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Pepa Cobo escribe sobre El presente desnudo, de Ana Gorría

Publicaba a finales del pasado año la poeta Ana Gorría El presente desnudo, plaquette de poemas editada en Santiago de Chile por Ediciones Cuadro de Tiza. La artista Pepa Cobo, ilustradora del cuadernillo, nos escribe este texto, un breve recorrido por los poemas y las ilustraciones.

***


Pieza IV Acrílico sobre madera

Umbilical

Estación transparente resuelta en luz herida,
lento espacio sin voz
abriéndose a la tierra.

Canción hasta el dolor, sueño de cal:
ardiendo,

qué hilo no nos separa de la nada.

Cuando Ana me pidió que ilustrara su libro de poemas El presente desnudo , además del placer que me produce colaborar con ella, sabía que debía preparar de nuevo mi equipaje. La obra de Ana siempre me ha parecido muy ligada a lo sensible. Despliega una cartografía de lo anímico y de lo visceral, de lo percibido y sentido. Me lleva a lugares intuitivamente reconocibles, de modo que podría considerarlo un viaje que no es físico, sino anímico.

El trabajo de ilustrar está muy próximo al concepto de mi trabajo plástico, consistente en interpretar aquello que leo en ensayos y mitos en torno, mayormente, a la figura de la mujer y de lo femenino- en una elección formal de neutralidad en el color y en un juego consciente de lectura visual a través de imágenes y símbolos.

En el instante en que comencé a leer los poemas de Ana, me vi ubicada en un espacio de luz. Me planteé entonces la idea de recurrir al dibujo como elemento sutil que irrumpía en este espacio desértico y luminoso sobre un soporte de papel. Idea que, a medida que leía, descarté por toda la plasticidad que me exigía el poemario en su conjunto. Es ahí donde decido que vuelvo a mi soporte de madera y tomo la gestualidad como elemento discursivo.

Al igual que la propia obra de Ana, abierta y sugerente, opté por la no figuración precisa y por la expresión intuitiva.


Pieza I Acrílico sobre madera

ANTES DE LAS PALABRAS, qué suavidad su luz, volviendo a inaugurar cada barrote, anochecida apenas.

Para mí, la tarea más mágica y a la vez más compleja de ilustrar un poemario es hallar su centro, aquél donde convergen todos los poemas. Fue tal propósito lo que me ha llevado a la determinación de dedicar una ilustración a cada poema, pero manteniendo un hilo conector entre todas las imágenes. Ello permite que cada una éstas puedan ilustrar el libro en su conjunto. Es importante esto último ya que sería una sola ilustración la que finalmente lo encabezara.

He tratado de que cada pieza, como todos los poemas –desde mi punto de vista-, se nutra de la anterior, sucediéndose como latidos. De ahí que, en el proceso formal de creación, haya tomado motivos de otra imagen para introducirlos en una nueva como punto de partida. De hecho, en algunos casos, me he servido de la captura fotográfica para alcanzar ese objetivo, a partir de fragmentos elegidos. La opción final fue que todas las ilustraciones fueran procesadas digitalmente.



Pieza VI Mixta sobre madera

[Etc)

A la altura del ojo pasan coches,

Semáforos.
Obstáculos.

Quizá la voz cansada,
su descomposición.

El corazón de los cansados sabe.

He procurado que mi trabajo para este libro sea como lo he percibido: lírico, sugerente, orgánico, latente. Un desierto de luz y de horizontes donde el predominio del blanco casi nos ciega, irrumpido por la intensidad del negro en su diversas manifestaciones, vigoroso como en el caso del poema IV -lento espacio sin voz /abriéndose a la tierra-. Quebrado como en el poema I -Antes de las palabras, qué suavidad su luz, volviendo a inaugurar cada barrote, anochecida apenas - o conciliador y ascendente como en lo urbano del poema VI.

He querido que mi obra respirara de lo atemporal, abrazara lo esencial y lo contemporáneo; lo firme y su contradicción, como en los propios poemas. Esencialmente humana, me arrastra a una concepción cuya visión es inevitablemente femenina como en este poema La voz en su mediana incandescencia (…) el vientre, el llanto, tú. Decir es lo que duele.



Pieza XI Mixta sobre madera

Vigilancia desnudo

Contra la piel el aire forma
las palabras, arde la lengua.
Descansa ya en la voz el ojo:
la rosa recién muerta de
la rosa recién brota para
nunca una rosa es una rosa

En la obra de Araña, Ana Gorría nos situaba en el interior de la materia, en su plasticidad, en el calor y oscuridad de las vísceras. Y ahí estuve.

En el libro que hoy nos presenta, Ana me sitúa fuera de esa oscuridad. Una luz que nos ciega, urbana y celestial a la vez. Y es ahí donde he estado.

Gracias, Ana, por tan privilegiada butaca.


Pieza III Acrílico sobre madera

Como si dos espejos se enfrentaran,
una trenza de agua unió las dos ciudades.
Su oscuridad ilumina también este costado
donde encuentra el paisaje su horizonte.

A la orilla se acercan los dioses y los pájaros

Publicado el 8/2/2012

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