Episodios culturales de la temporada otoño-invierno
por Juan Manuel Macías

Memoria histórica del 27 (¿y III?)

El extraño caso de Gerardo y Diego

Asumir la ficción filológica del poeta implica el sostenimiento de una serie de creencias o supersticiones. Como pensar, por ejemplo, que cada poeta debe escribir los versos que se espera que escriba. Se le pide al poeta la sencillez del héroe, la representación en su drama de un papel elemental. Afortunadamente, pájaros tan libertarios como Gerardo Diego nos vienen a librar de estos vallados comunales donde el pueblo sueña o ensueña de la mano con el crítico erudito.

En efecto, cabría sospechar que un poeta que escribe estos versos:

Y crímenes de amor de inmenso amor
de sexo a sexo sangran generosamente
y manos multiplicadas manos rojas de asesinos
enjugan su delito
sobre las tapias que de pudor cierran los ojos

corre peligro de levantarle el saludo a quien escribe estos otros:

Regresa el pájaro a la jaula
abierta —se entiende— y teórica.
Y es grato renovar el aula
polvorienta de la retórica.

Sobre todo si ambos poetas cohabitan en el mismo cuerpo y firman sus poemas con el mismo nombre.

Debemos exigirle petrarquismo a Petrarca, que Garcilaso sea inagotablemente Garcilaso, que nadie como Quevedo pueda ser Quevedo, o que Rubén Darío se erija en un incontestable compendio de sí mismo. Hubo filólogos alejandrinos que no le perdonaron a Homero una traición como la Odisea. Otros, empeñaron su vida por que la poesía de Safo fuera más sáfica que la propia Safo. En cambio, Gerardo Diego camina tranquilamente entre la tensión y la desconfianza de las trincheras con la sola defensa de su obra, una de las más poliédricas y brillantes de la poesía del siglo XX, y acaso fundamental para reencontrar o repensar la del XXI.

El cántabro fue un fervoroso defensor de la libertad creadora como un absoluto. «Hacemos lo que nos da la gana, y la gana es sagrada». La gana de volar lejos, de ensayar un saludable naufragio o de abrir caminos nunca transitados con el placer niño de quien pisa la nieve virgen, pero tambien la gana de volver a edificar un soneto (sí, un soneto más), un romance o unas liras. Porque ir contra corriente o dejarse llevar por el río de la tradición, cuando apetece, son dos enardecidos actos de voluntad. Siempre supo moverse por esos arrabales de entresueño donde la poesía encuentra su fe más que su ciencia. No fue nunca en pos de modas ni se dejó seducir por su propio, casi siempre brillante, preciso y sincero deambular teórico. Nunca supo encajar bien, por más que lo pudiera intentar, en el coro de ninguna escuela o secta poética.

La ficción filológica del poeta nos dicta que la poesía es una suerte de carrera, un ascender de méritos y de grados, una evolución lineal hacia el propio nombre del poeta, hacia la cima de su propia voz. Pero Gerardo Diego nos demuestra (o al menos así me lo parece) que la poesía es más bien algo que sucede de vez en cuando, que contrasta apasionados tumultos con silencios repentinos, un amor firme pero contradictorio que camina, vacila, quiebra y vuelve sobre sus pasos una y otra vez. La poesía es el laberinto, Teseo, el Minotauro y Ariadna, todo a un tiempo. No es un oficio sino algo fatal. Y no se ejecuta en otro taller que no sea la muerte.

La poesía (sin mayúsculas, por favor) puede adoptar mil formas en una sola época y en un solo poeta. Pero a Gerardo Diego no le hizo falta recurrir al heterónimo. Porque la voz de un poeta no es una estatua inmóvil en su gesto sino un interminable, cambiante, reversible tejido de ecos. Con igual hospitalidad e indulgencia acoge al autor adolescente, tardomodernista y algo cursi del Romancero de la novia, al deslumbrante (y muy consciente) forjador de imágenes de Manual de espumas, al exaltado sonetista de Alondra de verdad, al no menos exaltado, románico y romántico arquitecto de Ángeles de Compostela, al funambulista que reivindica a Góngora para mantener a salvo a Lope, al retratista, al legitimador de la poesía de circunstancia, al inquietante músico de Biografía incompleta y al teórico de la poesía que intenta poner algo de orden entre todos y entre sí mismo. Firmó sin miedo y con honestidad cada poema porque la firma, al cabo, es irrelevante y el poeta (no lo olvidemos) es una ficción.

Publicado el 24/3/2009

El futuro del libro, internet y poesía (un apunte)

A principios de los setenta del pasado siglo, Donald Erving Knuth, profesor de matemáticas y computación de la Universidad de Stanford, se llevó un disgusto mayúsculo. Le habían entregado —cuentan— las galeradas de uno de los tomos de su obra magna, The art of computer programming, y las encontró tan deficientemente compuestas que no pudo más que rechazarlas de plano y echarse a pensar. ¿Podía un autor que iba a entregar su original a la imprenta confiar ya en un tipógrafo? Peor aún, ¿quedaban todavía tipógrafos y cajistas en el mundo para heredar y preservar todo el acervo de una tradición que se remontaba hasta Gutemberg? En el pasado feliz, el escritor escribía, bien o mal, y el impresor imprimía, con mayor o menor merecimiento, la obra del primero, liberándolo de eso que hoy los procesadores de texto llaman «formato», y que es una enfermiza obsesión del autor por puntos, cíceros, márgenes, cursivas, versalitas y demás. El futuro, desde donde escribo estas líneas, se presagiaba confuso, como siempre, aunque pocos dudaban de que estaría plagado de ordenadores. Así que Knuth, uno de los padres fundadores de la informática moderna, decidió crear un tipógrafo binario. No una herramienta digital de tipografía, sino un autómata que guardase en su código las rutinas artesanas de los viejos cajistas. Con mucha intención el programa sería bautizado como TeX (escrito así en caracteres asci), que es una abreviatura de la palabra griega téchne. El programa está considerado por muchas autoridades en tipografía como la mayor revolución en el arte de imprimir desde la invención misma de la imprenta, y sus complejos algoritmos han sido tomados, entre otros, por el moderno programa de maquetación InDesign. Knuth numera las distintas versiones de TeX como aproximaciones a Pi, una forma de aceptar que roza asintóticamente la perfección. El ansiado número sólo llegará tras su muerte, en la última versión donde los pocos errores que el programa pueda tener serán considerados, en palabras de su autor, «características».

Al final de esta pequeña fábula, encontramos que los ordenadores sí eran capaces de hacer hermosos libros, con el refinamiento de los maestros de antaño. Cabe preguntarse si los ordenadores o, mejor dicho, una red global de ordenadores conectados entre sí pueden, con igual diligencia, abolir el libro tal y como lo conocemos hoy.

Cabría preguntarse también qué es un libro. Borges respondería que un simulacro de la memoria. Uno, en sus momentos más autocomplacientes de pensar abstracto, puede llegar a afirmar que Internet se ha convertido en nuestra memoria colectiva, una especie de disco duro planetario, el colmo del nirvana enciclopédico donde cada minúscula conciencia individual, fatalmente, se disuelve en polvos de wikipedia. Pero especulo que las cosas son, en el fondo, adorablemente más banales. Internet, me parece a mí, es sobre todo un amplificador de las relaciones personales, un curioso chat cósmico, un patio de vecinos descomunal donde se cruzan vidas que en otras condiciones no sabrían en absoluto de su mutua existencia. ¿Para hacer qué? Para lo de siempre. Hay sexo, intrigas, violencia, política, estafas, amores, traiciones, etc. Incombustiblemente, también tendrá que haber poetas. Muchísimos poetas que abren un blog para dar a conocer su poesía. Grandes poetas, mediocres y malísimos, como en la vida misma, es decir, como en los escasos anaqueles de las no menos escasas librerías que aún ofrecen libros de poesía.

Ésta es la situación a ojos vista, y nadie puede negarla. Ahora bien, se hace tremendamente fácil caer en dos errores muy comunes, uno por cada perspectiva, la del papel y la digital, aparentemente enfrentadas. El primer error sería pensar que hay dos literaturas: una «seria», la de los libros, y otra «amateur», la de la pantalla. El segundo, suponer que Internet es la evolución de la imprenta y que acabará, tarde o temprano, extinguiendo ese objeto que llamamos «libro». El primer error, a mi juicio, se refuta fácilmente, pues es tan palmario que se publican malos libros como que hay excelentes autores inéditos en papel. Litigar con el úlimo es más una batalla sentimental que otra cosa, y aún así me afanaré por defender mi plaza fuerte, no sin un cierto equipaje de dudas y entusiasmo.

Porque ese objeto que llamamos «libro», creo yo, es algo elemental, un arquetipo, una idea platónica e inmóvil. Su inapelable eficacia se basa en su sencillez, así que hablar de «libro electrónico», como tanto se oye hablar últimamente, no deja de ser una contradicción en los términos. El libro es un objeto inevitable como la rueda y la silla. Puede haber ruedas y sillas muy sofisticadas, cierto, pero ningún entramado tecnológico se necesita para que la rueda sea rueda y la silla sea silla, por lo cual, precisamente, están condenados al fracaso todos esos artilugios de delirio estilo opereta espacial que, cíclicamente, alguna empresa inventa y expone con pretensiones de sustituir al libro.

La tipografía, por otra parte, es un arte pensado exclusivamente para el papel. No se puede (no se debe) emular en una página web. Cuando el gran tipógrafo Stanley Morison, autor de la Times New Roman, afirmaba que la mejor composición tipográfica tenía que ser invisible, sabía muy bien de qué hablaba. El objetivo esencial de la tipografía es estar al servicio del texto, garantizar, en la medida de lo posible, su legibilidad. De hecho, el fin último de un libro es ser leído. En cambio, una página web puede ser mucho más dinámica. Sirve para ser usada más que leída. Usted, por ejemplo, puede copiar este texto en un documento de Word y darle el formato que se le antoje. Puede imprimirlo para leerlo en su sofá o tirarlo a la papelera, puede pegarlo en un mensaje de correo electrónico. En dos palabras, si un libro tiene su propio lenguaje, que es la tipografía, las páginas web también tienen el suyo, sutilmente distinto, cuyo fin es el intercambio de información; un lenguaje tanto más eficiente, de igual modo, cuanto más invisible. Aparentemente, este lenguaje comparte con la tipografía ciertos elementos de formato (cabeceras, cursivas para marcar los énfasis, división de párrafos, etc), pero se trata sólo del lado «visible». Las tramoyas residen en el código fuente de la página, el que garantiza la estructura lógica de un texto infinitamente reciclable.

Pero si la tipografía y el lenguaje de las páginas web buscan la invisibilidad, todo poeta que se precie pretende absolutamente lo contrario. Tras la llegada de Internet y, sobre todo, de los blogs gratuitos, basta con un ordenador conectado para intentar conseguir tal objetivo. Llegados a este punto, cabe hacerse otra pregunta, muy de moda últimamente. A saber, ¿vale igual publicar un poema en el propio blog de uno que publicarlo en un libro de una editorial de poesía? La pregunta puede tener mil respuestas difíciles como una hidra, pero me atrevería a objetar, ante todo, su planteamiento. Colgar un poema en un blog puede parecerse más a lo que hacía Lorca cuando andaba leyendo parte de su Romancero gitano en la Residencia de Estudiantes. O al ámbito oral de los poetas griegos arcaicos. O, sencillamente, a enseñarle el poema a unos amigos. Por otra parte, publicar un poema en un libro supone aceptar, no sin cierta complacencia, una superstición tan antigua como la escritura, pero que sólo la invención de la imprenta fue capaz de otorgarle moldes determinantes. Supone aceptar que un poema, en un momeno dado, puede convertirse en un texto fijo, inamovible, definitivo. Pueden propagarse, superponerse en el espacio y el tiempo las versiones manuscritas de un poema. Éste se puede corregir y enmendar en un blog innumerables veces. Pero la gracia de la imprenta estriba en cercenar toda vuelta atrás, y arrojar cuanto no pertenezca al texto final al infierno de las erratas o del arrepentimiento.

Me gusta que haya blogs de poesía. Algunos autores de estos blogs, inéditos aún en libro (ergo inéditos, stricto sensu), no sólo están regalándonos una poesía de una calidad incuestionable, sino que también suponen un soplo de renovación y aire fresco que ya se echaban de menos por estos ámbitos. Son el mejor escaparate cotidiano para el taller de un poeta, consagrado o no, y por ello cumplen la labor que deberían realizar las revistas de poesía y a duras penas realizan. Como la propia poesía, los buenos blogs discurren por los arrabales, lejos de la oficialidad y las modas y la saturación de los concursos. Pero es difícil pensar que un poeta, con o sin blog, no aspire a ser publicado en libro, y no precisamente un libro electrónico, sino en uno de verdad, con sus páginas, sus cubiertas y su lomo. Puede que los poetas sean contingentes y la poesía necesaria, como quería Bécquer, pero mientras haya poetas sospecho que tendrá que haber (o tendría que haber) libros y editoriales e incluso poetas que publiquen a otros poetas. No creo que Internet, insisto, ponga esto en peligro; antes bien, se impone una convivencia pacífica y una retroalimentación entre la pantalla y el papel. Prueba de ello sería esta página web, única (de momento) en su género. Pero la confusión entorno, la desatención de una crítica cada vez más preceptiva y oficialista, el desinterés de muchísimos poetas por comprar los libros de sus contemporáneos y los círculos cerrados o las escaramuzas de secta sí que se atisban como verdaderos peligros. Hasta el punto de que entrar en una librería de viejo acaso suponga asomarse a un futuro donde sólo los ordenadores, si queda alguno, se acuerden de cómo se hacía un libro.

Publicado el 10/2/2009

Memoria histórica del 27 (II)

Romances sonámbulos

Ha llovido mucho desde el Romancero Gitano de García Lorca. De hecho, se diría que ha llovido demasiado sobre el propio Romancero Gitano, siempre por turnos lluvia ácida y lluvia edulcorada, bilis y confeti a partes iguales. Porque desde su publicación hasta hoy, no han cesado las imitaciones empalagosas, ni las lecturas de uñas largas y alaridos, ni el folklorismo extremo a golpes de guitarra (todo ello alentado por su innegable, asombroso éxito), como tampoco el recelo de muchos hacia el delincuente poemario. De tal forma, todo un Dalí sería capaz de interpelarle a Lorca con lo siguiente : «Tu poesía actual va de lleno dentro de lo tradicional, en ella advierto la sustancia poética más gorda que ha existido, pero ligada en absoluto a las normas de la poesía antigua, incapaz de emocionarnos, ni de satisfacer nuestros deseos actuales, tu poesía está ligada de pies y brazos al arte de la poesía vieja.»

Ni siquiera podrían ser tan hirientes las cínicas palabras de Borges, que venían a acusar a Lorca de «andaluz profesional», sólo aptas para quienes le quieran reír las arbitrarias ocurrencias al maestro desde el terrorismo de secta. La acusación de Dalí, sin embargo, resume perfectamente un agotado talante de actualidad. Sirve, por ejemplo, para estos días que a ustedes y a mí nos toca vivir, y por tanto estará siempre condenada a pasar de moda, como nosotros mismos, y a reformularse también para futuros escrutinios. Parece que el propio Lorca ya se vio obligado a defender sus romances y sus gitanos de andanadas de incomprensión. En carta a Giménez Caballero refiere: «Mi gitanismo es un tema literario y un libro. Nada más.»

Pero lo cierto es que hay una cierta disposición en poetas y críticos contemporáneos a banalizar el Romancero, y esgrimir a cambio Poeta en Nueva York, para absolver al granadino de sus juegos menores. No está muy claro si la defensa de Poeta en Nueva York tiene algo de mala conciencia, ni si Lorca emprendió su escritura desde una conciencia igualmente pecadora, aunque muy hábil, sin duda, para pastorear las imágenes. Pero cómo desdeñar a un Lorca tan irrepetible, con toda su terminante imaginería dramática, en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y, sobre todo, en el Romancero gitano, libro que se antoja, ahora más que nunca, estéticamente incorrecto y acaso más arriesgado que aquellas tentativas surrealistas neoyorquinas.

No importan todos los peros, la mayoría justos, que puedan caer sobre esos gitanos asonantados y arromanzados. Ni tampoco que un período como «La luna vino a la fragua/con su polisón de nardos» se le haya podido ocurrir a cualquiera. Al fin y al cabo Cualquiera puede ser el nombre de todo gran poeta, si la poesía tiene mucho de azar matizado. No importan el rubor de tantas imitaciones y tantas lunas de todo a un euro. Ni siquiera importa Lola Flores. El Romancero gitano seguirá siendo un libro imperfecto pero inagotable, la mitología de un pasado legendario poblado de gitanos, sangre, aromas nocturnos, confusas relaciones y guardias civiles. Como los marcianos en Ray Bradbury, los gitanos de Lorca se transparentan de irrealidad y adquieren la aristocracia de lo elegíaco, de lo que una vez gobernó el mundo y ya no ha de volver, de la tristeza de un poder derribado que desapareció de pronto para dejar una estela de versos como ruinas habitadas por ecos. Lorca podría haber asumido un tono distante y terrible y hablar de dioses soterrados, sedientos de venganza, y llamarse Lovekraft y usar la prosa. Pero se arrebata de pasión y piedad (e, incluso, ternura) y elige para sus dioses iletrados, como no podía ser menos, un paisaje de ocho sílabas y asonancias, con la misma temeridad de quien dirige un western. Se cuentan hazañas, asesinatos, desabridos amores y detenciones. Lorca se hace también personaje, nombrado por uno de sus gitanos: ¡Ay Federico García/llama a la guardia civil!, lo cual, junto con la irrupción del cónsul de los ingleses en el romance de Preciosa y el aire, constituye uno de los momentos más felices del surrealismo español. El elemento narrativo se pierde en infinidad de imágenes, se vuelve misterioso y nítido a un tiempo. Narración, pensamiento, metáforas... no son más que parcelas artificiales en que la razón, que siempre llega tarde al poema, intenta dividir la poesía. ¿Puede acaso la Odisea reducirse a un mero argumento? ¿Seríamos capaces de refutar un verso o el concierto para violín de Beethoven? ¿Acaso la propia Historia no es tan confusa e inquietante como las pequeñas historias de cada romance lorquiano, donde tan precario advertimos el principio de causalidad? El auditorio escucha envuelto en un sonambulismo lúcido mientras la voz, como una conciencia sonámbula, deja pasar los octosílabos al ritmo de sus dóciles asonancias.

Tales historias, sin duda, hubieran sido de completo inverosímiles en la alta orfebrería del endecasílabo y la norma pudorosa de sus acentos. La dicción de once sílabas, a que tan constreñida se ve la poesía española de los últimos decenios, sería incapaz de darles un aire y un compás adecuados. Sólo sirve el octosílabo, el verso más asombroso de nuestra tradición, el más dúctil e hipnótico, el que, paradójicamente, más se parece a la prosa. Quiere ser prosa, sí, y sin embargo el auditorio no deja de percibir un ritmo escondido, un delicado pero firme andamiaje que va más allá de la isocronía musical del modernismo. Siempre me ha parecido así el Poema de Mio Cid, y seguro que eso también sería el hexámetro para los oyentes de Homero.

Un amigo poeta me participó hace tiempo sus intenciones de escribir una serie de romances sobre los vigilantes jurados. Que yo sepa, aún no ha emprendido tal suicidio, y el Romancero Gitano de Lorca es, de momento, la última gran aportación a nuestro romancero, donde aún sigue lloviendo como sólo sabe llover al final del otoño en los extraradios de las ciudades, donde se pudre lo inútil.

Estrambote:

Algunos podrán consolarse, no obstante, con estos primeros versos del Romance sonámbulo. Si un asteroide no choca con la Tierra y nos liquida a todos de una vez, tal vez así suene Lorca dentro de cien años, antes de su preceptiva traducción:

Green, how I want you green.
Green wind. Green branches.
The ship out on the sea
and the horse on the mountain.
With the shade around her waist
she dreams on her balcony,
green flesh, her hair green,
with eyes of cold silver.
Green, how I want you green.
Under the gypsy moon,
all things are watching her
and she cannot see them.

Publicado el 15/12/2008

Memoria histórica del 27 (I)

Se ha venido hablando mucho estos días sobre la recuperación de los restos del poeta García Lorca. A la sombra de la agitada querella de la memoria histórica, se deja sentir un deseo de justicia, entreverado de una cierta curiosidad paleontológica y popular, que va más allá del mero ámbito de la familia. Porque Lorca es un poeta asesinado impunemente, porque su crimen se ha convertido ya en un mito más de la desarbolada historia del siglo XX, y porque sus huesos no están bajo una lápida y un nombre escrito a cincel. No me extenderé mucho más en este asunto. Creo que todos deberíamos coincidir en que un estado que se dice de derecho no puede tener fosas comunes, y quien defienda lo contrario, que se las entienda con su conciencia. Pero el caso es que toda esta polémica de cuerpos e ideologías más o menos confesas o confusas me empuja a hablar de otras injusticias, de otras urgencias en el país, tal vez más frívolo, de la poesía española.

Nuestra poesía, en este extraño comienzo de siglo, también tiene que confesar sus enterramientos vergonzosos y una alarmante pérdida de memoria. Probablemente, el cuerpo de Lorca, si se encuntra, acabará reposando en un cementerio, el estado y los ministerios de cultura rendirán los oportunos homenajes, al tiempo que los poetas jóvenes, en su inmensa mayoría, querrán seguir olvidando y enterrando el legado de la generación del 27, a la que perteneció el propio Lorca, y que es la última gran revolución poética española, hoy desperdigada en nombres de calles, rancios manuales para bachilleres y conmemoraciones de etiqueta y canapé. Y en cementerios.

Se reivindica (y se reivindicará) al enésimo poeta americano, al último hallazgo de la voz polaca, al lejano japonés inventor de haikús, a los ingleses, lo cual es muy lícito, siempre y cuando no confundamos los términos de “influencia” con “fuente de inspiración”. Conviene distinguir ambos conceptos. Un poeta puede hacer poesía de todo lo que quiera. Destilar en palabras o música la crisis económica, una tarde copiada en una alberca, el sexo de su pareja, un presagio de melancolía, un volumen de Spinoza, una película de Miyazaki. Pero nunca podrá, ni querrá, escapar de su propia lengua. Es lo que se suele llamar “tradición”, término aterrador, al parecer, pero que debemos esgrimir sin miedo alguno.

La historia de la poesía respira a base de vanguardias. Pero no hay vanguardia sin retaguardia, y no se puede escribir poesía en español (pongamos por caso) sin mirar hacia atrás, sin absorber y asimilar el acervo poético de la propia lengua. No hace falta haber leído todo de todos con un afán completista e impertinentemente didáctico. Basta con no olvidar nunca unos cuantos versos inolvidables que se han hecho, sin querer, parte ya de nuestra vida. Basta con haberlos dicho, aunque sea en esa voz interior y desconocida que recita cuando leemos y que no sabemos de dónde viene. Si la poesía es sobre todo un acto de habla, quien dice unos versos los hace suyos. ¿Y las traducciones de poesía? Sin duda son (o aspiran a ser) literatura autóctona. No debemos atender en ellas al grado de mayor o menor literalidad, que es una superstición, como lo es, y lo ha sido siempre, traducir poesía. Virgilio “tradujo” a Homero con la Eneida y lo hizo latino. De igual manera, las versiones de Fray Luis del Cantar de los cantares o de Horacio tienen el mismo derecho que sus propios poemas a ser poesía española. Es más, se produce una retroalimentación, pues Fray Luis nos conducirá, fatalmente, a Horacio. En dos palabras, una traducción de poesía al español, si lo merece, ha de entrar con justicia en el supuesto canon de nuestra literatura. Y, por tanto, de nuestra tradición.

Tampoco cabe pensar en una idea evolutiva del arte, donde lo reciente extinga y agote lo anterior. Homero hizo decir a Telémaco en la Odisea que los hombres más alaban un cantar cuando lo escuchan nuevo. El propio Homero ya era un vanguardista. Todos los poetas quieren hacer cosas nuevas. Así ha sido siempre. Y en nuestra historia sentimental de la poesía española, personal e intransferible, vemos convivir, como en un presente continuo, a Jorge Manrique, al Arcipreste, a Góngora, a Juan Ramón, a Pedro Salinas, a Gil de Biedma, y tantísimos otros, todos inesperados, todos complementarios, todos inagotables.

Ésa es la última gran lección magistral de los poetas del 27. Una fe inquebrantable en la poesía, la de antaño, la de hogaño y la posible en el futuro; entender la poesía desde la absoluta libertad creadora, huir de los ismos donde se refugian los imitadores. Gerardo Diego apeló a dos metáforas inmobiliarias, azotea y bodega, para describir a todo poeta bien edificado. No renunciar a nada, libertad para pasearse en paños menores al borde de la azotea o para bajar a la bodega con traje y corbata, con la pompa de todo un sumiller, y respirar allí los venerables humores de los viejos vinos. Ahí está la última gran vanguardia española. Otras vanguardias naufragan cíclicamente en su tráfago de sorpresa y fuegos de artificio. Porque no es cuestión de ser original, sino de volver a crear lo sabido para que parezca nuevo. Ya Antonio Machado le advirtió a un joven y temerario Gerardo Diego de que toda poesía es, en el fondo, creacionismo.

Los poetas del 27 reivindicaron con mucha intención al funambulista Góngora para mantener a salvo a Lope. Ya que el otoño y el invierno son las estaciones más propicias a la memoria y al desconsuelo, intentaremos reivindicar a los poetas del 27 en estos escritos dispersos, y defender con ellos a toda una tradición poética que comenzó en aquellas temblorosas jarchas y cuyo futuro se presume, cuando menos, incierto.

Una generación de poetas no deja de ser una abstracción de academia. Bastará que el tiempo deposite adecuadamente muchos siglos para que importe poco si estos poetas fueron contemporáneos, si se conocieron, si eran amigos. Pero hay un espíritu común que hace (paradójicamente) a cada uno inigualable, para conjuro de escuelas, sectas y demás corales. Ya lo dijo, mucho mejor, Jorge Guillén:

Se produce un acorde
Que sin atar enlaza.
Cada voz, ya distinta,
No se confunde nunca
-¿Verdad, gran don Antonio?- con los ecos.

Publicado el 30/11/2008

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