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Antonio Lucas y Carlos Pardo presentan el libro de Andrés Navarro

El pasado 24 de marzo tuvo lugar en la Residencia de Estudiantes de Madrid la presentación de Un huésped panorámico, poemario con que Andrés Navarro ganó el XXXVI Premio de Poesía Ciudad de Burgos, y recientemente publicado por DVD Ediciones. Intervinieron, además del autor, Carlos Pardo y Antonio Lucas. Nos complace reproducir a coninuación el texto íntegro que escribió y leyó Antonio Lucas con motivo del mencionado acto.

PRESENTACIÓN DE UN HUÉSPED PANORÁMICO, POR ANTONIO LUCAS

En el principio fue 'La fiebre'. Su primer libro. Aquel puñado de poemas es lo primero que supe de Andrés Navarro. Eran unos textos encendidos de rareza que, cuanto más te acercabas a su fondo, daban pequeñas descargas en el hipotálamo, en la piedra mojada del corazón. Lo que fui descubriendo de la biografía del poeta al hilo de aquella primera lectura entusiasta no fue mucho. Que había presentado el libro al Premio Emilio Prados bajo un seudónimo de mujer, Eileen Gray, una diseñadora irlandesa que a mí también me fascinaba; que ejercía de arquitecto en algún sitio; y que nació en Valencia en 1973. Datos, estaréis de acuerdo, propensos a lo raro.

Andrés Navarro, ya digo, concurrió al galardón que ganó entonces con un nombre de mujer. Cuando yo lo conocí, sin embargo, era un hombre. Otra vez lo raro. Recuerdo verlo caminar con su vaivén de gigante por el Palacio de la Magdalena, en Santander. Nos había invitado Luis Muñoz a un curso sobre poesía última española. Andrés llevaba su melena de alborotos atada atrás con una soga. La cara ancha perfilada con una sonrisa de chino. Las manos con rastro de tabaco. Exhibía la misma barba de hoy, esa que yo también quiero y no me sale. Los pies descalzos a bordo de unas sandalias de suela fina, muy elegantes. Este tío era un poeta. Lo deduje de inmediato.

Traía yo 'La fiebre' muy leída. Y creo que fue de eso de lo primero que hablamos. No sé, quizá tampoco fue de eso. Pero hablamos. Nos reímos. Cruzaron en los primeros compases de la mutua simpatía un puñado de nombres: quizá Helberto Helder, quizá Aleixandre o Neruda, o Nicanor Parra y Al Berto, o Ashbery para engañarnos mutuamente y travestirnos de modernos. También Wallace Stevens, ee cummings o Emily Dickinson, qué se yo. A mí lo que en verdad me gusta es Rimbaud, Juan Larrea, el toreo hacia dentro de Morante de la Puebla y el flamenco de Antonio Mairena con su volqueta de gracia, pero me pareció que iba a quedar extraño soltarlo de ese modo, a bocajarro y sin más, en un primer encuentro. Así que esa mañana no le dije del todo quien yo era.

El caso es que en el poeta encontré a un cómplice. Y en el cómplice hallé a un amigo. A mí la escritura de Andrés Navarro me gusta porque no atiende a razones. Me explico: es la poesía de quien emprende un camino a su modo, contaminándose sin tregua, llenando el pecho de voces y lecturas, de versos y gente, de humo y noche. Y todo eso lo comparte. Andrés es un poeta nocturno que extrae un verso muy luminoso de las últimas capas de lo oscuro. En 'La fiebre' anunciaba una alfarería loca y honda que tenía un idéntico grado de realidad entre lo soñado y lo real. Eso resultaba atractivo. Porque en aquel primer libro escribía: “Una verdad alumbra mi delito:/ ninguna luz difiere enteramente/ de la sombra fugaz que habrá de sucederla”. Son versos que no se pueden someter teóricamente, tan sólo vale con ellos dejarse descubrir en la experiencia de su ritmo, de su decir insomne, de su tacto, de su rastro en llamas.

Todo eso estaba en el Andrés primero que conocí ya va para algunos años. Y entremedias hasta llegar aquí, a 'Un huésped panorámico', a hoy con el nuevo libro como un pan recién nacido, publicado en la excelente editorial DVD, que también considero mi casa... Entremedias, decía, viajes, lecturas compartidas, desacuerdos, madrugadas en vilo, llamadas a deshora y toda la mercancía que impone con el tiempo el ritmo de los afectos. Eso me ha hecho comprender que 'Un huésped panorámico' somos nosotros. 'Un huésped panorámico' es Andrés en su ejercicio de cómitre de las palabras, de sus palabras, escribiendo como un acto de mediación entre el mundo y el mundo: “Resumir la vida sin prodigio de tus antepasados/ es más fácil que rehacer el dios de sus creencias”, escribe en el poema XIV de la segunda parte del libro en el que ahora estamos.

La operación imaginativa que impulsa estos poemas es para mí nueva. Al menos lo es en la escritura de Andrés. No vale ya aquello que él afirmaba en una poética publicada hace unos años en una antología: “Escribir poesía es una forma de inmadurez, que es a la vez una forma de idealismo”. Ya no está enteramente su obra en esa sospecha. El poeta de ahora es un hombre que alcanza por caminos muy propios una alta concentración mental. Y, a la vez, nos la exige. Ha desaparecido cualquier huella idealista. Quien nos habla lo hace desde una intuición contemplativa y desde la voluntad insumisa de releer y pensar el mundo, de encontrar qué sentido tiene lo real y qué sentido tenemos nosotros dentro. El autor se ha radicalizado respecto a su propuesta originaria. En el poema titulado 'Analicemos el paisaje' dice: “Nuestros silencios aún no son inocentes,/ nuestros errores ya no hablan de amor”. Y en otra parte exclama: “...tus manos aisladas en un mundo/ de euforia que no entienden”. Esa rebelión de la mirada, del sentir, del pensar nace de un cuestionamiento mismo del lenguaje. A la manera de Heiddeger viene a decirnos que el límite del idioma es en verdad nuestro límite. Que la palabra no es signo emprendedor, sino el reactivo de una emoción que la acompaña, de un sentido que nos nombra, nos identifica y a la vez nos destruye. Vuelvo a citar sus versos nuevos: “El gran angular del idioma/ no basta a la canción de un día hueco”.

'Un huésped panorámico', en las tres partes en que está dividido, es un libro complejo, hermético a veces, duro. Nace de la fragmentación postcontemporánea (tan vieja desde Eliot) y llega a donde quiere llegar, que es a la detonación del signo, que no deja de ser una concepción fulgurante de las cosas por vía del desencanto. Andrés Navarro ha abandonado el manierismo de algunos poemas de 'La fiebre' para concentrarse y conquistar otra actitud verbal que en algunas imágenes astilladas lo emparentan con los modales de Carlos Pardo o Abraham Gragera, sin que esté al lado de ellos y sin querer distanciarse tampoco demasiado. Su búsqueda puede que sea hacia un mismo Norte, pero la travesía, sí, será por trochas distintas. Andrés está aquí desafiando con feliz delincuencia toda lógica. Sus poemas pasan por nosotros, ¿o será al revés?, como una secuencia cuidadosamente planeada, como una gran expedición verbal, una expedición mental vuelta hacia dentro, donde las cosas no son lo que parecen ni desean serlo. Es otro espacio al que invitan. Un territorio que se nombra a tientas, casi fracasando, arriesgando la expectativa estética y arriesgando el sentido lógico del poema. Es decir, fundando una nueva astronomía. Aquí leo otros versos esclarecedores: “el máximo dolor no busca/ el mínimo contacto con su causa”.

Yo no quiero entender del todo lo que quizá quieren decir los poemas de 'Un huésped panorámico'. Yo quiero ser el huésped limpio en ellos, desnudo entre su monóxido. Es decir, untarme de su materia oscura, de su leve ironía, de su feroz desencanto, de su bastardía de tradiciones –por aquí transitan varias: del realismo al expresionismo, una leve lámina romántica, un eco lejano y oculto de surrealistas, el 'collage' de voces de cierta vanguardia y también una suave veta metafísica previamente desarticulada--.

Esta poesía no quiere ser irreversible. No quiere quedar intacta. Su hechizo es fuerte porque nace del desconcierto. Y eso implica riesgos. Los mismos que exige de nosotros. Huye de la convención, pero no escapa de lo moral. El individuo es aquí lo que está en cuestión. El huésped cuya conciencia no ingenua carece de sensación de seguridad. “Toda posibilidad es inexacta”, escribe Andrés Navarro.

A mí las dos o tres lecturas que he hecho de este libro me llevan a unos versos clave de la poeta polaca Wiszlawa Symborzska: “Algo todavía ocurrirá, pero dónde y qué./ Alguien saldrá a tu encuentro, pero cuándo/ (y quién)”. La poesía de la última promoción tiene en este libro un puntal más de su pluralidad, de su abierto camino, de su fastuosa falta de molde. A mí eso es lo que me gusta. Eso y que Andrés es mi amigo. Y tiene la barba que yo no tengo. Y que cuando me ve, me da besos. Y lleva en su cara de chino bueno de albufera el código de la autenticidad. Como en sus poemas. Como en su melena de alborotos atada por atrás con una soga.

Antonio Lucas


Publicado el 9/4/2010

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