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Fabulosos monos marinos, última novela de Óscar Gual, fue presentada en Barcelona

 

El pasado Miércoles 22 de septiembre se presentó en La Central del Raval, Barcelona, Fabulosos Monos Marinos, la segunda novela de Óscar Gual, también editada por DVD Ediciones. Fue un acto divertido e interesante a cargo de Robert Juan-Cantavella ( El Dorado, Proust Fiction) y Jaime Rodríguez Z., director de la revista Quimera, además del propio autor. El numeroso público asistente se culturizó, divirtió e ingirió bebidas espirituosas, y poco más se puede pedir a una tarde de septiembre. A continuación reproducimos la intervención de Jaime Rodriguez Z.

TRES RAZONES PARA LEER ÓSCAR GUAL (A PROPÓSITO DE FABULOSOS MONOS MARINOS)
por Jaime Rodríguez Z.

1. Razón una: El motín.

Ya ha dicho Gual que en la cárcel los sujetos existen, existimos, aunque tú no nos veas. Y es cierto. Entre las muchas cosas que me gustan de Fabulosos Monos Marinos -podría citar la inclusión de una historia resumida de Metallica, o la proliferación de drogas y psicotrópicos, cosas siempre muy de agradecer en literatura- está ese proceso de demolición carcelaria que es en realidad la novela. O, más correctamente, debería decir ese proceso de expansión, de disolución de los muros penitenciarios. En tanto símbolo del fracaso social y la represión, la cárcel es un espacio habitualmente violento y claustrofóbico en el que los malos tienen su merecido en forma de aislamiento o sodomía, lo que les sea más doloroso, pero nada más empezar Fabulosos Monos Marinos asistimos a la erosión histórica del montaje correccional y sus barrios adláteres: así, la novela se nos anuncia como una forma de deconstrucción del espacio carcelario que es primeramente abolido solo para que sus ex inquilinos terminen erigiendo una ciudad, Sierpe, (ojo, el propio nombre de la ciudad es un juego de letras, indescifrable si no se conoce la historia) que se convierte metafóricamente en una nueva cárcel, una gigantesca pecera en la que existe gente que no conocemos pero que no por ello deja de ser, y que, como la cárcel misma, es poblada por personajes que entran y salen de ella, lo que equivale a decir que entran y salen de la novela.

La cárcel convertida en ciudad, la ciudad convertida en novela: el gran escape.

2. Razón dos: La narrativa como laboratorio.

En líneas generales podríamos decir que sí, la nueva novela de Gual incorpora elementos discursivos que la emparentan con otras novelas en los que lo subversivo, lo narcótico, lo pop, y lo político se entremezclan (El Dorado, novela de Robert Juan-Cantavella, ese otro notable almazorense, sin ir muy lejos). Pero no me refiero a las formas de la narrativa (en las que podríamos hablar también de lo fragmentario, del uso del correlato tecnológico, la mezcla, no sé, furiosamente posmoderna de referentes -por cierto, una idea que me encanta: uno de los miembros del círculo nihilista de Dresde encuentra su lugar en la discoteca Tech Noir del Boulevard Pico, discoteca que como todos sabemos es el lugar donde el exterminador intenta asesinar por primera vez a Sarah Connor-); en fin, cosas estas que están en la narrativa de su generación; sino a la experimentación con la materia misma del relato, con la historia. Para mí las historias de Gual, y no sus formas, son las que tienen una plasticidad más sorprendente. Y en llegando a este punto, como diría un entrañable dealer de la novela, me gustaría romper una lanza por los autores que no han perdido la vocación por contar historias. ¿O tal vez debería decir, simplemente, la inventiva? En el capítulo que más me gusta del libro, que yo resumiría como un relato magistral sobre la juventud y las tortitas con arándanos, la imaginación de Gual llega a niveles extraordinarios mientras acompañamos a un grupo de jóvenes de la Alemania Oriental de los ochenta en un viaje serpenteante hacia el siglo XXI atravesado por decenas de claves sobre películas, libros, teorías y escuelas filosóficas, y que culmina en la separación de California del resto del continente Americano.

3. Tazón tres: El punk como cosa de señores de provincias.

Hay que reconocerlo, el punk, hace tiempo que dejo der tener una presencia activa en las grandes ciudades. Tomada por críticos y periodísticas, o subespecies aun más deplorables como hippies pijos, modernos románticos o progres conscientes, la gran urbe ha cedido su lugar como luz generacional a la provincia, reducto de bares heavys (de verdad), vanguardia lisérgica (de verdad) y sí, actitud punk (de verdad).

Conozco a Gual, no demasiado, pero lo suficiente como para, además de disfrutar leyendo sus libros, reconocer en él a una persona auténtica.

Contra los modernos. El punk mola, los heavys molan, los coches viejos molan, el bacalao mola. Fabulosos monos marinos también.


Publicado el 9/10/2010

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