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Autoría, de Julieta Valero, se presentó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid

 

Autoría
, el nuevo poemario de Julieta Valero, ganador del XXII Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad, fue presentado el pasado 15 de abril en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Intervinieron en el acto, además de la autora, Carmen Heras, alcaldesa de Cáceres y Teófilo González Porras, presidente del jurado. La presentación del libro corrió a cargo de Jordi Doce, con la lectura del texto que reproducimos a continuación.

LA SALUD DE LOS PRONOMBRES. SOBRE AUTORÍA, DE JULIETA VALERO
Por Jordi Doce

En uno de los poemas centrales de este libro, Autoría, el tercero de los suyos después de Altar de los días parados (2003) y Los Heridos Graves (2005), Julieta Valero abre un paréntesis en el breve relato amoroso que trazan los versos para celebrar, con la oblicuidad tajante que le es propia, «la salud de los pronombres». Los pronombres, sí, comparecen tan saludables como abundantes en estas páginas: no sólo el «tú» que las puntea de principio a fin (un que es figura del amor y el desamor, y a veces hasta de la propia autora, interpelada sin concesiones), sino también, y sobre todo, «nosotros», ese «nos» de primera persona del plural que se repite con asombrosa naturalidad y que convierte este libro en una especie de épica descreída y fragmentaria (una anti-épica, por tanto) del crecimiento y maduración del sujeto generacional. Y digo esta palabra, «generacional», a sabiendas del pésimo juego que ha dado en nuestra poesía reciente. La digo siguiendo a la propia autora (así cuando habla con sorna, con muy justificada y necesaria sorna, de ese instante en que, ungidos por la «dignidad historiográfica […], «todos tan Ashbery ahora […], «existi[re]mos como generación») y porque hay, en efecto, en muchos poemas de Autoría una propuesta o ensayo de relato colectivo. Si en «Melancolía» ese relato adquiere tintes irónicos y casi costumbristas («Ya podemos utilizar expresiones como ‘en mis tiempos’ y tener un aspecto entrañable de conserva casera al evocar a los reyes del pop») y en «La carencia vista desde Europa», un poema algo anterior, la reflexión es más cruda y violenta («Estamos listos, mediáticos, estamos muertos de escaparate y caballo sin llanura»), en «Altímetro», por ejemplo, la toma de conciencia logra ser a la vez más visceral y más refinada: «El milagro es el Sol pero la celda del calendario / y nosotros envejeciendo insistentemente […] Somos criaturas de la tierra, creo, aún quedan / placeres que agotan desde la simplicidad». Los tonos son muchos y diversos pero apuntan a un solo fin: el reconocimiento de que el yo se construye en sociedad, pero que esta construcción es un movimiento doble y simultáneo de acercamiento y huida, de aceptación y rechazo. Las circunstancias están ahí y uno se define en su relación con ellas: filtrándolas, revisándolas, pero también, llevado de un terco impulso participativo, actuando sobre ellas y echándolas a rodar sobre la pista del tiempo. Todos los libros de Julieta Valero, y este no es una excepción, subrayan el latir de lo colectivo, la malla de lo público como telón de fondo del acontecer individual.

Ahora bien, ¿qué acontecer es éste? ¿Cuáles son sus vectores, sus líneas de fuerza? En Autoría se cuenta mayormente un viaje: el trayecto (inquieto, feroz, absorbente) del sujeto hacia su madurez. De ahí que la pulsión generacional sea más pronunciada en estas páginas que en los dos libros anteriores. De algún modo se asume que este viaje no se hace sólo, que hay compañeros y testigos, que el destino es o puede ser convergente. Aquí el «nos» es, en parte, petición de ayuda o de testimonio, también conciencia de que nuestra fortuna, siendo nuestra, está inextricablemente ligada a la de nuestros prójimos. Pero, más allá o más acá de esta postura, de esta actitud moral, digamos, me atrae la singular ambivalencia con que la voz poética da cuenta de su viaje. Una ambivalencia en la que actúan no sólo los escrúpulos, el celo vigilante con que se mide cada paso, sino también las dudas, la incertidumbre sobre el rumbo a seguir. Porque una cosa es aprender paciencia o lucidez y otra muy distinta caer en la resignación o el cinismo. Porque no es lo mismo practicar cierto grado de sano descreimiento que nadar en las aguas del cálculo egoísta, por citar una fórmula célebre. Y, sin embargo, qué difícil marcar la frontera, el deslinde, decir dónde termina la sabiduría de la distancia y empieza la distancia del cínico. Uno de los placeres de la lectura de Autoría es asistir a este examen obsesivo de valores, de restas y sumas, de ganancias que parecen pérdidas y viceversa. Y que arrojan, como saldo, el descubrimiento sorprendido (y hasta emocionado, me atrevo a decir) de que hay vida y pasión e intensidad después de los cambios, que la metamorfosis puede ser para bien aun con las mermas del cansancio y la resignación. Como propone el poema inaugural del libro, subtitulado muy significativamente «El libre albedrío»: «Asumirse como océano donde pueden acontecer grandes olas / y bancos de peces en realidad muy solitarios. […] Mucho más estimulante que el cuero, la cópula visible o anidar en la secretaria es saberse mortal y pretender compañía. // Por mi parte prefiero negociar con la luz y recomiendo la elegancia como férula y techo».


Copyright: Círculo de Bellas Artes, Madrid

Estas líneas dibujan la transición, frecuente en este libro, entre una medida impersonalidad y la aparición sutilmente retadora del yo, el tercer pronombre, la tercera columna sobre la que se levanta este libro. Un yo que se sabe fundamentalmente en soledad a pesar de todos los andamios colectivos que he mencionado antes, inmerso en un proceso de cambio y crecimiento que le incumbe muy de cerca (transitivo pero en última instancia subjetivo, fieramente íntimo), y tocado, en fin (y este es el otro gran tema de Autoría, la otra gran línea de fuerza que lo recorre), por la experiencia transformadora del amor. Y aquí el «nosotros» cambia de contenido para englobar «la querencia del dos», el ritmo interior de la pareja y sus encuentros y contigüidades.

De nuevo, en esa veta de libro, en ese espacio respirable que dibujan poemas como «Fisterra», «Germinal» o «In the Mood For Love», entre otros, asoma su cabeza la sorpresa, el alivio feliz aunque algo desconfiado del que llega a lo temido o lo temible y descubre, perplejo, que no hubo desastre, que el presente es atalaya con vistas al tiempo y que hay motivos, motivos sobrados, para seguir andando. Son poemas de amor –y antes aun, también de desamor– que revisan, como hace el resto del libro por otros derroteros, sus propias preconcepciones sobre lo posible y lo deseable, que aprenden a aceptar el regalo de la experiencia amorosa mientras se preguntan qué significan el placer y la dicha personal en medio de un paisaje de carencias colectivas. Y que lo hacen con sentido del humor y sin fáciles demagogias, con el vitalismo y la sana ironía de quien aprendió hace mucho a desconfiar de la bondad de los buenos sentimientos.

Leyendo Autoría se me ocurrió que estaba leyendo, en realidad, dos libros. En parte, esta percepción deriva de los dos modelos formales que sigue su escritura. Dos modelos, sin embargo, que se contaminan mutuamente hasta converger en un mismo fraseo, un mismo ritmo verbal. Por un lado, el poema en prosa de largos versos o versículos separados por abundantes líneas en blanco, y al que un uso peculiar de la elipsis y la aposición sintáctica otorga hechura y trabazón. Por otro, el poema en verso libre, muy libre en sus transiciones y movimientos argumentativos, lleno de insolencia y de frescura, y en el que sin embargo, como claros en el bosque, respiran las pausas y silencios del versículo. En ambos casos, no obstante, se escucha con firmeza esa «tajante oblicuidad» a la que hice mención al principio: una voz que va directa a su asunto y a la vez no deja de abordarlo por la tangente, como al sesgo, capaz de inyectar extrañeza y fuerza verbal incluso a paisajes tan icónicos, tan sabidos por los ojos, como el que abre «Sustrato de invierno»: «Cada amanecer de enero los árboles caminan sobre las aguas de la helada. Queda la franqueza de sus ramas, la de las plantas de exterior y la valentía de los descampados sosteniendo el museo de la dignidad».

Pero esta impresión de habérmelas con dos libros en uno tiene que ver, en última instancia, con la doble naturaleza del «nos», de esta primera persona del plural que lo recorre: un «nos» que envuelve la experiencia amorosa y la hace compartible, convirtiéndonos en cordiales mirones de sus quiebros y requiebros, y un «nos» de afinidades cómplices que nos recuerda que todo nuestro crecer, eso que solemos llamar nuestra realización personal, depende siempre de los otros. Lo personal siempre es político, en fin, y lo político es o debería ser siempre cosa de personas, de sujetos que se asocian y coligan para ser ellos mismos con más fuerza. Julieta lo ha sabido desde su primer libro, y aquí no hace sino rubricarlo con la única forma de destreza verbal que su generación (¿la nuestra?) acepta: la hosca, la incómoda, la que recela de sí misma.

Madrid, 14 de abril de 2010


Copyright: Círculo de Bellas Artes, Madrid

Publicado el 19/4/2010

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