DVD Ediciones.com en el centenario de Álvaro Cunqueiro
Coordinan Ángel Cerviño y Juan Manuel Macías


Miguel Barrero


BREVIARIO DE MONDOÑEDO

Mondoñedo es la melancolía y el silencio.
Álvaro Cunqueiro,
En Mondoñedo por San Lucas

1.

El 27 de febrero de 1982, Juan Cueto publicó en El País un artículo titulado Mondoñedo no existe en el que daba cuenta de un viaje a la ciudad gallega realizado justo al año de la muerte de Cunqueiro. El texto concluía con la brillante aparición de un personaje que, tras ser interrogado por la frecuencia de salida de los autobuses con destino a Foz, respondía con una frase tan genial como surrealista: «Todos los horarios están tergiversados». Unos días antes de partir hacia Galicia, me encuentro con Juan, le hablo del inminente viaje y le comento que tengo previsto detenerme en Mondoñedo para cumplir debidamente con un ritual que llevo practicando desde hace casi veinte años cada vez que visito aquellas tierras. «Puedes aprovechar para rebatirme», me dice, «y escribir algo donde digas que Mondoñedo sí que existe; seguro que es divertido». Le prometo que lo pensaré y, mientras le veo alejarse calle abajo, me pregunto en qué medida los lugares existen o no, al fin y al cabo, en función de lo que se fabula, se imagina o se cuenta acerca de ellos.

2.

Llegamos a Mondoñedo en vísperas de las fiestas de San Lucas. Sobre la villa episcopal comienza a caer la tarde y la luz va oscureciéndose con la cadencia cromática propia de estos pagos, envolviendo casas y palacios en un manto azul oscuro que deriva hacia el negro mientras recorremos calles empinadas e inquietantemente vacías en busca de la plaza de la catedral. Junto a un portal, un grupo de niños hacen corro e interrumpen su juego a nuestro paso para observarnos con detenimiento. No dicen nada. Tampoco nosotros. Tras avanzar unos metros, escuchamos cómo retoman la conversación a nuestras espaldas, pero cuando nos volvemos para vigilar sus murmullos no vemos a nadie. Un suave y frío aire del norte trae una extraña música de acordeón cuya procedencia tampoco somos capaces de intuir.

3.

Don Germán, mi profesor de Física en 6º de EGB, era de Mondoñedo y, para explicar las propiedades del sonido, nos contaba que en su pueblo los cristales de la plaza de la catedral se resquebrajaban cada vez que tañían las campanas del templo. En ninguna de mis visitas he podido constatar el fenómeno con mis propios ojos. Tampoco en ésta. Nos sentamos en la terraza de la franquicia que O Rei das Tartas tiene frente a la sede eclesiástica y sólo nos acompaña el silencio mientras contemplamos la aparatosa sencillez de esa fachada monumental que, por maldades del desnivel del terreno sobre el que se asienta la villa, parece arrodillarse ante los edificios cuyos soportales nos dan cobijo. Existe una foto tomada en 1981 que muestra este mismo lugar, abarrotado de gente, el día del entierro de Cunqueiro, que había nacido muy cerca de donde ahora apuramos el atardecer con un café intempestivo. En primer plano, cuatro hombres portan el féretro sobre sus hombros. Tras ellos, una muchedumbre sigue con aire cabizbajo el cortejo. Al fondo, imponente, la catedral pone el imponente marco a una escena que ya queda muy lejana en el tiempo, pero cuya esencia parece perpetuarse en el espacio. Mondoñedo, hoy, sigue teniendo ese aire de enclaustramiento solemne, una perpetua gravedad a la que acaso se vio abocada aquel 28 de febrero en que perdió al que fue su hijo más incierto y se quedó sin nadie que la narrase.

4.

Eduardo Méndez Riestra contó en alguna ocasión que, al menos hasta los primeros compases del siglo xx, no era difícil encontrar en el padrón de Mondoñedo gentilicios como Tristán o Lanzarote, y avalaba con ello la tesis de que hay lugares en los que lo maravilloso forma parte de la vida cotidiana, con la misma naturalidad con que la nieve oficia de compañera inseparable del invierno. En nuestro recorrido sin rumbo demasiado fijo por las calles de la villa, nos encontramos con las puertas cerradas del Museo del Mago Merlín y fantaseamos un rato con los prodigios que sin duda se exhibirán en su interior. Muy cerca, el escaparate de una librería de viejo, también clausurada ya a esas horas del día, muestra un amplio catálogo de fotografías de Cunqueiro en poses diferentes y con las compañías más variopintas. Por un momento, nosotros también tenemos la impresión de haber quedado suspendidos fuera del tiempo. De estar paseando por un lugar que sólo existe en sí mismo y que desaparecerá para dejar solo el recuerdo en cuanto nos subamos de nuevo al coche y lo vayamos dejando atrás. Como si hubiésemos soñado lo que estamos viviendo en estos precisos instantes. Como si Mondoñedo sólo pudiera existir cabalmente mientras se va contando.

5.

Da la sensación de que el bar El Peregrino, a un lado de la catedral, permanece anclado en algún momento inconcreto de mediados del último siglo. No creemos que haya cambiado mucho desde entonces. El único signo de modernidad lo pone el televisor que ahora emite las primeras imágenes de la segunda edición del Telediario. Pedimos en la barra un caldo con el que hacer frente al intenso frío que viste el exterior de un invierno prematuro y Miguel Arrieta y Pepe Monteserín discuten a propósito de la ubicación de aquella Venecia mindoniense de la que en alguna ocasión habló Cunqueiro. No consiguen ponerse de acuerdo y deciden preguntar al camarero, que tras mirarles con un gesto de extrañeza les comenta que no tiene ni idea, pero que hay un barrio que se inunda con frecuencia y que quizás se estén refiriendo a eso. Ellos dan por buena la explicación y, al abandonar el bar, nos encontramos precisamente con la estatua de don Álvaro, que, con una media sonrisa en los labios, contempla nuestra desorientación desde una atalaya ajardinada.

6.

La casa donde nació Cunqueiro y luego vivió su hermana, Carmiña, mira desde la fachada delantera a la catedral y desde la trasera al llamado Bosque da Silva. Nos cuentan que hubo un proyecto para convertirla en museo, pero al final aquel propósito terminó perdiéndose en el limbo. Allí escribió Merlín y familia, y desde allí contemplaría cada mañana el despertar de la ciudad, ese lento engrasar de lo cotidiano que él iría presintiendo a medida que el sol se encaramaba sobre los tejados de la plaza y el bullicio se adueñaba poco a poco de un espacio que entonces aún mantendría su antigua condición de foro, de punto de encuentro entre vecinos y forasteros, de escenario de conversaciones y trueques, de corazón y alma de una villa condenada a languidecer bajo el peso de los siglos. Muy cerca de allí se alza el seminario de Santa Catalina. Es el mayor de toda la ciudad y su origen se remonta al final del siglo xvi, cuando se decidió erigir un Colegio que siguiera las recomendaciones de Trento, según las cuales debía haber una institución de ese carácter en cada cabeza de Obispado. Fue uno de los tres primeros que se construyeron en España, una de las huellas más evidentes de lo que fue Mondoñedo y también una de las explicaciones más claras de su actual idiosincrasia. Lo que ocurre aquí también ocurre, en mayor o menor medida, en todas las ciudades que obtuvieron la sede episcopal sin tener Gobierno civil. Podría definirse como una sempiterna propensión a la añoranza, un estado de ánimo forjado en el lamento por aquello que se fue y la resignada tristeza ante lo que se pudo haber sido y ya no se podrá ser jamás. Acaso ahí radique una de las explicaciones de la literatura de Cunqueiro, la razón de ese juego de espejos entre el presente y el pasado, entre la tradición y la modernidad, que atraviesan unos escritos donde lo legendario se funde con la realidad a pie de calle hasta confundirse y formar un todo en el que es imposible indisociar lo rutinario del ensueño. Quizás lo que hacía no era, en el fondo, más que trasladar a su prosa el sentimiento que emanaba del subconsciente de su maltrecha ciudad natal, condenada a fantasear con el esplendor de un pasado extinto para paliar el sabor agrio de un presente inane y las incertidumbres a la que la abocaba un futuro que se adivinaba decadente.

6.

En el estanco al que entro a comprar tabaco, un cartel recuerda que este año se cumple el centenario del nacimiento de Cunqueiro. El empleado me sirve los dos paquetes de Winston con la parsimonia propia de ese vivir lento y medieval que caracteriza estas latitudes mindonienses. El lugar es extraño: el estanco ocupa el espacio de lo que debió de ser una antigua portería, y a mi izquierda ascienden unos escalones que conducen a las viviendas del inmueble. Se nos ha hecho tarde y aún nos quedan unas cuantas horas antes de llegar a nuestro destino. Trato de describirle al estanquero el aspecto de la plaza donde hemos dejado el coche y le pido que me indique la ruta más corta para llegar hasta ella. Me responde: «Podría decírselo, pero acabarían perdiéndose; aquí lo más razonable es ir adivinando los caminos».


Este texto se publicó originariamente en El Cuaderno
(suplemento semanal de cultura del diario La Voz de Asturias),
el 18 de diciembre de 2011



Publicado el 11/1/2012

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