DVD Ediciones.com en el centenario de Álvaro Cunqueiro
Coordinan Ángel Cerviño y Juan Manuel Macías


Eduardo Moga


MANTENENCIA Y JUNTAMIENTO
Algunas consideraciones sobre Álvaro Cunqueiro y La bella del dragón

A mi padre le gustaban los exfalangistas gordos. Detestaba a la Falange —y, en general, al régimen del General—, pero sentía una extraña benevolencia, rayana en la fascinación, por los franquistas cultos y bon vivants que, andando el tiempo, habían sustituido su aguerrida militancia nacionalcatólica por un liberalismo hedónico y socarrón. Le gustaba Julio Camba, por ejemplo, o Pedro Laín Entralgo; hasta Cela le caía simpático. Pero, sobre todo, se hacía lenguas de Álvaro Cunqueiro, aquel gallego —como Camba, como Cela—, de nombre casi escandinavo, que escribía como un querube y zampaba como un pelícano. Recuerdo, en particular, sus elogios de Crónicas del sochantre, que me seducía por su musicalidad heroica —su título es también un heptasílabo— y su enigmático protagonista: «sochantre» me sonaba, en mi ignara adolescencia, a raza de cochinos o a sátrapa mesopotámico; solo después he averiguado que es un título eclesiástico: el que corresponde al director del coro en los oficios divinos. Resulta, pues, muy representativo del tipo de personajes que le gustaba retratar al mindoniense, y por los que mi padre sentía la envidia propia de un hijo del proletariado: búdico, obeso y beneficiado por alguna irreductible canonjía. Desde aquella tarde remota en que mi padre me llevó a conocer al sochantre, he conservado un ejemplar de sus crónicas en la infausta edición de RTVE, cuyo lomo cruje, cada vez que lo abro, como si cascara una nuez, y cuyo papel ya no puede ser acariciado sin que se deshaga, en un polvillo sanguíneo, como la piedra pómez, pero de la que no soy capaz de desprenderme, como tampoco soy capaz de desprenderme del recuerdo de mi padre.

Cunqueiro fue, en sus inicios, escritor vanguardista: publicó en gallego, en 1932 y 1933, sendos poemarios, Mar al norte y Poemas del sí y el no, con ecos de Apollinaire y Breton, e impregnados de creacionismo, aunque este movimiento, rutilante y fugaz como un asteroide, llevase difunto en España desde mediados de la década anterior; y un tercero, Cantiga nueva que se llama ribera, ejemplo de neopopularismo trovadoresco, que, insertado en una contemporaneidad industrial, también puede considerarse de vanguardia. Luego se hizo poeta fascista. Tras la Guerra Civil, en la que puso su pluma feraz al servicio de la prensa de los sublevados, se le recompensa con la inclusión en la Antología poética del Alzamiento (1936-1939), compilada por Jorge Villén, exaltadora de la Cruzada y su Caudillo, en la que comparte páginas con vates tan ilustres como José María Pemán, Agustín de Foxá o Eduardo Marquina, entre otros. El mismo año en que se publica la antología del vil Villén, 1939, primero triunfal, Cunqueiro se suma al homenaje lírico al fundador de la Falange y aporta una composición a la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera, oprobioso compendio donde también ramonean Manuel Machado, Gerardo Diego, Leopoldo Panero y Luis Rosales. (Muchos años después, frente al pelotón de la democracia, Cunqueiro aclararía que se trataba de un poema muy malo, que se avino a entregar por la amistosa insistencia de Rosales o Laín, pero del que no se avergüenza, porque todo hombre joven que muere por sus ideas merece, por lo menos, un soneto; lo cual incluye, técnicamente, a Adolfo Hitler o a Atila el Huno). Finalmente, en 1940, Cunqueiro colabora en el siniestramente pintoresco Laureados de España, otro panegírico del fascio, que ensalza a los combatientes de Franco que habían obtenido la codiciada cruz laureada de San Fernando, y en el que encontramos los nombres, ya familiares, de Diego, Machado o Marquina, y también el de un jovencísimo Camilo José Cela, ansioso por acumular méritos literarios. Siempre me ha resultado llamativo que poetas que empezaron su andadura en el festival rompedor de las vanguardias, se decantasen después por la obra cadavérica del fascismo: me es difícil entender que quien demuestra una sensibilidad proclive a la ruptura estética no sea también partidario de la ruptura política, más aún, que la combata abiertamente. En España tenemos a unos cuantos: el pugilístico Ernesto Giménez Caballero, vanguardista vitalicio y agitador musoliniano; Adriano del Valle, fundador y director de la revista Grecia, pero inspirado saqueador, tras la confusión fratricida, de la biblioteca de la revista Cruz y Raya, y autor de una inenarrable Lyra Sacra, en 1939, o de una no menos inverosímil Arpa fiel, en 1941; Eugenio Montes, el ultraísta gallego que, como Cunqueiro, había firmado versos temerarios en los años 20 —y que dio a conocer la poesía de Huidobro a Gerardo Diego, iniciando así la explosiva experiencia del cubismo en nuestro país—, pero que cofundó Falange Española en 1933 y prologó Elegías y canciones, el poemario, ya en castellano, con el que Cunqueiro quiso reintegrarse, en 1940, al recto camino de la lírica; o el propio Gerardo, autor de Fábula de Equis y Zeda, uno de los mejores —y más delirantes— cantos de la contemporaneidad, y, sin solución de continuidad, suscriptor de loas al Generalísimo. Cunqueiro hace el mismo viaje que todos ellos: desde la eclosión funambulesca de los ismos, en los que se atetan, hasta el apaciguamiento institucional del Régimen, con sillones en la Academia incluidos. Y, entre ambos cabos de la misma soga, la experiencia inquietante de la Segunda República, que amenaza con destruir el bienestar material y el edificio de creencias, hincados en el conservadurismo provinciano, en el que viven, y la cercenadura sobrecogedora de la guerra. Luego, remansadas ya, a base de palos, las aguas de la confrontación, casi todos se refugiaron en el periodismo para vivir, y esa práctica diaria, intensiva, de la escritura —una escritura entonces exigente, que apenas había de compartir espacio con otros medios de comunicación, más retributivos, por fragmentarios e inmediatos— afiló la excelencia de algunos, como Pla, como Torrente Ballester, como Ruano, como Camba. Ciertamente, Cunqueiro se alejó de la militancia más ardorosa: en 1943 se dio de baja de Falange, y en 1944 se le retiró el carné de periodista por un incidente en la Embajada de Francia, cuyo intríngulis desconocemos, pero que se justificó por haber cometido «actos indignos de su calidad de profesional» —según nos informa Andrés Trapiello en Las armas y las letras—, lo cual suena antes a rijosidad impertinente que a manifestación de repulsa al Régimen. Tras eso, el mindoniense se retiró a su vasto rincón gallego, donde prodigó sus colaboraciones en la prensa local —y de ahí, al cabo de poco, otra vez en la nacional— y trabajó mucho años en Faro de Vigo, del que acabó siendo director entre 1965 y 1970.

He releído recientemente, entre otras antologías suyas, La bella del dragón. De amores, sabores y fornicios, una recopilación de artículos, publicados entre finales de los 70 y principios de los 80, sobre asuntos eróticos y gastronómicos (que con frecuencia se maridan, convirtiéndose entonces en sustanciosas reflexiones sobre los afrodisiacos), realizada por César Antonio Molina, uno de sus principales exégetas, y cuya primera edición, en Tusquets, data de 1991. Sorprende la erudición de Cunqueiro, tan celebrada; una erudición que no es la definida por Ambrose Bierce en su memorable Diccionario del diablo, «el ruido que hace el polvo al caer en un cráneo vacío», sino un timbre, o, mejor, una actitud, que recorre —que constituye— toda su prosa. Se trata de un conocimiento vagabundo, medusino, que se va engarzando sin quebraduras visibles, que se incardina en sí mismo o describe insólitas parábolas, y luego se deshilacha en excursos imprevistos o en finales abruptos, que sugieren continuaciones omitidas, como en «Soñar con francesas», concluido con una alusión a la diferencia entre los colchones franceses, de pluma, y los irlandeses, de crines, sin que nos especifique de qué manera esa diferencia afecta a lo ya narrado. Pero el cosmos de Cunqueiro es un cosmos de antigüedades, no de actualidades, aunque a menudo se inspire en alguna anécdota del día para asemillar su vagabundeo. En ese morar en un pasado que conjuga lo histórico y lo fantástico, plagado de héroes y monarcas, de leyendas y duendes, en esa fascinación por lo tribal y lo caballeresco, que comparte con el heráldico Cirlot o el jurisperito Perucho —el escritor con el que presenta, a mi juicio, mayor afinidad—, acaso se emboce una sutil huida de lo realidad, una, hasta cierto punto, negación de lo circunstante. No obstante, tal fuga, si es que se produce, no perjudica a su literatura. Por el contrario, los relatos de Cunqueiro —y, en particular, los contenidos en los artículos de este La bella del dragón— vivifican la historia, o, mejor, la reviven: su lenguaje, que combina cierta incandescencia mediterránea con la lluviosa impasibilidad de los celtas, y su humor, a un tiempo reventón y morigerado, vuelven lo narrado, por remoto que sea, algo tangible, corporal, que se ofrece felizmente a la aprehensión de los sentidos y a la degustación de la inteligencia. En ello colaboran algunas técnicas expresivas, como la atención al detalle —donde están el diablo y la literatura—, el permanente interés por lo excéntrico y salaz —que motiva algunos de sus pasajes más hilarantes, como el de aquel catedrático madrileño que, delante de su esposa, y para asegurarse de que fuese de la calidad debida, cataba la leche de las candidatas a nodriza de sus hijos, amorrándose directamente al surtidor—, y cierto regocijo fonético, en virtud del cual llega casi a desentenderse del significado, y que deriva de una rara pasión nominalista, alimentada por la poliglosia y la etimología. Hay, pues, en la obra de Cunqueiro, aun en sus piezas más sainetescas, una crepitación en el decir casi tan seductora como la rareza de lo dicho; y esa prosodia salmodiante, talmúdica, no desmiente su intención —«a mí me gusta narrar claro, sencillo y seguido», escribe en La bella del dragón—, sino que se adapta a sus minuciosas descripciones como un guante a una estatua. Se trata de un procedimiento poético, como tantos otros de su prosa. Ya hemos dicho que Cunqueiro fue, en primer lugar (y, seguramente, por encima de todo, a pesar de su lucrativa dedicación a otros menesteres), poeta, y no me parece casualidad que sus textos rebosen de paralelismos y aliteraciones, de apóstrofes y quiasmos, junto a mecanismos flexibilizadores, como los coloquialismos y los diálogos. Ese caminar empírico por la senda del sonido, aunque equilibrado por una no menos sistemática atención al sentido, le conduce, a veces, a paisajes inéditos: en el fragor de la progresión erudita, su palabra se dilata, serpentea, en apariencia sin hilo y sin fin, chisporroteando en lo fantástico, en lo fabulado, hasta que encuentra una apoyatura en alguna otra cornisa fáctica, y vuelve a encapsularse. La prolijidad de su dicción —acaso agravada por las premuras periodísticas— le hace incurrir en algunos anacolutos, como los que afean el descacharrante «Alimentación de Paco el Seguro», que contiene la anécdota del catedrático lactante, «Los ajos de doña Urraca» o «Búsquese un mudo». No son graves, sino más bien fruto del jolgorio y cierta facundia proustiana —nada que no pueda subsanar una buena labor de edición, que aquí no se ha realizado—, pero molestan; aunque también son útiles para que constatemos la delicada complejidad de los encadenamientos cunqueirianos. La rijosidad de muchos trabajos de La bella del dragón, siempre franca, pero nunca demasiado franca, se enmarca en una socarronería galaica, en una ingenio valleinclanesco despojado de sus atavíos cáusticos y bañado en una bonhomía que se complace en los placeres elementales, compatibles, más aún, complementarios del goce intelectual. La erudición de Cunqueiro se constituye, con naturalidad, en la sustancia de su mirada, y su epicureísmo, un tanto escéptico y pertinazmente guasón, es solo otra forma, y no la peor, de estar en el mundo, y en la literatura.

EDUARDO MOGA
Barcelona, agosto de 2011

Publicado el 8/11/2011

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