Firmas invitadas
Sección coordinada por Juan Manuel Macías
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Carlos Pardo: carta a Juan Andrés García Román (y un poema)


Carlos Pardo con Robert Hass sentado. Fotografía de Laura Rosal

CARTA A JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN

No, Juan Andrés. No pienso en esas cosas. Si no, me deprimiría. Hay gente que me quiere y gente que me odia, y a veces se mezcla en una misma persona, como me pasa a mí. Aunque intento practicar una especie de imperturbabilidad sentimental. Creo que como tú. Prefiero presuponer simpatía.

Pero te refieres a los blogs y esas cosas, ¿verdad? A algunas peleas que hemos tenido con gente anónima en Crítica y contracrítica, ¿es eso?

Pues me da un poco igual. Es como un eco judicial –la época de los fiscales anónimos– que intenta enmarañar, con un punto de vista bastante provinciano (localista español) y que valora sus lecturas de 0 a 10.

Como lo de las generaciones poéticas y lo que dices de que te obligan, por exigencias de la publicidad, a matar al padre. Y yo pienso: ¡si mi padre es un poco como el soldado Svejk! Te cuento: se puede decir que no he tenido padre. Mis padres se divorciaron cuando yo era pequeño y sólo he vuelto a tener relación con mi padre hace unos meses. ¿Cómo podría querer matar una ausencia? Inventármela, si acaso… Pero tampoco ha sido así. No sé cómo pero he conseguido vivir bastante tiempo sin la necesidad de inventarme un padre. Quizá porque tenía hermanos mayores. Hace poco mi padre volvió a aparecer en mi vida, pero en una cama de hospital tras haber sufrido un infarto y haber estado diez minutos sin que le llegara oxígeno al cerebro. Mis hermanos y yo hemos recuperado a mi padre, por fin, pero como enfermo terminal. Ahora lo cuidamos nosotros porque en su huida vital no tuvo lazos duraderos. Sus lazos: un divorcio y una testaferro mexicana.

En ese sentido, antes que matar al padre, tenemos que cuidarlo.

Y esto me lleva a una reflexión que me obsesiona. Nuestra cultura no vive para la muerte (el ser-para-la-muerte heideggeriano). La muerte no existe. Existe la enfermedad. Somos un ser-para-la-enfermedad. Con ese cambio antropológico, la vanguardia pasa a ser retaguardia. Cónsules de la retaguardia...

Si te referías a los poetas de la experiencia, no puedo considerarlos como padres. Si acaso, como hermanos o buenos amigos, pero nada más. Me parece que la poesía de la experiencia es una posibilidad más de las infinitas que da la escritura, y además una que sintonizó perfectamente con la transición a la democracia, pero quizá nosotros somos hijos de la dictadura del mercado y nuestros referentes tienen poco que ver con los del realismo de los ochenta. Por ejemplo cosas que ves en Luis García Montero, en su defensa de la normalidad como un lugar para el pacto, la identificación “positiva” entre lector y autor… Yo soy incapaz de reivindicar la normalidad. ¿Qué opinas tú de la normalidad? ¿Te consideras normal? ¿Lo soy yo? Me gusta más el extrañamiento lingüístico, la parodia, qué sé yo, pero me da cierta tranquilidad que exista gente como Luis García Montero. Igual que a ti. Que haya algo que se llame normalidad sin identificarlo con las buenas maneras burguesas. Ahora que lo pienso, quizá la falta de padre conlleva un temor a la normalidad. No he sido como los demás niños y creo que, de manera indirecta, la culpa la tiene la ausencia del padre. Mis hermanos me disfrazaban de mod. Desde los 11 años fui mod. El único mod de una clase de pijos.

Lo que pasa es que en este país monoteísta la pluralidad, el respeto y la admiración están mal vistos. Si admiras a Luis ya no puedes admirar a Ullán. Si te gusta Olvido García Valdés, parece que eso te incapacita para disfrutar de Felipe Benítez Reyes. Por eso prefiero pensar que mis gustos van por cierta literatura latinoamericana (de Salvador Novo a Carlos Martínez Rivas, de García Vega y Milán a Fabián Casas... ¿te gusta Fabián Casas?) y paródica (bla bla bla, Jean Paul y Genazino). Y así me quedo más tranquilo. Como si no viviese en España.

Pero eso de los padres y los abuelos… Ahora dicen que hemos vuelto a los novísimos y otra vez te lo puedo explicar desde un punto de vista biográfico. No he conocido a mis abuelos. Unos murieron antes de que yo naciera y otros cuando era muy pequeño. Los de mi padre no sé si eran falangistas. Mi abuelo materno murió de una neumonía poco después de la guerra. Hasta hace pocos años, mi madre pensaba que los “comunistas” le habían robado todo a su padre y lo habían metido en la cárcel, donde enfermó, pero hace poco descubrimos que habían sido los tanos (los fascistas italianos), así que uno tampoco termina de saber nunca quiénes fueron sus abuelos. Sinceramente, creo que mis referentes más claros no están en la poesía española. Y cualquier intento de inventarse una nueva generación a partir de modelos españoles, como pretenden los suplementos culturales y Luis Antonio de Villena en su antología, es un error, no sé si intencionado.

Y cómo ya sé que me vas criticar por meterme con él: no te estoy diciendo que no me guste la antología. Creo que no le gusta a él. Respeto el criterio de Luis Antonio, que para algo es su antología y él mi amigo, pero me parece que ha seleccionado a algunos poetas (tú, Jorge Gimeno, Mariano Peyrou, Ana Gorría, yo, y otros tantos) que no le gustan o no comprende. Por eso dice que somos herméticos y fríos, intelectualistas. Dice de ti que haces ensayitos, prosa filosófica... ¿no se da cuenta de que eres irónico? ¿No pilla tu sentido del humor? Creo que te confunde con Vicente Luis Mora.

También dice una cosa que a él le gusta mucho: no tenemos un libro logrado, una obra madura, cuando creo yo que lo mejor de la poesía que se está haciendo ahora (añado a los no antologados Julieta Valero, Mercedes Cebrián, Sandra y Canteli, ¿qué opinas?) no busca el logro sino el riesgo. El “mejor fracaso” de Beckett (que tradujeron los novísimos...)

Creo que esa es la verdadera diferencia de la poesía que se hace ahora respecto a la inmediatamente anterior (y da igual la edad del autor, es decir, su pertenencia o no a una “generación”), que el modelo “libro redondo” ha sido sustituido por el del “experimentador de fracasos”. En vez de cuidar del huerto propio, hemos salido en busca del prado ajeno, un poco curiosos y bastante profanadores. De ahí la rara perfección del fracaso de libros como Adiós a la época de los grandes caracteres, Temperatura voz o Autoría. El modelo del “tono personal” es bastante cursi y conservador.

Y luego están los conservadores disfrazados de posmodernos, la confabulación crítica de tu amigo Vicente Luis. A veces creo que hay un complot para hacer menos gozosa la literatura. Creo que es una mala lectura de La resistencia a la teoría y suele darse entre escritores poco dotados para lo gratuito. No se dan cuenta de los tics tan graciosos que tienen ni de que practican una especie de literatura de tesis decimonónica. Cárdenas y yo nos hemos inventado una nueva fórmula coloquial. Cuando algo nos harta, en vez de decir, “paso de tu rollo”, gritamos: “¡Cambio de paradigma!” Y hacemos un gesto así como de Tiempo muerto.

No sé exactamente a qué te refieres con lo de que la poesía era como un spot publicitario. ¿He dicho yo eso? De hecho, pienso todo lo contrario. Pero no me hables de publicidad, que me pongo malo. Hace poco hemos salido en el Semanal de El País anunciando vaqueros. Te juro que yo no llevaba unos “tejanos Diesel”, sino mis propios pantalones. No me gusta que se confunda la poesía con la publicidad. Pero obviamente no avisaron. La poesía puede ser una promesa de algo que no existe, y una revelación, creo que a eso me refería. La promesa de una “identidad” o la promesa de un “sentido”, como la publicidad, que es la promesa de un producto que se carga con los atributos de la revelación, la identidad y el sentido, pero mientras ésta trabaja para el capital privado, la poesía es un bien público. Eso pensaba. Pero ahora me veo anunciando pantalones en El País Semanal… Parezco un “nocilla” enamorado de la moda juvenil. No te puedes fiar de una estilista. Ya nunca seré Belén Gopegui. Por otra parte, trabajo en una editorial y no me puedo permitir ser ingenuo respecto a la existencia de la publicidad. Una reseña es publicidad. El País es una empresa privada. Y seis páginas en un suplemento dominical dedicadas a poetas que nadie conoce son injustificables, imagino que piensan, sin “la publicidad”. Quien esté libre de publicidad que tire la primera piedra.

Por ir terminando, hazme caso: estás obsesionado con los blogs. ¿No te das cuenta de que esos diecisiete amigos de los que hablas pueden convertirse en trescientos diecisiete gracias a las virtudes de la IP variable?

Lo de la música lo dejamos para otro día. ¡Es un tema más largo! Pero por volver al reportaje del Semanal (estoy traumatizado), y creo que viene a huevo, lo que más me alucina es el comentario de Martín. Defiende una idea fuerte de tradición. Dice que a él le ha influido más Quevedo que Bob Dylan. ¡La leche! ¡Pero si algunos de sus títulos son traducciones de Franco Battiato! ¡Él me lo descubrió! ¿Le ha influido más Quevedo que Battiato? No me lo creo. Entonces pienso… ¿qué necesidad tiene de meterse con Bob Dylan?

Creo que a mí me han influido tanto los Who como Brodsky. Hace poco descubrí que un verso mío (“es el amanecer y su hueso astillado”) era un plagio de Grateful Dead. Y creo que también me ha influido Feldman con su tempo disgregado. Y Schnittke por su sentido del pastiche y la saturación... Cómo molamos, ¿eh?

Tengo ganas de verte.

Volví de Berlín muy feliz, pletórico, con ganas de escribir, pero se me están pasando con tanta presencia cerebral.

En la foto de El País no se ve, pero llevaba los calcetines Paul Smith que me regalaste. Eran un homenaje a ti que ha quedado velado por la hierba. ¡Maldito campo!

Un beso de MJ y otro mío,

C

PD.

Se me olvidaba enviarte el poema que me pedías. Ahí va:

CALIPSO

En verano volví a leer poesía
y una tormenta sacudió la casa
con rítmicas correspondencias.

Las higueras anfibias.
El jazmín sarmentoso.
La culebra mojada junto al haz
de paja enjuta. Anónimas avispas
clavadas en el tronco
del manzano
como nieve salvaje.

La poesía me dio un yo
y dos planchas azules
reconocibles como cielo y mar.

Entre ambas, el tachón
de la lluvia. Y arriba,
un sobrenatural gris Waterloo.

Tenía un perceptible fondo
por el que deslizar
el sobrepeso de la perspectiva.

Con la puesta de sol viene el banquete.
La casa en la colina
colonialmente absorbe la humedad de las huertas.

Un octeto de ovejas
toca calipso.

***

Carlos Pardo nació en Madrid el 26 de octubre de 1975. Comenzó a estudiar Letras, luego fue librero y ahora trabaja en una editorial. Ha publicado los libros de poemas El invernadero (Hiperión, 1995), Desvelo sin paisaje (Pre-Textos, 2002) y Echado a perder (Visor, 2007). Epilogó a Ángel González: Tratado de urbanismo (Bartleby, 2006, 2008). Y prologó a Tomas Tranströmmer: El cielo a medio hacer (Nórdica, 2010). Junto a José Manuel Mariscal, preparó la edición de Hace falta estar ciego. Poéticas del compromiso para el siglo XXI (Visor, 2003); y junto a Elizabeth Zuba, la de La familia americana. Antología de nueva poesía de Estados Unidos (Cosmopoética, 2010). Dirigió una revista anónima con la editorial Pre-Textos, codirige el festival de poesía Cosmopoética y colabora en la sección de cultura del periódico Público.

Publicado el 26/6/2010



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