román, premiado con el Hermanos Argensola y publicado hace un año por la editorial que mantiene esta web. ¿Lo han leído? Fascina. Mojémonos un poco más: es el mejor poemario de su generación, junto a Adiós a la época de los grandes caracteres, de Abraham Gragera (Ed. Pre-textos, 2005). Dos libros parecidos, opuestos.

Es curioso. En el de Gragera hay dos poetas simultáneos: uno mordaz y descentrado, que define los conceptos por su contigüidad con otros, y autor de una corriente libre de lenguaje (lejana, eso sí, tanto de un poeta language como de la escritura automática de un surrealista); y otro poeta más ortodoxo, muerte y amor, que nos regala una pieza perfectamente climática como es “El jardín de lo que no hay”.

En el de García Román hay también dos poetas, pero de otra manera: uno se construye sobre el otro, mejor: sobre su negación. Se suceden, se evitan.

Dos nietos de Deleuze. Gragera: “vivir es predicado”. García Román: “"Pero las posibilidades abren sus florecillas blancas, minúsculas y exactas, / como las del acebo"”

La ironía como sustento de ambos discursos”. Como la escena imborrable de En un lugar solitario: el odioso Humphrey Bogart, que interpreta a un guionista de obras de suspense, está rebañando un pomelo y le dice a su novia (Gloria Grahame, no tan odiosa) que para construir una escena de amor no puede incluirse solo amor, tiene que haber “otra cosa”, algo definitivo para que si cualquier persona ve desde fuera esa misma escena sepa que están enamorados.

En esa escena hay otra cosa. La ironía puede ser esa otra cosa. No anula la emoción, sino que la potencia.

Ahora el reverso de la trama: la crítica. Una crítica, muchas críticas. El libro de Gragera dio lugar a reseñas tanto en El Cultural como en Babelia esto es, en los dos suplementos literarios más leídos de España. El de García Román no ha aparecido en ellos. No creemos que este dato dé alguna idea sobre la importancia de los libros, que es equiparable, sino de lo que han cambiado la recepción crítica de la poesía en solo dos años y medio.

De las doce reseñas que manejamos (se descarta la que realizó Martín López-Vega al haber sido borrada), nada menos que ocho han aparecido en medios digitales. La estructura de un blog, pese a ser todavía más embrión que persona, libera la represión de un recorte de periódico. Quizá una de las funciones de este libro haya sido esa: demostrar que el juego de intereses que hay detrás de la crítica en suplementos ya no puede dar cuenta de la nueva literatura.

Buscaremos. Otra cosa. Pasamos a enumerar las críticas efectuadas, por orden cronológico.

El 30 de octubre de 2008, a muy poco de la publicación de la obra, Rosa Benéitez firmaba una reseña  en la naciente e interesantísima revista Afterpost, siendo la más temprana y quizá la más completa de cuantas se han publicado, puesto que recorre los aspectos principales y más sorprendentes del libro articulando un discurso paralelo a él, sin desligarse pero también sin abusar de la glosa. A nuestro entender, toca una fibra de esta “poética del exceso” en el siguiente párrafo:

[...] unos poemas que no creen que debamos acomodarnos en la posición de la imposibilidad del decir, o que por el contrario hayamos de confiar plenamente en la capacidad enunciadora, sino que más bien abogan por re-hacer el lenguaje, por devolverle su propiedad comunicativa a través de la palabra poética en un juego incesante entre signos, significantes y significados”.

Más tarde, esta misma página afirmaba que se trataba “el mejor libro publicado por el mercado literario de nuestro país, y en español, durante el último curso editorial”, añadía un nuevo análisis tan penetrante como el anterior y exponía magníficamente los motivos de la mención. Concluye diciendo: “El fósforo astillado es nuestro libro del año porque, simplemente, es el que más nos ha gustado”.

6 de diciembre de 2008: José Daniel García. El Día de Córdoba. Recuperada en su página web . También hace hincapié en su trato con la belleza, aportando una perspectiva novedosa: el fracaso del poeta puro. Los que saben sobrevivir a este fracaso pueden llegar muy alto por otra ladera: así sucede también con Adiós a la época de los grandes caracteres, escrito con conciencia de la imperfección, e insertando así digresiones o picos irónicos en construcciones perfectamente clásicas. Señala como modelos a Ashbery y a Simic, poetas que se dejan sentir en la poesía española última.

Nada desdeñable es tampoco la aportación de José Luis Gómez Toré (7 de diciembre de 2008), aparecida en La tormenta en el vaso, página omnívora que recomienda novedades editoriales. En ella, su autor se centra en la unicidad del poemario, colección de cachivaches en el desván del pensamiento posmoderno. Nombra al omnipresente Ashbery y a Hölderlin, poeta imprescindible para entender a nuestro autor, que retoma y actualiza muchas de sus actitudes, como la convivencia con lo sagrado volátil.

Rafael Espejo, el 11 de diciembre de 2008, en Granada Hoy, con forma de noticia entusiasta: “un culturalismo sin pedantería, que aplica como nunca he visto el dato intelectual al latido emocionante en sucesivas lecciones de sabiduría sentimental”. Le damos la razón. De las vitrinas palaciegas novísimas hemos pasado a un rebuscar en la caja de herramientas de las categorías, en busca de algo que sirva, la sincronicidad de las épocas. Pero lo que nos sirve es esa búsqueda.

Más tarde fue refundida como reseña en la revista Paraíso, con algún añadido interesante (como la mención del director de cine David Lynch, del que hablaremos más tarde).

Con el año nuevo llegó el número de enero de Poesía digital, publicación que adquiere importancia conforme pasan los meses, y más interesante cuanto menos tendenciosa. En ella apareció una reseña  que firmaba Daniela Martín Hidalgo. Desde nuestro punto de vista, acierta plenamente en el párrafo que habla de Montale, pero necesitaría matizar cuando define la obra como un libro bello (que aparte acerca de la belleza). Porque la apuesta de García Román va más allá: aparte de la reflexión sobre la belleza intenta, mediante oportunos insertos de feísmo, una escalada a lo sublime, siguiendo las categorías kantianas.

Bello puede ser un Howard Hawks o similar, pero David Lynch no entra en ese reducto, no puede. Va más allá. Algo parecido pasa con El fósforo astillado.

No es gratuita la comparación con el director: comparte con él el gusto por lo monstruoso (Cabeza borradora, El hombre elefante), las continuas digresiones y la mise en abîme (Terciopelo azul), las alucinaciones que modifican la realidad (Mulholland Drive), la lenta estructuración de un océano de referencias (Inland Empire) que por otra parte remite a la marea de símbolos que para Jung constituye el pensamiento humano.

Otra afinidad: un verso de la última entrega de Lorenzo Plana (también reseñada, por un afortunado juego de correspondencias, por Daniela Martín Hidalgo en Poesía digital y por el propio García Román en el último número de “Paraíso”): “¿Es que no has comprendido la gran desproporción de la hermosura?”

Vicente Luis Mora llevó a cabo su aportación el 26 de febrero de 2009. Una buena crítica en la que interesan tanto los comentarios al libro como las notas apriorísticas sobre el proceso de escritura de la reseña. Su estructura es analítica y numérica, tractatusmente. Habla de su “afinidad esencial” con Rilke, modelo alrededor del cual orbitan muchos de los intereses de García Román, y su gusto por la adición exagerada que tan maravillosamente resulta.

En el punto 6 incluye Mora un relato de su invención, sin duda condicionado por la lectura del libro, afirmando que “no está en El fósforo astillado, pero podría estarlo. Fuera de la consideración de si su calidad está a la altura del poemario, viene a revelar que este cumple una de las funciones principales de la poesía, señalada por tantos desde Platón a Valéry: inspirar al lector. También la reseña es digresiva y nerviosa, diríamos que contagiada por el ánima del poeta.

En el 7, la necesidad de etiquetar lleva al crítico a enmarcar a García Román dentro la corriente “metaepistemológica”, donde sitúa también a algunos de los poetas más interesantes de la actualidad (Jorge Gimeno, Carlos Pardo, Abraham Gragera, Mariano Peyrou, Sandra Santana), y chirría un poco la autoinclusión. Se podría debatir la conveniencia del término: es cierto que estos poetas añaden el “marco socio-intelectual” al propio discurso, e incluso se aventuran a dilucidar el proceso de formación del pensamiento contemporáneo (Carlos Pardo: “Hemos tomado fórmulas prestadas / del viaje épico, del auto- / conocimiento a pie, del folk, / del rock, / de los documentales susurrantes, / del apólogo esdrújulo, / del cosmos homeopático.”). Pero cabría preguntarse si esto no es una incorporación más inmediata, a pesar de su hiperconsciencia, de lo que cree Mora. Prácticamente todos los creadores, o al menos los capaces de cierta penetración, toman las referencias del marco cultural aprendido y las desmontan (de ahí su valía), aunque no lo hagan de forma tan explícita.

Más interés presenta el punto 8: Qué pide un libro del crítico literario. Si lo pide todo, si exige del crítico todos sus recursos y capacidades analíticas y expresivas, es que ese libro excelente: el crítico pone a prueba el texto, sí, pero también se somete a prueba con su lectura, es juzga al poner su ambición a la altura de la del libro.”

El 4 de marzo se concedieron los “Premios Ausias March” a los mejores libros nacionales publicados en el último año. Esto sucedió en la página “Crítica poética y contracrítica”, escrita por cinco autores cuya identidad no es revelada. Tan ensalzada como denostada, ha cumplido en los últimos años una curiosa labor de higiene, más interesante cuanto más habla de libros de poemas, tanto nacionales como extranjeros, y menos cuando lo hace del mundo literario, ese apéndice del Mercado (el mercado que dice: “hay otros mundos, pero están en este”). Inevitablemente lastrada por la subjetividad (lo cual ellos intentan subsanar poniéndose nota de objetividad), muestran unos gustos que tienden hacia el esencialismo y, aunque se agradecería mayor moderación en los comentarios de los visitantes, su tarea no deja de ser un ejercicio de honestidad.

La crítica de Javier Moreno vio la luz (digital) el 6 de marzo de 2009. Como es inevitable, repite algunas de las observaciones de los arriba estudiados, aunque aporta alguna idea jugosa, como la hiperconsciencia de la propia poética o la relectura (mercantil) de las vanguardias, para las que, valga la paradoja, el acto de desacralizar era sagrado. (Jorge Gimeno: “desde 1920 / la poesía es algo demodé”.)

La de Carlos Pardo en Diario Público apareció el 4 de abril de 2009. Al tratarse de un medio impreso obliga a la síntesis, lo que no impide que el crítico ofrezca un aperitivo cabal del libro: “Este libro descoloca. ¿Se trata de una broma? ¿Es la nueva “obra total”? Juan Andrés García Román, romántico disfrazado de bufón, ha escrito una de las más ambiciosas y divertidas (y también caóticas y originales) aproximaciones al mundo actual desde la poesía. Y ha conseguido lo más difícil: que sólo suene a él.” Concluye mencionando la ambición truncada de abarcarlo todo, más fascinante cuanto más dolorosa.

Agustín Fernández Mallo redactó una nota de lectura en su blog El hombre que salió de la tarta el 6 de mayo de 2009. Parece haberle impresionado el libro, pero también la reseña de Vicente Luis Mora (cita exactamente el mismo fragmento, con la misma nota orientativa) y, como él, relaciona la obra con su propio proyecto poético.

Rubén González Martín acompaña su reseña  (número de julio de Pata de gallo) con el precioso cuadro de Franz Marc “El molino embrujado” (nos quedamos embobados viéndolo en el Art Institute de Chicago, esto no viene a cuento, lo sé). No podemos estar más de acuerdo en la función del humor en El fósforo astillado: “Esa risa surge a veces como respuesta al absurdo, pero también ante esa conciencia de inestabilidad de la que hablaba Bataille”. ¿El lenguaje llevado a un trastorno de ansiedad?

Y hasta aquí los intentos de compendiar visiones sobre este libro, tan difícilmente agotable como desentendido de su genialidad.

3
LOS NOMBRES QUE NO HE DICHO (¿YO?)

Un nombre de los que faltan es Lipovetsky. El otro Maslow. Espero que haya sitio para un pedante más por estos lares. Donde caben 791... La reseña que falta ha aparecido en La estafeta del viento  firmada por nosotros, quiero decir, por mí. El plural mayestático, la ilusión de que se pertenece a algo más amplio. Lo que ha sido Siempre, perdón por la mayúscula, la Poesía.

Publicado el 4/11/2009

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