DVD Ediciones.com en el centenario de Álvaro Cunqueiro
Coordinan Ángel Cerviño y Juan Manuel Macías


José María Pérez Álvarez


UNA MARIPOSA EN COMFRONT

Sin que ello entrañe un juicio de valor, parece que la literatura actual es una literatura urbana en la que escasean los grandes espacios abiertos y la descripción sensual de los mismos; si ello responde a una tendencia literaria exclusivamente o es algo más irreparable, como la degradación del medio rural, es algo que entraría de lleno en el lábil territorio de otro tipo de análisis que tendrá un puto nombre perverso. Todas las perversidades poseen un nombre eufónico. Menos la muerte, tal vez. Que analicen otros. Son sabios y jóvenes. Esta introducción -subjetiva- sirve para involucrarnos en un tema interesante: el paisaje en la literatura de Cunqueiro.

En el libro Paisaje y literatura, Cunqueiro pergeña en el año 1954 un texto titulado El paisaje en la concepción poética, que es clave para desentrañar la relación autor-paisaje y la forma literaria con la que el mindoniense aborda este asunto. Escribe Álvaro Cunqueiro: “Hablo del paisaje que yo y la gente de mi nación hemos visto”. Parece evidente que esta afirmación establece unos lazos de complicidad entre el autor y un determinado tipo de lectores. ¿Podría tomarse esto como una declaración de principios en la que Álvaro Cunqueiro confiesa escribir sólo para una nación de lectores? Sería matizable pues Cunqueiro, como otros muchos escritores, parte deliberadamente de una territorialidad precisa para llegar a la universalidad, frase que podría imputarse a Ricardo Senabre, por ejemplo. Sí, claro, ocurre lo mismo con García Márquez y con Roberto Arlt, por poner otro ejemplo. Con Döblin y Joyce. También con nuestro Blanco Amor u Otero Pedrayo. Añade el escritor mindoniense: “Hay una permanente invención del paisaje”. Mondoñedo y su entorno son el germen de toda la geografía literaria de Cunqueiro que no sólo inventa o recrea el paisaje cada vez que lo mira sino que fabula, partiendo del paisaje mindoniense, una patria literaria más amplia con toponimias inventadas y personajes ficticios porque al nombrarlo, dice más adelante, “determino del paisaje algo que lo trasciende”. Cunqueiro concibe el paisaje como una entidad viva, con su propio latido, la sucesión de estaciones, las pautas regulares, como algo nutricio en el que el ser humano se desarrolla. Los críticos ahí suelen cagarla. Como de costumbre, por qué no decirlo.

El mar, ese elemento que Álvaro Cunqueiro, hombre de interior, ve con nostalgia, como medio de comunicación y escape, como eje de mitos y leyendas, es el argumento de parte de su obra poética (Mar ao Norde) y narrativa (Cuando el viejo Simbad vuelve a las islas o Las mocedades de Ulises). Es el mar un tema centrífugo por el que transita su obra hacia rumbos dispersos, países lejanos, fabulaciones que sitúan al lector en ámbitos exóticos y ante personajes fantásticos. Por muy exagerados que sean los personajes de Cunqueiro, al menos en el mundo galaico, son siempre creíbles, esos tipos que te puedes encontrar bebiendo un ribeiro en una taberna de Ribadavia, en una tasca de Fisterra. Y es, también, el mar, un asunto recurrente que podemos rastrear en Fábulas y leyendas de la mar, donde une el dato erudito con la fabulación, el tratado de zoología con el libro apócrifo. ¿Borges? ¿Quién debe a quién?

Es la tierra el otro elemento que Cunqueiro manipula asiduamente. Como en el caso del mar, parte de lo existente -la tradición- y a través de lo personal -la contemplación- llega a la recreación. Y luego habita esas tierras con fantásticos pobladores: perros que hablan, elfos, gnomos y “gente natural del sobremundo”. Mucho antes que Tolkien, por decir algo. Así, en Las crónicas del sochantre, una vieja “se santigua y reza un padrenuestro por el alma del difunto vizconde de Klöemel, que acaba de cruzar a caballo”. Galicia es así. O lo era: Fraga la hizo bastante más pedestre. Esa mezcla dispar y nunca equilibrada. Pero en el elemento terrestre, Cunqueiro desciende con frecuencia a la alusión puntual, como si deseara establecer con el lector un diálogo más distendido, coloquial, utilizando referentes que sólo pueden captar quienes conozcan la geografía gallega. En Os outros feirantes emplea ese tono conversacional propio de diálogos entre amigos que nos acercan a la literatura oral. Me recuerda a ciertas reuniones entre gentes más o menos desconocidas en las cuales, uno da cierta clave que sólo otro oyente en concreto sabe interpretar dejando a los demás in albis. Vayamos a lo mío: con frecuencia, en un diálogo en una taberna, en una tasca, se produce el milagro de que dos contertulios que tienen la misma dosis de alcohol en sus venas, se comprenden el uno al otro y en felices ocasiones hablando idiomas distintos. A quien no le haya sucedido eso, es un mal bebedor. Cunqueiro revela detalles que ubican a los personajes en un entorno preciso, que tenemos a mano, estableciendo una complicidad que dota a esos seres de una realidad irrevocable. “Un tal Serxio de Muimenta”, escribe; “Agustín, que non sei si era de Melón ou de Quines”; “Aurelio, un tal dese nome que era veciño de Boimorto”. En tales ejemplos, Cunqueiro apela no sólo a nuestro esfuerzo imaginativo, como cuando habla de Bretaña o de países al borde mares ignotos, sino que nos obliga a utilizar nuestra memoria geográfica. Emplea las mismas referencias que nosotros utilizamos al hablar, los mismos códigos, y construye una serie de personajes que nos dan la medida de nuestro país y sus gentes. Aunque esas referencias para los lectores o los oyentes sean distantes e irreconocibles, ponen al auditor al borde de fronteras ignotas, desconocidas, pero que en palabras de alguien con su auctoritas, inventada, son creíbles.

Pero siempre surge en Cunqueiro el gusto por lo fantástico. No era el único, ni fue el primero, en vertebrar esos dos puntos aparentemente irreconciliables: realidad y ficción. Años después, alguien llamó a eso realismo mágico. Ahí la cagamos. Recuerdo a un escritor conocido decirme hace años que consideraba (después de un viaje iniciático a Mondoñedo) a Álvaro Cunqueiro el primer escritor español posmoderno. Iba ese tal en compañía de otro escritor y crítico. Le colgamos la etiqueta y lo taxidermizamos. Cataloguemos. Me regodeo con las patadas en la zona testicular que les habría infligido Álvaro si alguien le hubiese llamado “posmoderno”. Categorías al margen, Cunqueiro fue un maestro de todo lo que tocó: artículos, catálogos, novelas, cuentos, poesía, conferencias.

El paisaje adquiere en Cunqueiro la categoría de personaje; no es ese elemento falso, de cartón piedra, que puede hacer naufragar un libro. Es algo preexistente, vivo, que Álvaro Cunqueiro utiliza con la sabiduría de un hombre que, en palabras de Néstor Luján, era un “contemplador de paisajes”. Conviene resaltar que ese paisaje mistificado, lejos de evadirnos de la geografía gallega, nos remite a nuestro entorno, ampliando los límites de un país que se extiende más allá de las fronteras arbitrarias. La iconoclastia es una actividad literaria fecunda si sobre las ruinas uno es capaz de construir un sólido mundo como hizo Cunqueiro, un hombre capaz de oír, en el atrio de Comfront, una mariposa que volase.

José María Pérez Álvarez, 2011

Publicado el 30/11/2011

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