Firmas invitadas
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"El poeta es un frecuentador de periferias"
Pablo Soller entrevista a Fernando Luis Chivite, autor de Apuntes para un futuro manifiesto

Pablo Soller es el pseudónimo con el que el autor de Apuntes para un futuro manifiesto se presentó al Premio de Poesía Hermanos Argensola… y a otros antes. Seguramente, nadie mejor que Pablo Soller para entrevistar a Fernando Luis Chivite. Nuestros nombres falsos conocen parte de la verdad que se muestra y se oculta en nuestros nombres verdaderos.

***

Pablo Soller: Por favor, cite de memoria algún verso de su reciente libro.

Fernando Luis Chivite: ¿Un solo verso? No sé. Espere. Quizá uno que dice: “La nieve que iluminaba la escalera”.

P.S.: Bien. ¿Por qué ha citado ése en particular? ¿Qué le sugiere?

F.L.C.: Supongo que lo he citado porque es uno de los que recuerdo con más facilidad. Es una frase inicial. Y las frases iniciales son importantes. Señalan el camino que hay que seguir.

P.S.: ¿Un poema es pues un camino que hay que seguir?

F.L.C.: No es en realidad un largo camino. Yo diría que un poema es una visión. Es algo que sucede. No es algo que tú puedas planear, sino más bien una visión que tienes de pronto. Algo que no habías visto y que de repente ves. En los momentos más elevados tenemos visiones. Con ellas, un pintor pinta un cuadro. Un músico compone una melodía. Un poeta hace un poema. El tiempo que tarda en hacerlo, que puede ser mucho o poco, es decir, el camino que tiene que recorrer, está marcado sobre todo por el recuerdo de la visión inicial. Y por el esfuerzo de mantenerlo iluminado, de que no se esfume eso, de que no desaparezca: el valor y el sentido de esa visión.

P.S.: “La nieve que iluminaba la escalera”, ¿qué quiere decir?

F.L.C.: Es una imagen de mi infancia. No quiere decir nada. Sólo lo que dice.

P.S.: ¿Apuntes para un futuro manifiesto es un libro de infancia? ¿Qué diablos pasa con la infancia? ¿De verdad es imposible librarse de ella?

F.L.C.: Bueno, vamos a ver, éste es un libro que tiene muy poco que ver con la infancia. En ese sentido, es más un libro de la mediana edad. Pero la infancia siempre está ahí, claro. Y no siempre para bien. No sé si es imposible librarse de ella. Supongo que no. En cualquier caso, al menos para mí, el poder de las imágenes de la infancia, su intensidad y su persistencia, suponen algo así como el leitmotiv de la vida: ese fragmento de melodía que tarareas sin darte cuenta cuando no piensas en nada en especial: ese sitio al que regresas mentalmente una y otra vez de la manera más involuntaria e indeliberada.

P.S.: Dice que es un libro de la mediana edad. ¿Puede explicar eso?

F.L.C.: Es un libro de resistencia. Ya lo he definido así en alguna otra entrevista. Una especie de manual de resistencia elemental. No es que yo lo escribiera con esa intención, sino más bien que ése ha sido el resultado. Es lo que ha salido.

P.S.: ¿Resistencia contra qué?

F.L.C.: Resistencia contra la falsedad, claro. Contra la estupidez. Contra la ambición. Contra la locura. Uno se resiste a ser asimilado, siempre es así.

P.S.: ¿Puede uno resistir contra todo eso con un libro de poemas?

F.L.C.: Mire, yo acabo de cumplir los 50 años. Mi educación sentimental se desarrolló en una época que ya ha pasado y la mayoría de los maestros de los que aprendí el modo de mirar y cuya obra admiro, ya están muertos. Pero todavía me queda mucho por vivir. Me queda casi media vida. En el mejor de los casos, naturalmente. Y entenderá que es perfectamente lógico que uno intente evitar volverse loco o convertirse en un imbécil. Si se fija en el título del libro verá que ahí parpadea una ligera intencionalidad ética. Nombrar la palabra manifiesto hace pensar en unos presupuestos para la acción. O para la no acción. Un crítico decía: “Se lee como un ajuste de cuentas con el pasado”. No me parece mal. Pero creo que se proyecta más hacia el futuro que hacia el pasado. Muchos de los poemas tienen un tono moral, eso es evidente. Pero se trata de una moral individual. De una moral de resistencia ante un mundo que no me gusta mucho y de cuyas intenciones no puedo evitar desconfiar. Es pues, antes que nada, un manifiesto para uno mismo. O mejor dicho, sólo un esbozo, un primer borrador.

P.S.: ¿Quiere eso decir que algún día escribirá el verdadero manifiesto?

F.L.C.: Esa es una buena pregunta. Pero no lo sé. No lo creo. Prefiero escribir poemas a escribir manifiestos.

P.S.: ¿Qué es un poeta en estos tiempos?

F.L.C.: En estos tiempos, lo mismo que en cualquier otra época, un poeta es fundamentalmente un tipo esquivo.

P.S.: ¿Un tipo esquivo?

F.L.C.: Sí. Alguien que se aleja porque no quiere pertenecer. No quiere…

P.S.: Perdón, ¿a qué no quiere pertenecer?

F.LC.: No quiere pertenecer a la secta, claro. A la tribu. A la patria. Digo que el poeta es alguien esquivo porque todo el tiempo intenta salirse del círculo. No quiere saber nada.

P.S.: ¿Está diciendo que el poeta no quiere saber nada de la sociedad a la que pertenece?

F.L.C.: Lo que digo es que el poeta tiende a salirse de la sociedad a la que pertenece. Tiende a alejarse de ella. De la uniformidad y el moldeamiento de esa sociedad, claro. De las falsedades y convencionalismos de esa sociedad. El poeta no pretende soltar una opinión. Ni hacer política. Ni contar una historia. No es eso. Es subversivo. Lo es porque es el que desenmascara. El que nombra lo que no se ve. Lo que pretende permanecer oculto. El que se cuestiona el orden. El que subvierte los valores. El que juega con los símbolos más o menos sagrados y con todas las estúpidas ficciones que supuestamente identifican y definen al grupo.

P.S.: ¿Cree usted que la poesía tiene una función social en la actualidad?

F.L.C.: Lo que creo es que la función social de la poesía, si es cierto que existe tal cosa, tiene forzosamente que ver con la búsqueda de los límites del lenguaje: lo que podríamos llamar los extrarradios del sentido: la periferia. Por eso el poeta es un ser esquivo. Es un frecuentador de periferias.

P.S.: O sea que la poesía está en la periferia.

F.L.C.: Sí. En la periferia de lo social. En la periferia de lo político. Es una criatura de los límites.

P.S.: Defina límite.

F.L.C.: Bueno, el límite es el lugar en el que una cosa está a punto de dejar de ser lo que es para convertirse en otra, ¿no?

P.S.: ¿Es eso?

F.L.C.: Supongo que es eso, sí. Un sitio donde se producen apariciones y desapariciones. Y transformaciones. Y mutaciones raras y curiosas especies híbridas.

P.S. Un sitio interesante.

F.L.C.: De hecho, la mayoría de las cosas verdaderamente interesantes ocurren en la proximidad de los límites, claro.

P.S.: Creo recordar que en alguna parte usted ha dicho que busca la claridad y que huye de toda retórica y de toda solemnidad.

F.L.C.: Bueno sí. Supongo que no siempre ha sido así, claro. A ciertas edades uno tiende a ponerse un poco demasiado enfático. Es natural. Pero acabas aburriéndote de eso. La solemnidad suele ser un poco insoportable. Luego, además, hay una cosa que inevitablemente ocurre: la vida te acaba enseñando a no tomarte demasiado en serio. No aprender esa lección es de estúpidos. En torno a la actividad literaria hay cantidad de historias patéticas provocadas precisamente por ese asunto: por la torpeza de tomarse uno a sí mismo demasiado en serio.

P.S.: En uno de sus apuntes, dice: “Ni demasiado turbio, ni demasiado claro”. ¿Puede eso aplicarse a su estilo?

F.L.C.: Bueno sí, efectivamente. Aunque no tanto al estilo formal de las frases como a su sentido o posibles sentidos. “Añade sombra”, decía..., ¿quién diablos lo decía?, ¡vaya, ya no lo recuerdo! Pero bueno, es eso. Hay que dejar una zona de sombra porque es ahí donde aparecen las cosas.

P.S.: Gracias por su tiempo.

F.L.C.: Ha sido un placer.

Pamplona, 16 enero, 2010

Publicado el 28/1/2010

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