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4.48 Psicosis (poesía y teatro en París con Dimitra Kontou)
por Juan Manuel Macías



El teatro es conciencia y la conciencia teatro. Entre el juego de dos metáforas alimentadas entre sí, nosotros no somos sino el público, abocado al rotundo misterio del poema que sólo puede suceder allí al frente, donde la voz es tan ajena como nuestra memoria. Creo que es bueno recuperar estas certezas para curarse de muchos y variados cansancios y así devolver la poesía a su primitivo encantamiento, a su condición de puro acto. Yo tuve la suerte de recuperarlas estos pasados días en París gracias a una magnífica actriz griega afincada allí, Dimitra Kontou, y a la asombrosa interpretación que hace de un extraño y bello texto de Sarah Kane, 4.48 Psicosis, todo bajo la acertada puesta en escena del poeta, escritor y dramaturgo ecuatoriano Telmo Herrera.

Sarah Kane (1971-1999) concibió 4.48 Psicosis como un monólogo. O, si lo prefieren, como un poema para ser representado. Al cabo esto último podría ser una tautología, ya que un poema sólo existe si es representado de alguna manera. El poema sobre el papel no es más que literatura, una indefinición, un haz de posibilidades. Da la sensación de que la autora juega con esta circustancia, el texto desnudo sin imposiciones, el código abierto en favor de la libertad creadora de la actriz, sobre la que cae el deber no ya de completar la obra sino de reinventarla, otorgándole un cuerpo y una voz.

4.48 Psicosis, por otra parte, parece que viene acompañada de cierto bagaje legendario que se complace en encontrar en el texto el suicidio anunciado (y cumplido) de su autora. Basta escarbar un poco por internet para que nos salten a los ojos palabras como «esquizofrenia», a veces con un énfasis o una estridencia que el propio texto, sencillamente, no tiene. La maestría de Dimitra Kontou reside en transportar el poema a una condición elemental de música, a salvo de cualquier atisbo de tremendismo, donde un abanico de matices establece la comunicación íntima con su auditorio por acumulación y solapamiento de imágenes y sensaciones, siempre previas al significado. Qué oportunas volverían a sonar aquí las palabras de Gerardo Diego: «La imagen múltiple no explica nada; es intraducible a la prosa. Es la Poesía en el más puro sentido de la palabra. Es también, y exactamente, la Música, que es sustancialmente el arte de las imágenes múltiples; todo valor disuasivo, escolástico, filosófico, anecdótico es esencialmente ajeno a ella. La Música no quiere decir nada. (A veces parece que quiere; es que no sabemos despojarnos del hombre lógico...)»

De hecho, es a ese hombre lógico a quien se está dirigiendo la actriz inagotablemente. Chesterton escribió una vez que el loco no es el que pierde la razón, sino el que lo pierde todo menos la razón. De pronto vemos que la actriz está sola, rodeada solamente por la razón que la excluye, en su propio e irracional divagar de madrugada hacia la hora terrible y de cordura: «Antes podía llorar pero ahora estoy más allá de las lágrimas». Sola, quebradiza, vulnerable, casi desnuda, entregada a la obscena racionalidad del público, cuya primera fila (donde se difumina la frontera entre el escenario y el espectador) la ocupa el psiquiatra que escucha impasible su delirio. Y todos escuchamos su delirio y cuanto más la escuchamos, más sola y alejada y distinta se nos muestra. Nos abofetea tiernamente con la impropiedad de sus palabras, hiere a los que buscan límites, posesión y certezas. De pronto (y para nuestra condena) todos somos el psiquiatra. Todos necesitamos ponerle nombre a la insania y al que se aparta de la norma, todos le gritamos el diagnóstico «depresión».

Pero su monólogo (o su diálogo íntimo) avanza y se mueve implacable, con palabras como gestos y gestos iguales a palabras. Inmune al público pero situándolo muy sutilmente ante el blanco abismo del poema. Ella misma es el poema, que pasa frente al espectador con toda su incontaminada tristeza, sin otro destino posible que el de todos los poemas: alcanzar el final. Las 4.48 en que se abren las cortinas y cae de pronto la lucidez en un teatro parecido a la conciencia.

Por Juan Manuel Macías

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Dimitra Kontou en un momento de 4.48 Psicosis

Publicado el 16/12/2010

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